Los feos

 

Otoño

A los dos nos gustaba el mismo cuento. Aunque tal vez decir gustar sea decir muy poco. Ambos, de haber podido, nos habríamos ido a vivir a esas pocas páginas. Total, ya estábamos lo suficiente a la intemperie.

Estudiábamos literatura en NYU, una universidad de edificios repartidos alrededor de Washington Square Park. Carlos, proveniente de Colombia y yo escapando de Chile. No puedo dejar de ver tu país como un pulpo, me decía a veces y yo me reía ante el absurdo. Si con suerte alcanza para gusano. O una serpiente bien flaca y algo desarmada en la punta.

Ambos habíamos viajado acompañados: él con su mujer, Marina, una chica europea de ojos fulminantes y yo con Matías, mi esposo arquitecto. Ellos vivían la otra cara de nuestro viaje: obligados a resignarse a trabajos malpagados, a hacer tareas freelance, a esperar por horas en una lavandería. Se acompañaban y hacíamos bromas de ser una pareja de swingers. Mientras con Carlos nos quedábamos estudiando hasta tarde en la biblioteca, mordisqueando bagels y sorbiendo cafés desabridos, Marina y Matías pedían una pizza o aprovechaban de ir al cine.

Pasábamos fiestas juntos (navidad, año nuevo), y nos acostumbramos a una familiaridad de mentira: a celebrar cumpleaños y aprendernos los nombres de la parentela de los demás, dibujando de memoria árboles genealógicos y recordando historias y secretos de primos y tías de segundo grado. Para los veranos, todos volvíamos a nuestros países y regresábamos a Nueva York invariablemente un poco más cansados de la vida. Todos nos dábamos cuenta: dos, tres años y uno ya no pertenecía a ninguna parte. No es como si fuéramos apestados – comentó una vez Carlos mientras llenaba una edición de La Vorágine con banderitas post-it – pero como que ya no encajamos del todo; desentonamos. Es la fealdad del que se va, creo que le dije entonces yo sin mirarlo, la vista fija en mi computadora y concentrada en formatear de manera adecuada el paper para uno de mis cursos- somos Los Feos.

Carlos se rió a carcajadas.

Pero así nos quedamos. Empezamos a firmar los correos y a saludarnos en los pasillos con un Hola Feo, Hola Fea, que dejaba a todos intrigados. Tal vez por eso la fascinación con la historia de “Wakefield” que nos hicieron leer en una de nuestras primeras clases. Un cuento antiguo, de Nathaniel Hawthorne. Un cuento raro en el que un hombre, normal y corriente, sin grandes ambiciones, decide dejar a su mujer y su vida de siempre, para mudarse solo a unas cuantas cuadras de su casa. Pasan los años y un día el hombre decide regresar. El narrador comenta la necedad de este hombre que arriesga, con ese simple gesto, quedar por siempre exiliado del universo.

Con Carlos lo sabíamos mejor que nadie: uno se va por cinco años y se queda para siempre del otro lado de la puerta.

Primavera

Carlos había conocido a Marina mientras ambos hacían una pasantía en Madrid para una agencia de noticias. No sé si fue amor a primera vista, nunca se lo pregunté. Sé que pasaron un tiempo a distancia, hasta que se decidieron a vivir en Colombia y luego en Nueva York. Siempre me costó leerla. En sus malos días se quejaba de pasar hambre y a la semana siguiente la veías con cartera y zapatos de marca. Cuando acompañaba a Matías al supermercado o la lavandería hablaban poco (cuál de los dos más reservado) pero al menos se sentían un poco menos solos. O eso quiero creer.  Carlos siempre la llamaba a la hora de almuerzo (cómo estás, mi vida) y luego por la tarde, antes de subirse al metro (Ya llego, amor). Con Matías no éramos buenos para hablar por teléfono. A lo más un mensaje, tal vez un email en la mitad del día, ojalá con el link a algún video divertido que nos sacara alguna sonrisa. Éramos un poco niños y la mayoría del tiempo eso no nos importaba. Mientras Carlos y Marina soñaban con hijos y ya tenían una lista de nombres pensados, Matías y yo hablábamos de viajes de meses por Asia y Europa.

Vivíamos cerca, tan solo un par de cuadras, y nos turnábamos en la semana para cocinar. Carlos y Marina nos invitaban a desayunar arepas, o Matías improvisaba ya de noche una tortilla de papas (herencia de su abuela española) o unas machas a la parmesana. Nos regalábamos cosas: libros, chocolates, entradas para el cine. En verano hacíamos el largo camino a Coney Island y nos sentábamos a conversar en la arena con la enorme rueda de la fortuna a nuestras espaldas.

Nuestros amigos y parientes (en Colombia, en Chile) creían que llevábamos vidas glamorosas. Si nos quejábamos de aburrimiento por alguna de las tantas redes sociales, ahí llegaban infaltables todos a regañarnos: que cómo nos aburríamos, si vivíamos en Manhattan (y casi saboreaban la palabra al decirla). Por qué no vas a ver un musical, me decían a veces, y yo pensaba, claro, súper fácil, mientras recortaba cupones de descuento para el supermercado. Había desarrollado a la fuerza un talento especial para encontrar descuentos: festivales de comida al aire libre en el Central Park (auspiciado por el Centro Cultural de España), entradas gratis a avant premieres de películas (que distribuían en el centro de estudiantes de la universidad), restaurantes que tenían sus menús con un cincuenta por ciento de rebaja a la hora de almuerzo. Matías se aficionó a recorrer nuestro barrio todos los viernes por la noche en busca de nuevos muebles o incluso cajas con libros para mí. El Homeless Depot, le llamaba. Y nos reíamos, sí, en ese tiempo nos reíamos de cosas como ésas.

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Otoño

Entonces llegó el tiempo de la peste, de las plagas bíblicas. También intentamos reirnos de eso al principio, pero no duró mucho. El edificio donde vivíamos estaba lleno de ratas y ya me había acostumbrado a vivir con trampas por todos lados; a volver de la universidad a encontrar siempre un par de ratones atrapados. Con el tiempo, aprendí a dejar de gritar cada vez que los veía. Matías se encargaba de dejar las trampas y botarlos al basurero. Y, cuando bajábamos las escaleras (vivíamos en un quinto piso, sin ascensor) iba siempre él primero para asustarlos. Un día, al regresar a casa, me encontró estudiando encima de la mesa del comedor (comedor es un decir, comedor era unos cuantos centímetros más allá de nuestra cama, en un studio apretado) y creo que por primera vez pensó que yo estaba perdiendo la cabeza, que esta ciudad se me estaba metiendo en la sangre, en los poros, y yo ya no volvería a ser la misma.

[La verdad es que la ciudad sí me estaba cambiando, pero a horas en que él no estaba presente. Entonces abría todas las cortinas, todas las ventanas, y me paseaba sin ropa por el estudio, sin importar el frío o el calor, me asomaba, miraba hacia al frente, otro edificio, otras ventanas, miraba hacia abajo, a los peatones. No sé si logré escandalizar a alguien, creo que no, por esos días me sentía invisible y eso bastaba para partirme el ánimo en dos]

Con Matías sobrevivimos a los ratones, pero a Carlos y Marina le tocó otra plaga de nombre engañosamente inofensivo: bed bugs [Cuando trabajé de babysitter por esos años me aprendí el dicho ése de “don’t let the bed bug bite”. Una ternura, hasta que le veías los brazos inflamados a Marina – que resultó ser alérgica- y el mal genio que arrastraba Carlos. Ya no hablaba: gruñía. Cuando nos juntábamos a estudiar ya no decía nada e incluso se le olvidaba hacer sus llamadas de rigor: cómo estás, mi vida. Ya llego, amor]. Llamaron a especialistas, fumigaron ellos mismos [y los tuvimos durmiendo en el suelo de nuestra casa, todos apretados, todos insomnes], incluso, en un momento de desesperación – Carlos andaba en Colombia haciendo unos trámites y Marina se había convertido en una llaga viviente – Matías y Marina le dieron de hachazos a uno de los sillones, que no salía por la puerta, y al que culpaban de todos sus infortunios (lo habían recogido también en el Homeless Depot). Esa noche, La noche de los hachazos, así quedó bautizada para siempre, Matías volvió a casa furioso. No conmigo, no con Marina, ni siquiera con la ciudad, aunque a él también lo estaba transformando.

Verano

Los feos seguimos yendo y viniendo. Viajando para navidades (cargados de encargos y regalos), o para escapar unas semanas del calor sofocante de Nueva York: un calor húmedo, pegajoso, que no conocíamos y que no nos dejaba dormir. Amanecíamos con el pelo pegado y el cuerpo brillante de sudor. Las sábanas siempre húmedas. El aire acondicionado hacía subir la cuenta de la luz por las nubes así que la racionábamos como mejor podíamos. Volvimos a ir al cine en el verano (a pesar de los ahorros) solo con tal de pasar unas horas sin sudar, o a alargar más de la cuenta las visitas al supermercado, pasando minutos eternos frente a los yogures o el sector de congelados.

El último año, Carlos dejó de ir a estudiar conmigo a la biblioteca y comenzó a aparecer cada vez menos por la universidad (solo para juntarse con su directora de tesis o devolver unos cuantos libros). Nuestros compañeros me preguntaban por él pero yo no sabía nada. A veces se juntaban con Matías a ver la ropa dar vueltas en la lavadora (Marina se consiguió una pasantía sin paga, cualquier cosa con tal de no estar en casa). Yo avanzaba en mi tesis, cuidaba niñas de familias adineradas (les leía cuentos, les hacía de memoria dibujos de todas las princesas Disney, les cocinaba unos pegajosos macarrones con queso que ellas engullían sin protestar) y llegaba a la casa exhausta. Matías trabajaba hasta tarde en proyectos freelance para una oficina en Nueva York y otra en Chile.

Las familias y amigos seguían envidiándonos. A veces llegaban primos lejanos y amigos-de- amigos a visitarnos. Siempre decíamos que sí. Estábamos muy solos y ya no nos bastábamos el uno al otro. Semanas de colchones inflables en el suelo, de turnos incómodos para ir al baño. Nada importaba, había que sacarse la ciudad de la piel como una costra, había que sentirse un poco menos extranjero y algo más en casa [y esa casa eran las bolsas de golosinas chilenas que nos traían las visitas: cientos de superocho, miel de palma, tarros de machas, de papayas en conserva]. Con ellos jugábamos a los turistas, visitábamos esos lugares que nunca estaban en nuestras rutinas: los museos, los barrios: Chinatown, Little Italy. Les sacábamos fotos con paciencia eterna en un Times Square que nos dejaba rebotando colores en los ojos y terminábamos siempre el recorrido con dolor de cabeza. Su ciudad es increíble, nos decían y nosotros tratábamos de sonreír.

Los feos. Los inconformes.

Primavera

Cada vez veíamos menos a Carlos y a Marina. Apenas contestaban a nuestros mensajes. Si quedábamos de juntarnos siempre llegaba solo uno de ellos (el otro se excusaba por mensaje de texto, con una carita de pena al final del mensaje, decía que para la próxima, que besos, que la pasáramos lindo). Sí nos acompañamos en las defensas de tesis, aplaudimos bien fuerte luego de que las respectivas comisiones repartieran sus elogios, celebramos con una botella de champaña. Nos tomamos fotos en la graduación, con nuestras togas color morado Barney. Y enfrentamos con estoicismo, creo, el terror de las maletas. Esas que nos llevarían de vuelta, para volver a tocar esa puerta de la que, unos años atrás, nos hubiéramos alejado con gusto.

La última noche subimos al Empire State building, en cinco años ninguno de nosotros lo había hecho. El cielo estaba despejado; sacamos fotos borrosas. Todos sonreímos. Volvimos a nuestro apartamento a cenar y Carlos tomó una cerveza tras otra. Luego una copa de vino. Y dos, y tres. Unas cuantas piscolas. Carlos nunca bebía y su comportamiento nos tomó por sorpresa. Marina estaba pálida y no sabía donde esconderse. No me quiero iiiiiir, gritaba Carlos. No me quiero iiiiir. Matías intentó calmarlo, lo sacó a dar una vuelta a la manzana, mientras yo lavaba platos con Marina. Ustedes no saben, me dijo y se largó a llorar. Ustedes no saben. No dijo más. Al rato llegó Matías con Carlos aún con los ojos vidriosos. Al ver el rostro furioso de Marina, fue al baño y cerró la puerta con llave. Lo esperamos cinco minutos. Diez.

Veinte.

Me tienes harta, le susurraba Marina del otro lado. Sal de ahí.

Pero Carlos no salía.

Media hora.

Cuarenta minutos y Marina tomó su bolso, se despidió con dos abrazos largos y cerró la puerta de golpe. Matías bajó a botar las latas de cerveza, yo terminé de ordenar la cocina.

Una hora.

Carlos abrió la puerta cuando ya estábamos por dormirnos. Se despidió sin mirarnos a los ojos y bajó las escaleras rumbo a su vida con Marina: una que, sin saberlo, ya se había transformado por completo en esos minutos, una donde, muy probablemente, ya no tendría un lugar.