Las guerras que todos perdimos

Como lectora, algunos de los mejores momentos de mi vida han sido cuando siento que una historia que he leído me ha transformado, cuando me muestra algo que no he querido ver por mucho tiempo, cuando me confirma qué tan pequeña soy frente al drama humano. Así me pasa cuando leo a escritores como Eltit, Woolf, Chekhov, Tolstoy. Así me pasa cuando leo a Oswaldo Estrada (Santa Ana, California, 1976) y sus cuentos meticulosamente tejidos como si fuera una filigrana que nos obliga a acercar los ojos para ver de cerca las puntadas que nos hacen individuos, únicos, irrepetibles, perdidos en nuestras propias guerras. Así me sucedió en su último libro Las guerras perdidas publicado en Sudaquia en este 2021.

 

Y si es cierto, que todo buen libro necesita un cimiento en donde el lector pueda apoyarse, una fuerza interior que lo atraiga y no lo deje ir; que el cuento es el laboratorio donde las palabras deben ser justas, eficientes y efectivas; que la solidez de la historia se basa en evitar los lugares comunes, los 14 cuentos que conforman este volumen son prueba de todo esto. Las historias de sus personajes son las ruinas de vidas desesperanzadas y llenas de nostalgias contadas en una narrativa fincada sobre los cimientos de párrafos impecables, redondeados, pulidos, de frases breves y ritmo pausado, que nos recuerdan que la ficción también puede ser una herramienta ética vital.

No es la primera vez que leo a Estrada. Lo hice hace no mucho para reseñar en la revista ViceVersa —dirigida por Marisa Bafile— su libro Luces de emergencia: otra prueba de su sensibilidad como escritor. En esta ocasión lo leo desde otro ángulo, tratando de entender cuál es el talento narrativo que hace que una empiece sus libros y no los suelte hasta acabarlos. Hoy quiero indagar en algunas escenas que me conmueven de manera particular y encontrar en ellas cuál es la anécdota o la premisa que hacen que suceda lo que ha dicho Roberto Bolaño, que la literatura es como un bosque en donde el lago, los árboles, las cuevas, el pasto, los hongos son los que en verdad hacen su riqueza.

Y es en el cuento “El juicio final” donde encuentro las primeras pistas de ese bosque. Debía de hablarse más de los primeros cuentos en las antologías, los que abren o cierran la puerta al lector. Pienso por ejemplo en “Nos han dado la tierra” que abre El llano en llamas de Juan Rulfo o en “El huésped” que abre el libro del mismo título de Amparo Dávila, y que han dejado en nosotros una marca imborrable. Acá Estrada logra este cometido recordándonos la repetida historia de las Américas, donde generación tras generación vemos la promesa de un futuro nacional mejor. Tres son las aristas que acá se reúnen: humanizar al dictador que espera su sentencia tras años de acciones anticonstitucionales —como el cierre del Congreso o ejecuciones sumarias o delitos de espionaje—; hablar del rompimiento generacional y la división ante los escenarios simbólicos que crean las promesas de un nuevo “caudillo”; recordar que, a lo largo del tiempo son nuestros viejos los que, habiendo “vivido entre cuatro y seis golpes militares”, se dan cuenta que al final de cuentas han perdido la guerra formados en “las colas interminables para conseguir diez bolsas de leche en polvo”, prueba del desabasto y el empobrecimiento paulatino de sus países. En esta historia, el caudillo también ha perdido la guerra sentado en silencio en una silla tras “el último derrame cerebral”, insistiendo absurdamente en su inocencia hasta “el día del juicio final”.

En “La otra vocación” Estrada toca otro tema de rompimiento y continuas disputas: el aborto. El recurso narrativo es la lucha de una madre por sacar de la cárcel a su hijo preso por practicarle un legrado a una muchacha de dieciséis años. Por otro lado, está la joven en “uniforme escolar, el pelo recogido con un lazo, las insignias y la escarapela de fiestas patrias” que quiere terminar con un embarazo no deseado y no ser madre de ese hijo que le truncará la vida y los sueños. En el claro oscuro que crea el autor con las dos historias y las preguntas que platea reflexionamos sobre un sistema plagado de absurdos y lleno de dobles morales, como la de una religión con monjas que entierran fetos “bajo el amparo de una comunidad entregada a la oración, las rondas infantiles, los cánticos espirituales y la caridad” (28); sobre la avaricia o falta de profesionalismo de algunos médicos que tal vez de niños quisieron ser aquellos que salvaran vidas; sobre la ceguera de las instituciones ante el derecho innegable de que las mujeres tenemos derecho a decidir sobre nuestros cuerpos; sobre las madres que también hacemos cualquier cosa por salvar a nuestro hijos, a ese “niño, tan chiquito que cabía en un dedal.

Estrada, al igual que otros escritores latinoamericanos como Gabriel García Márquez y Juan Rulfo escribe continuamente sobre la vejez. En “Señales de vida”, elige a los viejos para hablar de la pandemia y dar testimonio de su fragilidad e impotencia ante la pérdida de amigos, familiares, y vecinos cuyos rostros de la noche a la mañana se hicieron conocidos a través de una ventana o desde un balcón. La estética de este cuento se finca en torno a las tristezas colectivas y a las pequeñas o grandes pérdidas que todos sufrimos durante la terrible época que acabamos de vivir y que seguimos viviendo. En un hecho que nunca antes de ella se había considerado a nivel mundial la posibilidad de un toque de queda colectivo para aislar a los ciudadanos de un enemigo común. Y en el encierro el caos del mundo se metió en nuestras cuatro paredes, en los niños enloquecidos pintando paredes, en el trabajo perdido, en los cuerpos muertos saliendo de las casas y los hospitales de víctimas de una epidemia que no respetó, sexo, clase, raza, pero que sí se ensañó con nuestros viejos, a quienes se fue llevando poco a poco. La esperanza de que llegaría un día en que “saldríamos para ver a los niños corriendo, a los viejos con sus carritos de la compra, a caminar el mundo”, fue la único que nos permitió sobrevivir.

Hablar de la muerte nos lleva inevitable a hacerlo de la vida. En el cuento “Las azules horas”—título que me hizo pensar en un tema que yo había dejado atrás en mi memoria: el síndrome de los “niños azules” donde, por un problema del corazón, bebés recién nacidos, mueren de manera súbita—, Estrada nos pone frente a otra guerra perdida: la muerte de un hijo y el gran trauma que viven las parejas a causa de esto. Sobrado está hablar de la importancia que ha tenido el tema de la maternidad en la literatura contemporánea especialmente escrita por mujeres, explosión que nos ha permitido verla desde otras luces. En relación con la pérdida pienso en obras como Esa otra orfandad (Cal y arena, 2016) de Gabriela Couturier o Siberia (Campaña de lectura, 2018; Mantis, 2019; Candaya, 2019) de Daniela Alcívar Belollio. En Estrada la voz del narrador omnisciente se enfoca en el padre y dice “Le dijeron al hombre que su hijo nacería vivo, y desde ese instante comenzó a extrañarlo como si hubieran envejecido juntos”. El recurso de la mirada del potencial padre no solo como espectador sino como partícipe recupera la figura paterna como un elemento positivo e incluyente en la procreación. La escritura recurre entonces a ver y recupera el momento del nacimiento, la reacción del cuerpo del niño y de la madre frente a él. Es su mirada del “rostro paralizado, con la boca entreabierta, queriendo decirle algo a la madre” la que contrasta con el deseo de esta de no ver al recién nacido que está a punto de morir “Ni vivo. Ni muerto” (45), dice. La imagen de un bebé muriendo con la boca entreabierta, como tratando de articular unas palabras, se entrecruza con la imagen de los ojos cerrados de la mujer. No ver es, como Shröringer nos dice, no existir. Lo que no se ve no existe, pero el padre lo está viendo todo. Para él la vida existe brevemente, “cuarenta y tres minutos”, aunque él insiste que fue más, y que el bebé que hoy muere entre sus brazos “era un poco más grande que su hermana” a la que vio también morir y metida en una caja de zapatos.

La violencia de género y la extrema pobreza son temas que preocupan a Estrada. En “Leche negra”, por ejemplo, narra las vidas de niños y mujeres que, no importando qué tanto se esfuercen, siempre quedan atrapados en la miseria y el atraso. No hay esperanza frente a un sistema que es violento todo, desde lo público hasta lo privado, en donde el núcleo familiar es una trampa conformada por otras víctimas, por padres y madres que perpetúan patrones que hace que los niños crezcan en la “no infancia”, niños que nacen adultos desde siempre, por siempre. La historia es conmovedora y nosotros lectores quedamos impotentes ante la imposibilidad de ayudar a la niña que ve escapar su futuro, formada en una fila para conseguir unas cuantas bolsas de leche, azúcar y arroz. Pienso en este cuento en lo que la escritora mexicana Socorro Venegas ha dicho, que la literatura es el mejor medio para hablar del fracaso de una sociedad y de un sistema que permanecen ignorantes ante la vulnerabilidad de sus menores. Esta crítica también se ve en Estrada, en la sustitución de las imágenes de la fila para conseguir los víveres, con las de la niña recordando la fila “en el colegio los lunes por la mañana para cantar el Himno Nacional y rezar el Padre Nuestro”. Nacionalismo y religión juntos perpetuando el fracaso.

De una u otra manera, Perú siempre está presente en la obra de este escritor y académico en The University of North Carolina at Chapel Hill. En la presentación del libro que organizó su editor, Asdrúbal Hernández, Ulises González de la revista Los bárbaros nos recuerda la gran cercanía de Estrada con su país. Se une con esto a otras voces que hablan de la peruanidad como el caso de Jennifer Thorndike y Pedro Medina, quienes también escriben sobre él y para él desde la diáspora. Otros son los temas que se entrelazan en Las guerras contados en una narrativa introspectiva, reflexiva, instintiva como el peso totémico de la verdad, que para no aplastarnos se debe ocultar, o se debe hacer la propia —como diría David Foster Wallace, en su discurso “This is Water”—, como en el cuento “El reino de la verdad”; o la postura de “acá no pasa nada” para proteger al hijo de la homofobia, en “Los trapos socios”; o la herencia con la que los padres marcan a los hijos para siempre, como en “Vivir la muerte”, donde la drogadicción es el escape a la realidad; o en la esperanza que surge en la vejez de la posibilidad del amor de una joven, aunque ya se le tengan a uno contadas las horas como en “Segundas nupcias”.

Imposible acercarse a todos y cada uno de los 14 cuentos de este polifónico volumen, pero en el intento recuerdo, una vez más, que Oswaldo Estrada tiene la capacidad de asomarnos desde su mirada respetuosa y humilde de escritor que observa el mundo, al gran tema de que si algo nos une como humanos son las guerras que todos perdemos.