Levedades

Ocurre, cuando el agua se mueve. Cuando la cucharilla de un café humeante da vueltas en la taza alrededor de la duda, el apacible río moja con sus aguas nuestros pilares y los hace temblar. Convergen el ideal fantástico con la insoportable levedad del ser del escritor checo Milán Kundera.

¿Pasear por el borde del río, o sumergirnos en él? Es cuestión de peso, o levedad. De la nada que es el hombre sin el hombre, surge la necesidad del otro, pero que el otro nos acompañe, ¿es tan solo cuestión de interés? ¿Pueden ser los mismos intereses compartidos? Tan distintos…, tan iguales.

El lobo, el poeta, la escurridiza sirena, el raro, la joven, el básico, la sofisticada, el prudente, hasta un inocente cachorro, comparten una merienda junto al río. Piensan todos, que sus diferencias no serán obstáculo para disfrutar de un agradable día de campo. Seguro, que al final llegarán a casa contentos y hasta pudiera ser que alcanzasen algún acuerdo. Al fin y al cabo, el agua del río les queda un poco lejos, como en otro plano, y pueden verlo todo con cierta perspectiva.

A las dos doncellas no les asusta el agua y acaban de darse un baño en el río. El río es sólo agua que pasa, como pasan los días seguidos de sus noches y las noches seguidas de sus días. ¿Qué más da? Y mientras todo se mueve, ellas permanecen aletargadas en la hierba dejando secar sus cuerpos sobre una alfombra de irrealidades.

Eva, lejos de ofrecer su manzana a Adán, recapacita. Ambos beben de la misma sabiduría y saben que digan lo que digan, sus palabras les obligarán a mantener un compromiso. Extienden sobre el tapete todas las cuestiones a tratar, aprovechando que el viento es favorable y las mansas aguas siguen el curso de la corriente.

De lo que somos, somos también parte del otro y es conveniente para ambos, que el otro sepa que somos parte de él.

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