
¿Cuántos días de racha se necesitan para pedir un café en otra lengua? Hoy comenzó la aventura de mi primer día de paso en Alemania y quise ahondar en este misterio. La verdad que aterricé anoche, pero me vine directo desde el aeropuerto de Fráncfort hasta mi hospedaje. Preferí no quedarme en ningún hostal barato cerca de Bahnhofsviertel, el barrio de la estación de trenes, famoso por su casco urbano de luces rojas, centro de vibrante actividad nocturna, exceso de sustancias y extravagantes personajes callejeros. Los algoritmos me sugirieron un pueblo aledaño llamado Florsheim, a orillas del río Main.
Venía exhausto después de abandonar Japón hacía catorce horas. Sobrevolé el estrecho de Bering, atravesé el océano congelado del Ártico y contemplé la geografía glaciar y resquebrajada de Groenlandia para arribar, finalmente, a esta concurrida escala aérea que es, además, un gran centro financiero internacional. En el aeropuerto, los encargados del transporte fueron muy amables, me explicaron cómo funcionaba el tren y las rutas que debía tomar. En el camino, divisé la mole del Frankfurt Arena. La próxima semana albergará varios encuentros de la Eurocopa y la ciudad empieza a prepararse para la fiesta.
Por suerte cuando llegué al Airbnb todavía estaba claro. El dueño se tardó un buen rato en recibirme y cuando al fin se dignó a aparecer en pantaloncillos al pie del portón, resultó que su manejo del inglés era inexistente. Por mi parte, el alemán que creía saber se me quedó atorado en el disco duro, no procesé ni el Guten Abend pese a que, durante la pandemia, me había consagrado a la aplicación del dios alado y coseché una racha de cien días. Al final nos entendimos como neandertales que señalan la clave del Wifi en el refrigerador.
Pero mi primera prueba de fuego no fue lingüística sino técnica: cerrar la cortina de la ventana de la habitación, proeza que logré gracias a un tutorial de Youtube. Dormí doce horas seguidas como un lirón abrigado por la penumbra. El cuerpo me pedía reiniciar el sistema ante el desplome de los husos horarios. El día siguiente me regaló una mañana soleada, los pájaros cantaban en árboles inconcebibles y yo me sentía bucólico, dueño de un optimismo capaz de remediar las cuitas del joven Werther. Me tracé como objetivos visitar la casa natal del poeta Goethe y el Museo del Romanticismo, además de probar las célebres salchichas alemanas. El ruido de mis tripas antes de salir me hizo constatar que se me olvidó cenar anoche.
Tanto el Museo Romántico como la casa de Goethe son edificios contiguos y se compra el mismo boleto para entrar a ambos sitios. Seis euros precio de estudiante mochilero. Se echa a ver que era un gran aristócrata el hijo de Weimar: la residencia, reconstruida después de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, se levanta sobre cuatro pisos, atravesada por una ancha escalera y compuesta por amplios salones y cuartos. El lujoso mobiliario original se salvó porque fue evacuado antes de la devastación. Me impresionó el teatro de marionetas con el que se divertía el pequeño Goethe en su infancia, escenario en el que probablemente se fueron gestando los fantásticos personajes de Fausto.
El Museo Romántico recién abrió sus puertas en el 2021 y guarda una vasta colección de cartas, manuscritos, pinturas y bustos de artistas y escritores como Novalis, Hölderlin o Schiller, aunque me agüevó hasta el alma que allí no se exhibiera “El caminante sobre el mar de nubes” de Friedrich. Ni modo, será para una próxima visita, si la guerra no toca primero a la puerta. Captó mi atención la influencia que aún puede tener este movimiento nacido contra el racionalismo y el clasicismo, manifiesto en instalaciones, en el diseño gráfico e incluso la música electrónica.
Una vez nutrido el espíritu, tocaba darle gusto al cuerpo. Después de la destrucción de la guerra, el casco antiguo también fue reconstruido como una ilusión medieval. Me fui a buscar algún puesto de salchichas cerca de la Plaza Römerberg. Ordené un plato surtido con papas fritas y repollo imaginando que las salchichas tendrían un tamaño razonable. La expresiva mirada de la dependiente me advirtió, sin palabras, que iba a morir en el intento. De nada sirvió empujar la comida con la cerveza, mi apetito fue derrotado sin apelación y tuve que pedir que me dieran una buena parte para llevar, seguro de haber consumido la proteína de un año en una tarde.
De vuelta, al pasar a un lado de la Fuente de la Justicia, noté una concentración de gente vestida de manera elegante frente al viejo/nuevo Ayuntamiento. Las banderas de Alemania, Ucrania y de Israel flameaban sobre la fachada y se disparaban, desde un megáfono bastante limitado, discursos políticos que no acertaba a comprender, seguidos por aplausos disruptivos y copas que se entrechocaban. El flujo de turistas pasaba frente a la manifestación, la observaban con rigurosa curiosidad o la ignoraban con displicencia y solo se preocupaban por sacarse fotos. Era una escena irracional, como si de pronto hubiéramos seguido el camino de los fuegos fatuos de la obra de Fausto y se hablara de la paz incitando a la guerra y el bienestar de unos fuera la destrucción de los otros en esta interminable Noche de Walpurgis militarista.
De regreso a Flörsheim, me sucedió un evento clásico: me perdí. Se descargó mi teléfono, se atrasó el infalible servicio del tren y perdí el último autobús hasta mi destino. No sabía la dirección exacta del alojamiento y en Fráncfort casi todo cierra a partir de las seis de la tarde, incluso la estación de policía como logré corroborar. A duras penas recordé el nombre de la calle, tomé un taxi y le pedí al chofer, que solo hablaba alemán o árabe, que me llevara a la calle sin número. Me bajé en una rotonda que creí reconocer, caminé varios cientos de metros hasta alcanzar a otra rotonda igual a la anterior.
Pasé una hora caminando en círculos sin dar con mi Airbnb hasta que me topé en plena calle con un grupo de simpáticos adolescentes que mascullaban un poco de inglés. Tras varios intentos infructuosos, logramos dar con mi hospedaje y me despedí debiéndoles la vida. Al verlos retirarse, me quedé pensando que les había regalado una historia que contar a sus amigos al día siguiente, la de este azaroso turista de viaje perdido.
Siempre supe que quería emprender este viaje porque el movimiento era un termómetro para comprender el momento histórico que atravesamos. La oficialidad de las alianzas de las potencias europeas en su propio suelo genera un efecto desolador, como si la serpiente estuviera a punto de morderse la cola y la devastación de ayer acechara las fachadas hoy reconstruidas, conscientes de que su grandeza es meramente un subterfugio, un engaño, una lección jamás aprendida, como esos cien días de racha que no sirven ni para pedir un café. Pero a la vez, siempre hay bastiones de esperanza, siempre quedan grupos en medio de la noche que son luz y son gentil resistencia que ayuda al romántico extraviado a encontrar el refugio de paz que tanto sueña en las letras.





