Las cosas inalcanzables del tercer hombre

Al maestro GT, a quien robé

La última vez que vi a Teddy Foster, lo recuerdo perfectamente, estaba cruzando la Séptima a la altura de la 33, sin duda rumbo al Madison. Era una tardecita de principios de abril, todavía fría porque él llevaba un largo sobretodo marrón, un sombrero de paño hundido hasta la mitad de la frente, y una gruesa bufanda que le tapaba la barbilla y la boca. Era él, imposible equivocarme. Su andar cansino, a media distancia entre la voluntad y la resignación, los hombros ladeados hacia la izquierda como si estuviera protegiéndose de un posible jab de un rival fantasma que parecía acompañarlo en todo minuto, y el ceño intensamente fruncido, como si el golpe hubiera dado en el blanco. Y no es que esté haciendo alarde de mi memoria, por más que ya hayan pasado más de veinte años desde que una bala le partió la nuca unos días después del que recuerdo –una bala disparada por un cobarde a quien nunca se pudo identificar–, sino que simplemente esa es una de las imágenes que no pude borrar de mi cabeza.

Resultó pobre la nota que escribí, más allá de que tampoco el jefe de Deportes me había pedido nada especial. Tampoco nunca dejé de pensar que Foster se merecía otro tipo de reportaje, y no el que finalmente terminé entregando y se publicó casi una semana después de su muerte. Investigar sobre su vida y recoger algunos testimonios sobre su truncada carrera como boxeador y luego sobre su destacado periplo como árbitro, fue un ejercicio frustrante, no obstante haberme cruzado en el camino con algunos –¿cómo llamarlos?– misterios o extravagancias. Lo primero que hice fue, justamente, pasarme una tarde entera en el archivo del diario buscando noticias de sus peleas, en el supuesto de que estas me llevarían a encontrar datos de su pasado. Pero todo lo que pude averiguar fue que Foster había nacido en 1918 en Montevideo, Minnesota, un lugar pobre, de no más de mil habitantes, en una familia de campesinos que poseía unos pocos acres sobre el río Chippewa. Había sido el cuarto de seis hermanos, había completado sus estudios primarios y apenas entrado en la adolescencia se había trasladado a Hoboken, donde se empleó como estibador en uno de los muelles del Hudson.

A los veintidós años ya había participado en decenas de trifulcas en el puerto, y ganado sus primeras tres peleas como peso mediano. Fue entonces cuando uno de sus entrenadores lo impulsó a mudarse al Village, a unos viejos galpones que servían a la vez de gimnasio y de albergue para los púgiles que daban sus primeros pasos. Casi de inmediato algunos periodistas se apuraron a pronosticarle un futuro brillante en su categoría, y hasta intentaron ponerle un sobrenombre que lo acompañara, pero Teddy siguió siendo Teddy hasta que, unas cuantas peleas más adelante, Benito “el Zorro” Caggiani lo revolcó con un cross tan fulminante que le fracturó la mandíbula y lo dejó inconsciente por casi un cuarto de hora. Después de eso Teddy decidió colgar los guantes y volver a ser Foster, quiso alistarse en el Ejército pero la guerra ya estaba terminando, quiso convertirse en entrenador pero sus recursos técnicos eran bastante pobres, y finalmente optó por convertirse en árbitro, tarea que le brindó, contra todo pronóstico, algunos elogios y cierto respeto.

Unos días antes de que yo lo viera por última vez cruzando la Séptima a la altura de la 33, sin duda rumbo al Madison, arbitró su última pelea, a la que algunos atribuyen la razón para que un cobarde le partiera la nuca de un balazo. La pelea fue en el Yankee Stadium, en el Bronx, donde se enfrentaron Rick “el Temporal” Allison y Bob “el Zorrito” Caggiani. Todo transcurría de manera normal, si es que en algún momento se puede hablar así de una pelea, hasta que en el séptimo asalto el tercer hombre se interpuso entre los boxeadores. Todo el mundo pensó que, tras un golpe bajo de Temporal, Foster lo amonestaría y le restaría un punto, pero en lugar de ello levantó y cruzó los brazos frente a Caggiani, declarándolo perdedor por knock out técnico cuando el muchacho no mostraba ninguna señal de derrota.

Nadie supo, en el intervalo que llevó de la pelea al crimen, si Foster recibió alguna amenaza, pero todo indica que al menos él no varió ninguna de sus rutinas, y acaso el hecho de que yo lo viera aquella tardecita corrobora todo lo que estoy diciendo. Los vecinos que consulté para mi artículo me aseguraron que en sus últimos días había salido a caminar por las mañanas como siempre, que como siempre almorzaba luego en un dinner de la calle Webster de Brooklyn, y que algunas noches paraba en una astrosa cantina de la Cuarta avenida, en Park Slope, por cierto en aquella época un vecindario penumbroso y poco digno de visitar, donde según comentarios más o menos aviesos cada tanto se encontraba con una mujer de la que nadie me pudo decir una palabra.

El asesinato de Foster, del que no hubo un solo testigo, ocurrió al suroeste de Prospect Park, a unos pasos de donde él alquilaba una pieza desde hacía más de diez años, en un viejo edificio más próximo al derrumbe que al eventual refugio. No me costó más de dos dólares convencer a la anciana que limpiaba las escaleras de dejarme entrar a la pieza de Teddy, aun cuando la policía no había retirado los precintos. Era un lugar oscuro, con una sola ventana que daba a un contrafrente desde donde todo lo que se podía ver era la explanada de unos enormes depósitos de carbón y leña. Una cama, una mesa de luz, una mesa con una carpeta de cartón en la que Foster guardaba unos pocos y amarillentos recortes de prensa, un armario de dos puertas con espejos en óvalo azotados por la herrumbre. Cualquiera hubiera pensado que en esas pobres paredes debían estar colgadas algunas fotografías o algunos anuncios de las peleas que él había protagonizado o al menos arbitrado, pero todo lo que pude ver fueron unas leyendas diseminadas aquí y allá, dibujadas sobre el empapelado con una letra gruesa y desprolija: “Lexus 1950”, “Tierra de la pipa de tabaco”, “Ava Gardner”, “Omega Seamaster”, “Cognac Delamain”. Un pequeño tesoro de cosas inalcanzables o perdidas.

Alguien encontró el cuerpo a la mañana siguiente del balazo fatal, tendido boca abajo entre unos olmos del parque. El cobarde que le había partido la nuca de un disparo, por la espalda, a sangre fría, en la más desalmada oscuridad, lo había arrastrado desde la calle, dejando un surco de sangre y tierra y hojas, aunque no se tomó demasiado trabajo en ocultarlo. La policía no pudo encontrar una sola pista ni tampoco conjeturó demasiado sobre los motivos del crimen, y rápidamente archivó el caso. La Asociación ordenó un minuto de silencio en memoria de Foster en la primera pelea que tuvo lugar en el Polo Grounds, unas pocas semanas después, pero para entonces ya era muy tarde. Pocos recuerdan a los grandes boxeadores y nadie recuerda a un réferi de sueños imposibles.


Este cuento pertenece a la edición Noir de la revista Los Bárbaros