La victoria alada

Mi último enfrentamiento con el poder estadounidense sucedió el 28 de junio del 2018, durante el último día de la fase de grupos de la Copa Mundial de la FIFA en Rusia. La Selección Mexicana había hecho el ridículo el día anterior, perdiendo tres a cero contra Suecia. Aquella jornada se había visto agravada aún más por la mediocridad triunfante de los comentaristas de Televisa y TV Azteca, que le daban las gracias a la Selección de Corea del Sur por haber derrotado a Alemania dos a cero, triunfo que le sirvió a la Selección Azteca para clasificar a octavos de final.

La afición mexicana (tanto en Rusia como en México) había vitoreado eufórica al grito de “Coreano, hermano, ya eres mexicano”, o al de “Hoy somos Corea”. Cientos de personas se habían reunido afuera de la Embajada de Corea del Sur en la Ciudad de México. El Ministro y Cónsul General del país oriental, Byoung-Jin Han, había salido a saludar a la afición mexicana, y declaró para Univisión Noticias que: “Básicamente los coreanos y los ‘meshicanos’ son hermanos. Por eso, yo quiero decir, ¡que viva ‘Méshico’!, ¡que viva Corea!

Días antes del Mundial, el periodista David Faitelson había intentado despedazar los sueños del delantero estrella de la Selección, Javier el “Chicharito” Hernández (ex elemento del C.D. Guadalajara, del Manchester United y del Real Madrid, entre otros equipos), diciéndole que México no poseía el nivel para ser campeón del mundo, y que Alemania tenía asegurado el primer lugar del grupo que conformaban los teutones, México, Corea del Sur y Suecia. El Chicharito, desesperado, le respondió que había que imaginar cosas chingonas para el equipo mexicano. Dicha frase se hizo una suerte de mantra para la afición y para los seleccionados. “Imaginemos cosas chingonas” se convirtió así en un hashtag viral. El Chicharito se imaginaba a la Selección llegando a cuartos de final, alcanzando las semifinales y la final, y alzando la Copa del Mundo. El Chicharito tenía muchas ganas de coronarse campeón con México, de que el combinado tricolor se convirtiera en la Grecia de la Eurocopa en Portugal, 2004. Indudablemente, la afición quería verlos llegar al quinto partido.

Por mi parte, aspiraba a ser testigo de que la Selección no fuera batida a palos en el terreno de juego, y que clasificara a cuartos de final dignamente, como en las Copas del Mundo de México 1970 y México 1986.

Quizás el pobre desempeño del Tri en la fase de grupos se debió a la polémica fiesta de despedida en la que habían participado ocho seleccionados a principios de junio. En ese entonces, algunos medios nacionales como El Universal, habían reportado que dichos jugadores tuvieron una fiesta sexual en una mansión de Las Lomas de Chapultepec, la colonia con mayor plusvalía de la Ciudad de México. Un evento clásico de la Selección Mexicana: tener un reventón antes de una Copa del Mundo (situación que había sucedido en Sudáfrica 2010), en lugar de estar concentrados preparándose física y mentalmente, sin interrupciones. Para los salarios que perciben, y para los millones de personas que mueven, es lo mínimo que le deben a su afición.

La derrota escandalosa contra Suecia había desatado una gran polémica sobre el movimiento #Imaginemoscosaschingonas. Había que imaginarlas, pero llevarlas a cabo en la cancha. Recuerdo escuchar por esos días que algunos seleccionados terminaron criticando a su afición, a los millones de personas que en cierta medida les pagan sus sueldos comprando las playeras oficiales y demás parafernalia futbolera. A los hinchas que van a los estadios y sintonizan las transmisiones en vivo.

Rusia 2018 fue la primera Copa del Mundo en la que decidí que no me importaría el destino funesto de la Selección Nacional, por lo que continué apoyando a los equipos Latinoamericanos y a Francia (historia muy personal) tras la eliminación de México, que perdió contra Brasil dos a cero el 2 de julio, el día de mi cumpleaños veintisiete. Entonces me encontraba en un hotel del Aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México. Apagué la televisión después de ver el baile futbolístico que le dieron a México y me fui a beber un par de palomas con tequila Herradura al bar del hotel. Brindé por un nuevo comienzo, y la primera bebida fue gratis por mi calidad de cumpleañero.

Había anticipado la derrota del Tri, pero como buen hincha que creció jugando fútbol en la calle y en la escuela, siempre tenía la esperanza de que ocurriera algún milagro como sucedió contra Alemania, donde México ganó uno a cero con gol de Hirving, el “Chucky” Lozano. Pero el equipo comandado por Neymar Jr. demostró ser superior. De cualquier forma, debo decir que disfruté la actuación del arquero de México, Guillermo Ochoa (ex portero del América, del Ajaccio y del Málaga, entre otros equipos), quien detuvo quién sabe cuántos tiros en todo el Mundial.

***

Aquel 28 de junio, después del oso monumental del Tri en el Estadio de Ekaterimburgo, me enfilé hacia la Embajada de Estados Unidos en la cosmopolita Ciudad de México, ombligo de la luna y Valle del Anáhuac. Consideré que la derrota de la Selección podría ser un mal presagio. Aunque no sabía exactamente de qué.

Aquella mañana había contingencia ambiental en los aires de la Gran Tenochtitlán; humo proveniente de los escapes de los autos, del Metrobús, de los taxis y de los peseros sin refinar que circulaban por las avenidas interminables de la metrópolis, mezclado con humo de fábricas y contaminantes vertidos en los canales de aguas negras localizados en las zonas periféricas. Me costaba respirar y me salía un poco de sangre por la nariz debido a la toxicidad del aire seco. Mi misión consistía en renovar mi visa estadounidense de estudiante, la F-1, para poder comenzar mi doctorado en literaturas hispánicas en la bicentenaria Universidad de Indiana-Bloomington, en el Medio Oeste norteamericano.

La situación diplomática era algo inestable en la Embajada con sede en la Avenida Paseo de la Reforma 305. La ex embajadora Roberta Jacobson había renunciado al puesto en mayo, y el actual embajador, Christopher Landau, aún no había sido nombrado. Caroline, mi ex novia estadounidense, me había dicho en el 2012 que se sentía como en Estados Unidos en esa zona de la ciudad, y se emocionó al ver la Embajada de su país.

Aunque ahora no había Embajador, los estudiantes mexicanos aceptados en universidades norteamericanas necesitábamos un papel costoso para poder desvelarnos voluntariamente leyendo y teorizando y escribiendo y bebiendo café en Estados Unidos.

Había intelectuales cosmopolitas que necesitábamos ese papel con códigos secretos para escribir y educar a las juventudes norteamericanas y enseñarles español, cultura y literatura. Y yo estaba alistándome para comenzar ese nuevo reto.

Esa mañana de junio, me levanté a las seis con la primera alarma de mi iPhone, un verdadero milagro. Me alisté apresuradamente. Me rasuré la barba y me corté accidentalmente el cachete derecho con la navaja del rastrillo Gillette. Me quedó un rasguño en la cara. La noche anterior había pernoctado en la casa de mi tía Nora Elba, así que salí del norte de la Ciudad de México y me enfilé en la línea tres del Metrobús hasta la estación Circuito, donde hice trasbordo a la línea uno. Alcancé a entrar al Metrobús sin empujones, pero me tuve que ir de pie todo el trayecto. Por suerte nadie me agarró a mochilazos. Después de unos cuarenta minutos, con las piernas entumidas, me bajé en la parada de Hamburgo. Caminé un poco por Insurgentes Sur y doblé a mano derecha en Havre, para salir a Paseo de la Reforma. Había algo de gente en la calle caminando a paso veloz, algunos con café en mano, y muchos miraban sus celulares.

Iba andando con algo de cafeína en mi sistema, alerta, con un folder en mano y revisando mis documentos: formas migratorias; copias del pasaporte y de otras visas; talones de pago del banco, estados de cuenta y demás requisitos. Llevaba una memoria USB en donde había respaldado todos los documentos, en caso de que necesitara imprimir algún archivo que hubiese olvidado llevar conmigo. Llegué al supuesto corazón de la ciudad. Vislumbré al Ángel de la Independencia, el monumento inaugurado en 1910 por el polémico ex presidente y dictador, el general Porfirio Díaz, quien gobernó de 1876 a 1911. Opresor del pueblo, aliado de la industrialización del país y masón, entre otras ocupaciones. El Ángel se alzaba estoico en los cielos contaminados de la gran urbe; la Victoria Alada, esa estatua hueca de bronce en la cima de una columna griega, en cuya base se encuentra un mausoleo donde aparentemente descansan los restos de algunos héroes de México.

Me interesa recalcar lo de los restos de los héroes de la nación que reposan en el mausoleo del Monumento a la Independencia. Según un reporte aparecido en el diario La Jornada, titulado “En 2010, el país honró a huesos de venados y próceres patrios por igual”, se comprobó entonces que “en la urna de Mariano Matamoros hay una mujer, y donde se cree que están los [restos] de [Miguel] Hidalgo, [Ignacio] Allende, [Juan] Aldama, [José Mariano] Jiménez y [José María] Morelos [y Pavón] hay niños, mujeres y ciervos”. Es decir que, en el año del bicentenario del inicio de la lucha por la Independencia, el gobierno del entonces presidente conservador Felipe Calderón exhibió los huesos de venados, niños y héroes patrios por igual, esa exposición a la que acudieron más de un millón 200 mil personas, de acuerdo con el reportaje de La Jornada.

Vuelvo al día de mi cita en la Embajada. Esa mañana me detuve unos instantes a contemplar a la Victoria Alada, sí, o más bien a la Ángela de la Independencia. Siempre dudé de que en el pequeño mausoleo de la base de la estatua en verdad estuviesen los restos de los “héroes” de México. Eso es lo que reportan los medios, pensé. Pero muy seguramente ahí descansan huesos de gente anónima y quizás hasta de mascotas o perros callejeros del siglo XIX, elucubré. Me aproximé a la Embajada, algo nervioso. Me mordí las uñas de los dedos, como cuando era niño. Hice fila. Eran poco antes de las nueve de la mañana. Tenía un número de ficha dentro del primero horario de entrevistas.

Después de treinta y cinco minutos, me encontré con las piernas entumecidas de tanto estar parado. Observé a la gente. Comencé a inventarme historias para esas personas, esas familias que hacían fila, ilusionados. Gente de todos los estatus socioeconómicos. A muchos de ellos les sería negada la visa, pensé. Me entristecí. Comencé a elucubrar sobre el escenario político del 2020. Trump debía perder las elecciones para que existiera la posibilidad de que las leyes migratorias fueran menos rígidas con el vecino del norte. Me acordé del desastre inesperado en noviembre del 2016, cuando más de sesenta y cinco millones de personas viviendo en Estados Unidos creíamos que ganaría Hillary Clinton. Nos cargó el payaso bien bonito. De hecho, me sentía como una Paleta Payaso: con una sonrisa por fuera, y con un palo atravesado por dentro.

Ante mis recuerdos de aquel noviembre del 2016 que viví en Iowa City (unos meses después de haber saludado en persona a Hillary en un evento de campaña en Green Bay, Wisconsin), me encontré ante el antojo descomunal de una gelatina y un flan, ya que vi a una señora con su carrito vendiendo postres y desayunos afuera de la Embajada. “Lleeeeeeeeve sus pooooooostres, dieeez pesooooooos”, gritaba.

Pero no podía salirme de la fila. Estaba larguísima. Le sonreí a la señora. Me abroché la agujeta de uno de mis Sperry. Comenzaba a hacer calor. Empecé a sudar. Entré a una carpa, separada del resto de la calle, la cual tenía techo de lona blanca, y en donde había banderas de los estados norteamericanos colgadas en las paredes. Hacíamos fila en un túnel. Vi el escudo de Texas. Distinguí el de Wisconsin. Me fijé en el de Iowa. Busqué el de Indiana. Encontré los escudos de los más de treinta estados que he visitado, en la medida en la que avanzaba en la línea.

Me preguntaba si la derrota de la Selección Mexicana de fútbol el día anterior podría ser un mal augurio. Me encontraba afuera del búnker del poder imperialista estadounidense, y mi futuro profesional dependía de un pedazo de papel que costaba bastante caro. No recuerdo si pagué cuatro mil o cinco mil pesos por esa estampa en el pasaporte (el equivalente a 178 o 222 dólares estadounidenses). Posiblemente pagué más, lo que significó un golpe duro a mi bolsillo, ya que vivía de mis becas y de mi salario como maestro de lengua y literatura.

En caso de que me dieran la visa, aún debía regresar a Iowa City (ciudad donde hice la maestría en Escritura Creativa) a vaciar mi departamento en esa capital de la literatura universal y del Medio Oeste. Tenía que hacer mi mudanza a Bloomington, Indiana, para comenzar el doctorado. Muchas cajas que terminar de empacar y decenas de muebles aún por vender. Me esperaba un recorrido de nueve horas en automóvil desde Iowa City hasta Bloomington.

En caso de que no me dieran la visa no podría regresar a Estados Unidos y tendría que malvender o regalar mis muebles y pedirle a algún amigo que me enviara por paquetería mis pertenencias indispensables.

La nostalgia era un ente cruel. Recordé ese par de años en Iowa City. Me gustaba deambular por los cafés con mi cuaderno de poesía y bolígrafos Pilot. La tinta japonesa era algo cara, el paquete de dieciocho plumas costaba alrededor de diecisiete o dieciocho dólares en Target, pero me daban suerte. O por lo menos lograba escribir uno que otro verso sostenible. Recordé ese par de años en los talleres de escritura de ficción y no ficción. Ese par de años en los talleres de poesía. Ese par de años deambulando por los bares y los puestos de comida callejeros con amigos escritores. Ese par de años serían irrepetibles, y yo, un signo cáncer empedernido, me negaba un poco a mudarme de código postal. Pero ya había aceptado mi próximo reto profesional, y sólo era cuestión de fluir. Seguía en el túnel de acceso al búnker del poder yanqui en pleno corazón mexicano. La fila de la Embajada no avanzaba. El estómago me reclamaba, me pedía comida a gritos, no había desayunado. Quería más café. “Lleeeeeve la booooolsa de papaaaaaaas dieeeeeez pesoooooos”, gritaba un señor y entonces sentí diez plomos en la boca del estómago.

Pensé en los huesos de los dizque héroes nacionales y me dio vértigo. Las cosas que se cree la gente, pensé. Es incluso probable que el gobierno calderonista les haya rendido homenaje a huesos de algún mono u otro animal del Zoológico de Chapultepec, reflexioné.

Mi situación personal era un bosque en llamas. Me encontraba en una relación abierta, o en una relación a larga distancia no exclusiva, con Alyssa, una ex novia de la universidad. No sabíamos hacía dónde iba lo nuestro. Y yo ya había optado dejar de hacer planes que intuía solo me hacían clic a mí. Me había convencido de que el destino se encargaría de decidir por nosotros.

Alyssa había aceptado una posición en los Peace Corps (una agencia y programa de voluntariado manejado por el gobierno de Estados Unidos) y se encontraba en Sudáfrica desde el verano del 2017. Teníamos planes de vernos para las fiestas de fin de año, pero aún no concretábamos los pormenores de nuestro reencuentro. Todo era humo, neblina, tornados, o un no sé qué huracanado.

Mientras tanto, quería abandonar la fila de la Embajada y salir disparado al aeropuerto y tomar el primer vuelo a Madrid o Londres, y luego el primer avión a Johannesburgo y el primer aventón hasta el pueblo donde vivía Alyssa. Pero recordé que no tenía el dinero suficiente en mi cuenta de banco para llevar a cabo semejante hazaña, ni alguna línea de crédito que me permitiera llegar a Sudáfrica endeudándome. Además, mi situación internacional me tenía varado en la Gran Tenochtitlán. En ese túnel insípido considerado como territorio gringo en pleno Valle del Anáhuac, y yo me encontraba a punto de entrar en negociación con el Estado norteamericano. De alguna forma inexplicable, logré encausar mis pensamientos en otra dirección. La fila por fin se había comenzado a mover de nuevo, y concentré mi atención en escuchar la voz de la grabación que daba una cantidad infinita de instrucciones y procedimientos.

La voz infame que emanaba de los altavoces estratégicamente localizados quién sabe dónde saturaba mi cuerpo, las instrucciones me hacían querer gritarle al poder estadounidense que se callara, que nos diera la visa a todos, y que se nos entregaran tapones para los oídos. Tenga su pasaporte listo. Tenga su solicitud a la mano. Por favor, quítese los zapatos y el cinturón. Y por favor, no olvide quitarse la chamarra. Por favor deposite todas sus pertenencias en una charola y páselas por la máquina de rayos equis. Blablablá. Seguí sus protocolos, y miré mi reloj, ya pasaban de las nueve cuarenta de la mañana, las piernas me lo confirmaban. Necesitaba comer, tomar agua, correr o perderme en Paseo de la Reforma.

Me pregunté si los huesos del cura Miguel Hidalgo o de José María Morelos y Pavón, en el caso de que estuvieran en el mausoleo del Ángel de la Independencia, podrían jugar a mi favor. Algo así como si sus restos fuesen una especie de reliquias de la buena suerte que me dieran el impulso necesario para conseguir la visa F-1 sin ningún problema con el Tío Sam. Necesitaba obtener el apoyo de sus espíritus, de sus presencias. Mi futuro profesional dependía de ello.

También pensé en los huesos de ciervos ahí depositados. Necesitaba la protección de los espíritus de los venados. Cada que iba a hacer caminatas en los bosques del Medio Oeste norteamericano, salían manadas de estos animales, y para ese entonces, ya tenía un archivo de fotografías con varias familias venado, de ahí que me considerara su amigo. En diciembre del 2017, había ido a Sinaloa, donde asistí a una presentación de la danza del venado, interpretada por bailarines del pueblo mayo-yoreme. Así que tal vez los huesos de los ciervos podrían invocar la presencia protectora del gran espíritu del venado en mi cita inevitable con la diplomacia yanqui. Había algo turbio en el aire de la Embajada. Percibí un fuerte olor a desinfectante que me taladró los orificios nasales.

Me imaginaba cosas chingonas, pero aún debía salir al terreno de juego yanqui, triunfar en la negociación y obtener la visa F-1 que me había salido bien pinche cara.

Dejé mis cosas en la bandeja. Inmediatamente fui objeto de ataque por parte de una de las guardias de seguridad privada al servicio de los yanquis. Me vio con cara de te voy a hacer la vida imposible, chavo. Me puso el ojo encima. Una mujer chaparrita y como de mi edad, con el pelo recogido en una coleta, los labios pintados de rojo y un fusil de asalto en mano. Pasé por el detector de metales. Comenzó a sonar una alarma. Bip, bip, bip, bip. Volteé a mi alrededor. Chingada, a ver si alguien aquí no trae una pistola o algún explosivo, pensé. Todas las personas ahí presentes buscaban a alguien con la mirada, a un chivo expiatorio, y los guardias de seguridad se acercaron de inmediato a la máquina de rayos equis. Por mi parte, me encontraba de pie del otro lado del detector de metales, esperando a que salieran mis pertenencias en la banda. Todo sucedió en cuestión de segundos. Caí en la cuenta de que la bandeja con mis pertenencias era lo que había provocado que se disparara la alarma. Ahora sí ya valí madres, me dije. La guardia de los labios pintados de rojo al servicio del poder estadounidense que me espiaba con la mirada me señaló inmediatamente. Ya me cargó pifas, pensé, después de lo cual, intenté tranquilizarme. Pasaron los segundos. A ver, Ollin, serénate, no mames, vamos a enfrentar a estos gringos y a estos soldados a su servicio, krankys, me dije.

Me comenzó a gritar otro guardia (un hombre, en esta ocasión) con un rifle de asalto automático en mano y yo no entendía bien qué sucedía. ¿Es de usted esta memoria USB?, me preguntó el tipo, sujetando la bandeja donde había depositado mis objetos con una mano. ¡Responda de inmediato!, me gritó. Yo estaba sin zapatos y sin cinturón. ¿Lleva micrófonos o cámaras de audio escondidas en la ropa o en los calcetines?, me preguntó, impaciente. Le dije que no, indignado. Me hicieron un cateo, me palparon todo el cuerpo, y la gente a mi alrededor se limitaba a negar con la cabeza. No recuerdo exactamente qué me decían las otras personas que hacían fila, pero escuchaba sus palabras. Joven, quién sabe qué traerá, una memoria USB, eso le pasa por no leer las instrucciones, nos está haciendo perder el tiempo, ha de ser algún delincuente, pinche naco, vociferaban las voces de la muchedumbre. Me llegaban frases sueltas en torbellino.

Opté por no engancharme en pleitos verbales con el público ahí presente, y le hice frente como pude a los guardias con sus rifles de uso exclusivo del ejército ¿diplomático gringo? Después de que me palparon las nalgas y los genitales, me pasaron por la piel unas banditas blancas de un material parecido a la tela, para detectar posibles agentes químicos en mi cuerpo. Acto seguido, me entregaron de golpe la bandeja con todas mis pertenencias y mi memoria USB. Me pusieron de patitas en la calle. Descalzo, me encontré afuera de la Embajada con el cinturón, los zapatos, el celular, el folder con documentos y mis demás pertenencias en mano. Les dejé la bandeja en el suelo. Si quiere volver a ingresar a la Embajada, deshágase del USB, me dijo la guardia con los labios pintados de rojo.

Caminé por la calle Río Danubio, ante las miradas del resto de la muchedumbre que aún hacía fila y estaba por entrar al recinto. ¡Lleeeeve el aguaaaa Bonafooooont dooooce pesooooooooooos!, gritaba una chava del otro lado de la acera. Me alejé unos pasos, como zombi, y de pronto me encontré en la esquina con Paseo de la Reforma, y me di cuenta que mi calcetín derecho tenía un agujero en el dedo gordo. Sudaba a chorros. Mi cuerpo me pedía cafeína como si fuera un automóvil en la reserva del tanque de gasolina. Estaba sin saber bien qué hacer, ni a dónde ir. Tenía el USB en mi bolsillo, con mi vida entera ahí archivada. Una auténtica joya para alguien que estuviera buscando robarse identidades en el mercado negro.

Me reí un instante. En la esquina había más elementos de seguridad, por supuesto, con sus armas de fuego y con sus poderosos chalecos antibalas y demás equipo de guerra. Usted no puede estar aquí, retírese de inmediato, me dijeron. Tengo cita en la Embajada, y me voy a volver a formar. No me voy a mover de aquí hasta que me ponga los zapatos y el cinturón, les contesté impulsivamente. Los miré a los ojos, retándolos. No sé cómo, pero no me hicieron nada. Los soldaditos mexicanos al servicio de la Embajada de Estados Unidos optaron por continuar fumándose sus cigarros y echando el chisme y disimulando que escuchaban palabras ininteligibles por los walkie-talkies que les colgaban del cinturón y de los chalecos antibalas.

Me hallaba ante una decisión difícil de tomar. ¿Qué hacer con el USB? Pensé en pagarle a la encargada de una tiendita local o de algún comercio en Paseo de la Reforma. Un 7-Eleven, un Starbucks o un Oxxo, cavilé. Aunque eso sería venderle mi identidad al diablo, mis PDFs con información de pasaporte, de visas previas, de estados de cuenta, de direcciones y documentos con mi información laboral. Seguramente terminarían en el mercado negro, a la venta en algún local de Tepito o en la deep web, pensé. No me arriesgaría de esa forma. En ningún momento dudé que hubiera personas honradas en la Gran Tenochtitlán, pero uno nunca sabe, era como jugar a la ruleta rusa. No me quise exponer. Consideré destruir la memoria, pero me aterrorizaba no hacerlo bien y que alguien pudiera robarse mi información. ¡Ah, túnel del imperialismo! Según yo, no tenía a ningún conocido a la redonda. Días después me enteré que mi prima Grace Silva trabaja en uno de los rascacielos próximos al Ángel. De haberlo sabido. Comencé a caminar por Paseo de la Reforma.

Era hora de improvisar. Llevaba mis lentes de sol tipo aviador puestos. Me iba deteniendo cada quince o veinte pasos, y volteaba discretamente a mis alrededores. ¿Dónde esconder el USB sin que nadie me viese? Me senté en una banca unos instantes, y miré a la Ángel de la Victoria. El Monumento a la Independencia. Poco tráfico. Algunos carros circulando. Volteé a mis espaldas, y vislumbré, entre los árboles, a unos cuantos metros, la entrada al Sheraton María Isabel. Volví la mirada hacia la Victoria Alada. ¡Estatua de bronce! ¡Indícame el camino! ¿Cómo logro entrar de nuevo al territorio yanqui en suelo mexica? ¡Ah, restos de Hidalgo, Morelos y venados! ¡Oh, espíritus de gente anónima del siglo XIX! ¡Ayúdenme! Tuve una revelación.

Esperé pacientemente a que dejara de pasar gente y escondí el USB entre los arbustos podados que adornaban la banqueta. Me alejé unos pasos para ver si saltaba a la vista, y me aseguré de que nadie, absolutamente ningún chismoso infame, me viera. Antes de regresar hacia Río Danubio, consideré que lo más prudente era contar los pasos entre la calle y el arbusto en donde escondí mi vida, donde la protegí de las garras maquiavélicas de la deep web y del mercado negro tepiteño y mundial. Habrán sido unos noventa o cien pasos, si la memoria no me juega en contra. Así podría encontrar el USB al terminar la entrevista.

Me formé de nueva cuenta en la fila de la Embajada del país de las barras y las estrellas. Volví a pasar por el túnel del purgatorio. Bloqueé a los fantasmas del pasado y sus sombras que me atormentaban el cerebro con remolinos de recuerdos cargados de posibles finales. Antes de formarme, me compré una gelatina tricolor, un flan y un café de olla. Pagué alrededor de veinticinco pesos, o el equivalente a un dólar con doce centavos. Nada mal. En México se puede comer rico, bonito y barato, o también muy pinche caro. En mi caso, el dinero siempre me ha rendido mucho en Chilangolandia. Los puestos callejeros y yo siempre nos hemos llevado requetebién. Ahí se encuentra la mejor gastronomía del país. Palabra.

***

Una hora y media después, me encontraba plantado enfrente del diplomático en la ventanilla de atención al solicitante. Era un oficial colombiano-estadounidense y me habló en español. ¿Indiana?, me preguntó. Sí, le dije. ¿Por qué Indiana?, repuso. Porque ahí me dieron una beca más o menos buena y porque hay profesores con los que me gustaría trabajar, le contesté. ¿Qué libros me recomienda leer?, inquirió. Mmm… Los niños perdidos, de Valeria Luiselli. Es una obra que habla sobre la migración de menores centroamericanos a los Estados Unidos, y sobre el trato inhumano que sufren a manos del Immigration and Customs Enforcement (ICE). También trata sobre las dificultades que enfrentan ante las leyes migratorias del gobierno de Estados Unidos, entre otros aspectos relevantes. Hubo un silencio, cuestión de unos segundos. Déjeme le sello el documento. Ha sido aprobada su visa. Mucho éxito, me dijo, serio. Salí ileso, y andando.