La sombra del otro

 

Lo primero que impacta en la novela es el hallazgo de una voz. La sombra del otro está narrada en tercera persona y es ahí donde la escritora Alicia Plante encuentra una voz para la conciencia del personaje de Laura. No deja de ser curioso que allí encuentre Laura el terreno sólido y resbaladizo para expresar su mirada sobre la muerte de su vecina, Ana. Más allá de la anécdota, la novela narra los devaneos de un yo frente a la posibilidad de un crimen. ¿Qué complicidad macabra tiene la víctima en la producción de un crimen? ¿De qué manera puede una mente brillante perpetrar un acto desleal y cruel? A medida que avanzaba en el desarrollo de las circunstancias, avanzaba en las elucubraciones indirectas, sesgadas, de ese narrador que me permitía escuchar los hilos de una voz que asiste al territorio de lo abyecto. Laura es psicoanalista y encuentra en su modus operandi –acaso como Freud– una forma de la investigación detectivesca. Plante pone en escena una novela policial de la conciencia a través del uso sesgado del narrador en tercera persona. Me parece que ese es el mayor hallazgo de la novela. No se trata de una novela «psicológica» en el sentido trivial ni tampoco de una novela negra en el sentido convencional. Plante logra combinar las estratagemas de ambos sistemas cerrados y hace con eso un tipo único y abierto que supera los convencionalismos. En este marco, detenerse en los detalles de la trama es baladí. En todo caso, los hallazgos y los ritos de Laura, los pensamientos de Laura, las teorías de Laura, «el embudo en el que ella sola se había metido», funcionan como etapas o subterfugios de la autora para generar un método de investigación casi racional. Sergio, el pintor sospechoso; Abel, el padre muerto; Leo, el amigo ayudante; los parientes de la muerta: todos se mueven en la trama mental y evocativa como si fueran personajes de un ajedrez digital y psíquico. No es causal que Plante use el juego de ajedrez como metáfora del enfrentamiento pasional. La novela dibuja una guerra de avances y retrocesos especulativos y anímicos. Y cada pieza ofrece su posición y su fuerza.

Plante escribe una especie híbrida y lograda de novela de peripecias en la que el devaneo mental, la especulación y el prejuicio psicológico establecen una forma de descubrir la condición del otro y el peso del otro en la configuración de la víctima como personaje y del criminal como personaje. En este sentido, la novela de Alicia Plante supone una reflexión sobre el género y sobre la construcción de la novela como urdimbre mental. “Ser es ser percibido”, escribió George Berkeley. Ser es ser analizado, investigado, pensado y descubierto por el otro, diría Laura y, quizás, Plante. ¿Cómo se proyecta la sombra de Ana, la víctima, sobre la psicóloga Laura y sobre el posible asesino? Cada sombra configura un otro diverso y fantasmal. Desde la “invención” de la sombra, Laura logra armar una imagen de la desconocida vecina Ana. Y con ese laberinto reconstruye el pasado que empuja al presente con una fuerza inusual. En el cruce dificultoso e intrincado de novela «psicoanalítica» y novela de desencuentros, Plante ofrece una voz que duda, una voz que avanza, que especula, que descubre el horror y la miseria de la condición humana. Y también la felicidad del pensamiento como herramienta frente al mal.