Los charanguistas peruanos

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Hace unos meses, cuando escribí en esta columna que don Jaime Guardia era el icono más alto de la tradición charanguista peruana, varios lectores me reclamaron que olvidara a otros maestros. Es verdad, aunque es cierto que su alta calidad técnica como instrumentista, su constante presencia en el mercado discográfico y en la escena musical andina por más de cuarenta años, así como su extraordinaria labor como recopilador del folklore y promotor cultural, hacen de Jaime Guardia un personaje único, no es menos cierto que el intérprete pausino no brilla sólo en el olimpo charanguístico peruano. El Perú es tierra charanguistas. Y de los buenos.

Entre los que conozco —obviando a los míticos Pancho Gómez Negrón y Néstor Canales que no dejaron registros sonoros—, acaso el cusqueño Julio Benavente sea quien más se acerque a la dimensión titánica de Guardia. Nacido en Huarocondo, un distrito de la provincia cusqueña de Anta, don Julio aprendió a tocar la quena y el charango durante sus años de estudiante en la Universidad San Antonio de Abad del Cusco, pasando pronto a integrar el legendario Centro Qosqo de Arte Nativo, tal vez la institución folklórica de mayor envergadura del Cusco del siglo XX. Al igual que don Jaime, Benavente fue un promotor cultural: fue locutor radial, prolífico compositor de huaynos y autor de numerosas piezas teatrales populares, además de docente escolar y universitario. Pero ante todo, Julio Benavente fue un gran charanguista. Punteaba el charango a dos cuerdas, alternando cortos arpegios, un estilo que él mismo definiría como t’ipi, es decir, como pellizcado por la forma cómo golpeaba las cuerdas. Como nos recuerda Omar Ponce en una reciente semblanza, Benavente fue además un pionero en la didáctica del instrumento, introduciendo en sus manuales recursos audiovisuales innovadores. En 1987, junto con Manuelcha Prado, tuve la oportunidad de visitarlo en su casa, en San Sebastián, compartir con él y aprender algunas de sus técnicas pues, además de excelente músico, don Julio fue una persona bondadosa. Desgraciadamente la fama de Benavente allende las fronteras de su Cusco natal fue exigua. Apenas una fugaz aparición en la película “Yawar Fiesta”, del cineasta cusqueño Luis Figueroa, lo mostró al público nacional. Su discografía es escasa, pues casi siempre fue producida por investigadores extranjeros, Thomas Turino o Xavier Bellenger entre otros. Aunque uno de sus huaynos —“La mala hierba”— es un clásico, pocos saben que la autoría es de Benavente. Para enmendar semejante entuerto, la revista patrimonio de la dirección desconcentrada de Cultura del Cusco le dedicó un número el año pasado, sin embargo, su obra sigue sin recibir el merecido reconocimiento.

Menos conocido aún, aunque no menos legendario, es Ángel “torito” Muñoz, recordado por su participación en el famoso trío arequipeño Yanahuara. Más cercano al de Benavente que al de Guardia, el estilo de Muñoz es admirable por la fineza de su toque que combina magistralmente los punteos con finos arpegios y el toque de acordes a dos cuerdas para insinuar la melodía. En las históricas grabaciones del trío, Muñoz sigue a la voz cantante en huaynos, yaravíes, carnavales o marineras o bien funge de solista, entregando entonces todo su genio creativo. Hablar del charango arequipeño es hablar del “torito” Muñoz y, sin embargo, no sería justo callar que su estilo se ha nutrido sustancialmente de la tradición puneña, una tradición de vieja cuña. Pero en Puno, a diferencia de Cusco y Arequipa, pocos charanguistas han aventurado una carrera solista. Félix Paniagua y Eric Zubieta son dos honrosas excepciones. Al primero, además, le debemos un libelo que compendia historias y anécdotas sobre el instrumento de marras.

Sería imposible hablar del charango peruano sin nombrar a Jesús Alvarado, sin duda, el más diestro charanguista tradicional del Perú. Parinacochano, que equivale a decir ayacuchano como la mayoría de los charanguistas de fama en el Perú, Jesús es, además de intérprete, un meticuloso constructor de charangos. Tal vez por ello su relación con el instrumento sea tan estrecha. En el Perú es común tocar en la posición de La menor —lo que facilita la pulsación de cuerdas sueltas al adornar la melodía—, y afinar los instrumentos de manera traspuesta cuando se desea tocar en otra escala. Pero Jesús Alvarado es uno de los pocos intérpretes que domina el diapasón en toda su extensión, tocando en cualquier tonalidad el difícil estilo a doble cuerda que ha hecho famoso el charango de Ayacucho. Tuve la suerte de gozarlo en escenarios y, algunas veces, en grabaciones. Y siempre me sorprendió su toque sobrio, cadencioso, pero a la vez osado. Desgraciadamente, Jesús casi no ha hecho carrera como solista. No obstante, puede apreciarse su arte en grabaciones memorables con cantantes emblemáticos de Ayacucho como Berta Barbarán, Edwin Montoya o la inigualable Nelly Munguía.

Entre los jóvenes dedicados al charango tradicional, Omar Ponce es, a mi gusto, uno de los charanguistas de mayor alcance. Sereno en el escenario, pulcro en la interpretación, Omar recorre estilos diferentes, abarcando tanto el rasgueo melódico de su tierra natal, Puno, cuanto el t’ipi de Julio Benavente o el charango a doble cuerda de don Jaime Guardia. Por si fuera poco, Omar —musicólogo de profesión—, se ha dedicado al estudio del instrumento y su historia. Su excelente monografía sobre el chillador de Puno es obligada lectura para los interesados como imperdibles sus grabaciones. Al igual que Ponce, Ricardo García, del trío Los Cholos, ha destacado en los últimos años con sus adaptaciones de géneros ajenos al repertorio de charango como la danza de las tijeras o el tondero. No dudo en resaltar su calidad interpretativa, pues García ha creado un estilo que, pese a sus claras deudas con el charango ayacuchano, ha sabido independizarse y alcanzar un sonido eminentemente personal. Otro es el caso de Pedro Arriola. Aunque formado en la llamada “música latinoamericana”, Arriola ha sabido acercarse a la tradición lentamente y con profundo respeto. En su reciente álbum “Canta charango” ejecuta huaynos, marineras, valses y otros ritmos latinoamericanos, todos con una madurez interpretativa que combina técnicas modernas con otras aprendidas de los maestros antiguos.

Pero entre los charanguistas jóvenes ninguno destaca tanto como Federico Tarazona, versátil compositor de música contemporánea, lutier y estudioso del charango. Formado como guitarrista clásico, Tarazona ha introducido técnicas de la guitarra de concierto a la ejecución del charango, ya sean posiciones en la mano izquierda o técnicas de arpegio con la mano derecha. Tarazona es pues un virtuoso sin precedentes en la historia charanguística peruana. Toca huaynos tradicionales, valses, composiciones de Bach o Mozart, composiciones propias, siempre con una pulcritud y elegancia que sorprenden a tirios y troyanos. Como constructor, Federico Tarazona ha ideado una nueva variedad de charangos: el hatun charango. Según me refiere, lo concibió a fines de los 80, en Lima, Perú, pero no lo materializó sino hasta años después, cuando el reconocido lutier peruano Fernando Luna le dio visto bueno a sus planos. ¿Qué es un hatun charango? Técnicamente hablando no es sino un charango mayor —el tamaño estándar es de aproximadamente unos 60cm.— al cual se le ha añadido dos cuerdas graves, con las cuales Tarazona ha ampliado las posibilidades armónicas del charango, desarrollando un acompañamiento similar al de Raúl García Zárate en la guitarra ayacuchana.

Hace 35 años, cuando empecé una carrera como solista de charango, había pocos jóvenes dedicados a los estilos tradicionales peruanos. Hoy, en cambio, novísimos intérpretes como Huanko Ñawi Barreto, Percy Rojas o César Aguilar se están acercando a los registros dejados por los viejos maestros para desarrollar estilos propios. ¡Enhorabuena! En estos tiempos en que la fiebre por la patrimonalización nos enfrenta con culturas hermanas, es bueno recordar —y resaltar— que la peruanidad del charango no se funda en un supuesto origen, sino en la vitalidad con que los intérpretes actuales lo convierten en cultura viva en territorio peruano.