Es extraño pensar en un equipo de béisbol catalán. Lo es aún más, pensar en un equipo de béisbol catalán en los años treinta y cuyo nombre era “México”. En la escuadra militaban Bartemou Costa-Amic, David Redull, alias “David Rey”, y Manuel Martínez, “El Guapo”. Todos ellos, además de peloteros, eran espías. En 1936 llegaron a tierras aztecas para hacer una gira en contra de conjuntos mexicanos. Pero su verdadera misión estaba fuera del diamante: buscaban refugio para Lev Davídovich Bronstein, “Trotsky”, perseguido en ese momento por el apabullante aparato soviético.

En su texto “La verdadera vida de Bartomeu Costa-Amic” (publicado primero en el número 253, de 1997, de la extinta revista Vuelta y luego en el libro México-París. Capital del exilio), Fabienne Bradu cuenta que como escaparate del equipo se eligió una tienda deportiva situada entre las calles de 16 de septiembre y Bolívar, del Centro capitalino. Los trofeos ganados en Europa se exhibían en los aparadores. La seducción de las preseas era buen gancho para atraer curiosos y amantes de la pelota, como Ramón García Urrutia, miembro del Frente Popular Mexicano y periodista de la Secretaría de Comunicaciones, a cargo de Francisco J. Múgica.

Costa-Amic habló con García. Las estadísticas y las anécdotas en el campo quedaron de lado cuando el catalán le reveló su identidad y le mostró la carta del líder comunista Andreu Nin solicitando que el gobierno mexicano le brindara asilo a Trotsky. El periodista le consiguió una entrevista con Múgica y éste, a su vez, lo llevó frente al Presidente Lázaro Cárdenas. Conocedor el panorama mundial El General aceptó la petición. México acogería al gran León soviético pero, para evitar sospechas internacionales, la solicitud tendría que venir de camaradas mexicanos. Diego Rivera y Octavio Fernández fueron los elegidos para hacer pública la petición de asilo.

Tras el cumplimiento de su deber Costa-Amic regresó a España en apoyo de las filas republicanas que ya padecían el ataque por parte de los nacionales. Según el relato, había logrado que Trotsky arribara el 9 de enero de 1937 al puerto de Tampico, donde lo esperaban Frida Kahlo, enviada por Diego; Max Schachtman, del Socialist Workers Party; George Novack, del comité estadounidense en defensa de Trotsky, y el general Beltrán, como representante del Presidente Cárdenas.

George Novack recuerda el viaje en tren de la comitiva rumbo a la ciudad de México: “todos juntos subimos al vagón principal del Hidalgo. [Trotsky] se veía feliz, y evocamos los sucesos mundiales hasta llegar a México… De hecho, con los soldados de la guardia presidencial cantamos una serie de corridos de la revolución zapatista; luego nos pidió que le cantáramos canciones estadounidenses, por lo que entonamos ‘Joe Hill’, y Frida cantó las canciones del folclor mexicano” (Trotski. México 1937-1940, Siglo Veintiuno, México, 1992).

Costa-Amic no volvería a América sino hasta 1940. Perdida la Guerra Civil española, tuvo que regresar a México con la andana de exiliados republicanos. Se quedó en Veracruz realizando algunas labores de edición. El 22 de agosto del mismo año leyó la noticia: “Trotsky muere a consecuencia de un atentado”. El asesino, un tal “Jacques Mornard”, le había asestado un golpe fatal en la cabeza con un piolet al líder comunista. Cuando se descubrió la verdadera identidad del homicida fue más grande la sorpresa de Costa-Amic. Él había conocido a Ramón Mercader en España. De haber llegado a la Ciudad de México lo hubiera identificado como un agente stalinista en la casa de Trotsky y habría frustrado el atentado. Finalmente el juego de pelota se definió en la novena baja.

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XALBADOR GARCÍA (Cuernavaca, 1982): Doctor en Literatura Hispanoamericana, escritor y periodista mexicano. Es autor de Paredón Nocturno (UAEM, 2004) y La isla de Ulises (Porrúa, 2014), y coautor de El complot anticanónico. Ensayos sobre Rafael Bernal (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015). Ha publicado las ediciones críticas de El campeón, de Antonio M. Abad (Instituto Cervantes, 2013); Los raros. 1896, de Rubén Darío (Colsan, 2013) y La bohemia de la muerte, de Julio Sesto (Colsan, 2015).
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