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La promesa

     Miraba por la ventana los veleros en el horizonte cuando escuché: «Daniel Alejandro», me volteé y la abuela se había quitado la máscara de oxígeno. Me acerqué, le tomé la mano y me dijo con su voz entrecortada: «Daniel Alejandro, cuando muera quiero que me lleves a enterrar a Puerto Cabello, prométemelo». No le dije nada, no respondí. La tos cerraba el breve compás que abría cada cierto tiempo para las palabras. Le puse la máscara de nuevo, pero ya no volvió a hablar, ni siquiera volvió a abrir los ojos; yo fui el último presente en su precaria conciencia, y así se fue, dejando una promesa al aire.

     La abuela Toya ya tenía 90 años, llevaba más de diez que había dejado Puerto Cabello, mis padres se la habían llevado a Andalucía con la promesa de que iba a ser igual que en su casa, un patio con matas, una playa con palmeras y el calor de siempre.

     En ese cuarto estaba mi hermana Dolores, y mi madre. Ninguna se sorprendió, no hubo lágrimas, solo diría que escuché algún suspiro de alivio o de tristeza, creo que de alivio. Se acercaron a mí, nos quedamos sin decir nada; Dolores me dijo que mejor me fuera a la cocina, mi madre salió conmigo.

     Sentado en la cocina, mi madre me sirvió un café, y me dijo: «Qué bueno que pudiste verla, llegaste justo a tiempo». Yo no había viajado a Andalucía después de años sin ver a mi familia para sostener la mano de la abuela al morir; yo bien pude haber llegado para el entierro, o mucho después cuando ya todo hubiera pasado. Aun sin haberle dado vuelta a la segunda cucharadita de azúcar del café, mi hermana entró y me dijo: «Ya yo contraté el servicio de cremación, solo tendrás que ir a Puerto Cabello a enterrar las cenizas». El aliento a tabaco de la abuela apenas comenzaba a diluirse de mis sentidos cuando una gota fría recorrió mi espalda de solo pensar en regresar a Venezuela y al olor a pescado podrido de Puerto Cabello.

     Esa noche regresé al cuarto de la abuela, su silueta seguía postrada en la sábana. En la mesita tenía una estampita de José Gregorio, un retrato con mamá y la tía Lucy, unas violetas resecas y una caja de fósforos. Busqué debajo del colchón: allí estaban los cachitos de tabaco que ya no se podía fumar; esos restos que luego enrollaba en un nuevo tabaco y se los fumaba cada tarde en la mecedora con la candela hacia dentro, peinando su larguísima cabellera blanca que contrastaba con su piel morena de fogón.

     Al llegar al cementerio estaban unos pocos familiares, algunos vecinos, mi madre, y mi hermana con su espigada figura y sus ojeras solemnes. La brisa de octubre les hacía ondear el vestido como una bandera de tregua que cerraba un armisticio con la muerte. Finalmente, la abuela Toya era vencida por un enfisema tan viejo que ya nadie sabía cuál de los dos había nacido primero.

     Al terminar el funeral, vino una persona muy seria, nos entregó una caja pequeña que contenía las cenizas de la abuela. Dolores recibió la caja y tras dar las gracias de manera muy funeraria, se volteó hacia mí y me dijo: «Ya yo hice mi parte, ahora cumple tu promesa, ¿vale?». Pero yo no había hecho ninguna promesa, ni siquiera le dije “claro que sí abuelita, yo te llevo donde tú digas”. «Pero, ¿por qué no la enterramos aquí, cerca de ustedes? Así le pueden llevar flores el Día de la Madre, ella no se va a dar cuenta, sería lo mejor, yo no quiero ir a Venezuela y menos a Puerto Cabello, yo tengo que regresar a Nueva York». Dolores me extendió la caja y me dijo: «Haz lo que creas que es mejor, yo solo quiero dormir sin pensar que la abuela me va a venir a reclamar, ¿vale?». ¿Pero cómo le iba a venir a reclamar si ya estaba muerta? Qué tercermundismo pendejo era ese. ¿Hasta cuándo iban a seguir creyendo en fantasmas? ¿Por qué se tenía que morir justo cuando yo estaba allí?, eran mis vacaciones. Agarré mi cajita y me fui al carro.

     Esa noche busqué en Google “Cementerio de Puerto Cabello” y lo primero que me mostró fue la foto de un portal con la inscripción “Pasaron Todos Como Sombra. Como Viajeros Que Van En Posta”, y la reseña de lo abandonado y peligroso que estaba por la cantidad de delincuentes que hacían vida allí. Por momentos me sentí rodando por esa carretera llena de huecos y ventas de empanadas, hasta llegar al portal, entrar con mi cajita bajo el brazo y sentir un cañón que me apuntaba la cabeza.

     Llamé a mi novia para decirle lo ocurrido. Le dije que la abuela había muerto y me había hecho prometerle que llevaría sus cenizas a enterrar a Puerto Cabello. La respuesta fue bastante complaciente y me dijo que ella encantada me acompañaría. En cierta manera me sorprendió, pero a los pocos segundos lo entendí, cuando me dijo que la abuela había sido muy sabia en escoger pasar el resto de su espiritual existencia en Puerto Vallarta; tuve que aclararle que era Puerto Cabello en Venezuela; allí me contó de los cientos de compromisos que no le permitirían salir de Nueva York hasta el próximo siglo.

     No pude disfrutar de mis vacaciones como lo tenía planeado, y no fue por la muerte de la abuela, aunque sí le agregó un tono oscuro a la pintura; lo más duro fue esa bendita promesa que no hice y no me parece que alguien porque está en sus últimas, pueda disparar una promesa y dar en el blanco. Le dije a mi hermana que ese trabajo de ir a Puerto Cabello le correspondía a ella, y siendo muy ella como siempre, bajó la mirada hasta encontrar mis ojos, y con la sutileza de un rastrillo me dijo: «Acuérdate que la abuela siempre decía que “las mujeres no cargan urna”. Si yo decidiera ir a Puerto Cabello, la promesa sin cumplir seguiría siendo tuya, y si no cumples su último deseo, estoy segura de que la abuela se va a peinar su cabellera sentada en tu almohada por el resto de los días; si algo sabia la abuela, era de muertos y aparecidos». Desde el fondo, asintiendo con su cabeza canosa y desleal de siempre, mi madre me dijo: «Así es, Daniel Alejandro».

     El taxi iba por el Paseo Marítimo de Torremolinos con dirección al aeropuerto. Las palmeras desfilaban en la playa sin turistas; le dije al taxista que se detuviera en el próximo chiringuito. Me bajé, caminé hacia la playa, vacié la cajita en el mar y regresé al taxi. Pude haberla vaciado en el pipote de la basura, pero quise agregarle cierta poesía al momento y lo hice en el mismo océano que llegaba hasta su Puerto Cabello natal. Le dije al conductor que podíamos continuar, y me respondió diciendo que no estaba permitido fumar en el vehículo.

     Yo no estaba fumando, pero había un fuerte olor a tabaco. Allí entendí que la había cagado.

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