En la historia de Occidente hay varios tipos de intelectuales (“hombres de letras” se les decía en el XIX) que resultan despreciables. Entre esta extraña clasificación los más imbéciles se dividen en dos: quienes defienden las bondades del mercado y quienes critican al futbol. La primera de las tipificaciones resulta demasiado obvia, por lo que me ahorraré el bullying literario. Los que integran la segunda son lindos de tan cándidos. Piensan que la inteligencia se encuentra en constante pugna con las piernas, que la belleza no puede florecer en un césped, que una pelotita y 22 hombres en calzones pueden volver idiota a todo un país.

De los males del pueblo el futbol no tiene la culpa, como lo decía Eduardo Galeano. Algunos de los versos más hermosos se han escrito en un rectángulo marcado con círculos y ángulos que nos recuerdan el misterio de las teorías de Pitágoras. Y enormes poetas han comprendido que el parnaso yace más cerca de los hombres cuando se corea el gol. Efraín Huerta, él mismo un gran delantero vitoreado por las multitudes, escribió: “En los parques de futbol cabe el inquietante murmullo de centenares de espectadores, se agita la alegría, se agiganta solemnemente, deslizándose sobre el regado de césped, o volando, saltando de una tribuna a otra”.

Escrito para el diario El Nacional, en este texto El Gran Cocodrilo hablaba de los tres parques de futbol que existían en la ciudad de México de los años treinta. Junto a Rafael Solana, Alberto Quintero Álvarez, Octavio Paz y algunos de los exiliados españoles llegados a finales de la década a suelo Azteca, Huerta veía jugar al Atlante de sus amores en el parque España, ubicado en la calzada de La Verónica; en el Necaxa, asentado en la del Obrero Mundial, y en el Asturias, rumbo a la del Chabacano.

Antonio Deltoro coincide con Huerta al recordar la poesía que nace de la cancha:

Contra el hacer, contra la dictadura de la mano,
yo canto al pie emancipado por el balón y el césped,
al pie que se despierta de su servil letargo,
a la pierna artesana que vestida de gala va de fiesta,
al corazón del pie, a su cabeza, a su vuelo aliado de Mercurio,
a su naturaleza liberada del tubérculo;
a cada hueso de los dos pies, a sus diez dedos
que atrapan habilidades hace milenios olvidadas
en las ramas de los árboles.
Yo canto a los pies que fatigados de trabajar las sierras
llegaron al llano e inventaron el fútbol.

Sola falta un poco de cordura para disfrutar la belleza de los desbordes de Marcelo por las bandas, sólo falta un poco de misticismo para observar en las gambetas de Messi la luminosidad de la gracia divina, sólo falta un poco de humanidad para reconocer en el discurso físico alemán los sueños de perfección de nuestros ancestros. Sólo falta un poco de sensibilidad para leer en 90 minutos la recreación eterna de la batalla entre aqueos y troyanos, de tlaxcaltecas contra mexicas, de excluidos contra poderosos. La batalla que siempre termina con una cerveza en la mano, como deberían terminar todas las batallas que se respeten.

Foto: Sandw45

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XALBADOR GARCÍA (Cuernavaca, 1982): Doctor en Literatura Hispanoamericana, escritor y periodista mexicano. Es autor de Paredón Nocturno (UAEM, 2004) y La isla de Ulises (Porrúa, 2014), y coautor de El complot anticanónico. Ensayos sobre Rafael Bernal (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015). Ha publicado las ediciones críticas de El campeón, de Antonio M. Abad (Instituto Cervantes, 2013); Los raros. 1896, de Rubén Darío (Colsan, 2013) y La bohemia de la muerte, de Julio Sesto (Colsan, 2015).
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