La pregunta de Hasper

El viejo Hasper estaba tirado en la silla y fumaba un Chesterfield seco, corto, y largaba las olas de humo blanco en la noche estrellada. Hacía calor y estábamos solos en la verdulería. Los grillos trinaban y el ruido de la calle era opacado cada tanto por el paso de un auto viejo o por los gritos de los chicos que jugaban en el fondo del vecino.

En medio del silencio de la noche, el viejo me preguntó si yo sabía algo de la muerte de mi padre. Él nunca decía nada sobre mi pasado pero esa noche decidió hablar. Así, de sopetón, largó su pregunta, como si dejara que una serpiente gris se escurriera en el piso. Hasper habló despacio y con el cigarrillo en la boca lanzó una tranquila bomba de tiempo.

Yo me quedé un rato callado, sorprendido por las palabras mientras miraba hacia el vacío. Los dos estábamos del lado de adentro así que veíamos la vereda y los autos lentos en escorzo. El viejo no me miraba, estaba de espaldas y jugaba con un palito largo con el que golpeaba el borde de un cajón de manzanas. El ruido regular marcaba una música rara y sirvió como telón para mis pensamientos junto con los gritos y los grillos y con los eventuales rugidos leves de los motores.

No sé, dije, no sé casi nada. Sé que nos abandonó cuando yo era chico.

Nunca las cosas son tan sencillas, dijo Hasper.

No sé nada más. Y vos qué sabés.

El viejo dio vuelta la silla y me miró con fijeza, con cierta bronca contenida. No sé de dónde le salió la bronca pero Hasper mantuvo su mirada un rato y luego volvió a su posición.

Sé muchas cosas, agregó.

Tomé una manzana y le di un mordisco. Luego miré hacia la calle y vi que un muchacho arrastraba sus piernas en la tierra. Iba despacio. El calor lo agotaba. Miré a Hasper, vi la decrepitud en su cuerpo y mordí de nuevo la manzana.

Sé que lo llevaron herido desde el banco hasta el hospital y que estuvo preso, dije, y que después nací yo. No tengo la imagen de su cara. Nunca lo vi.  Eso es todo lo que sé.

Era mentira. Sabía otras cosas. Pero había algo que me molestaba en la pregunta del viejo.

¿Tu mamá te dijo algo sobre la muerte?

No, nunca hablamos de eso.

Hubo una mujer, agregó Hasper. Ella tuvo la culpa.

Era evidente que el viejo quería sacarme las palabras. Se levantó de la silla flaca y se fue hacia el interior de la casa. El ruido de los pasos retumbó en el pasillo de entrada. Yo me quedé donde estaba, tirado cerca del cajón de manzanas, con el olor pútrido de las verduras rociadas por el calor. Pensé que el viejo estaba meando porque después escuché el golpe del agua en el cuadrado del baño y luego los pasos cortos y rengos encendieron el silencio nocturno.

No quiero hablar de esto, dije cuando el viejo se sentó nuevamente en la silla enclenque.

Y no dije nada más. El viejo se dio la vuelta y miró hacia el interior. Respiró hondo y el aire de su boca recorrió los metros que nos distanciaban y sembró un extraño rencor en el aire caliente.

Me levanté y caminé hasta la vereda. La soledad mayor de la noche mojaba las veredas. No pasaba nadie y la única compañía era el viento caliente que venía del norte. Estiré mis brazos y recuperé el aliento mientras el viejo encendía la radio.

Desde la vereda escuché el rumor agudo de la radio. Ese rumor me hizo pensar. A pesar de la entrada súbita de la pregunta, supuse que Hasper tenía buena intención y que quería decir algo que él consideraba una verdad. La historia de mi padre era una herida, un hueco. Nada podría cerrarla. Mi madre había estado sola desde que yo tenía memoria y la muerte de mi padre era una sombra amarga. Hasper estaba enfermo y sé que quería hablar a sabiendas de que pronto se lo llevaría el fantasma impune de la muerte.

Yo estaba seguro de que esa mujer –que no era mi madre—había precipitado el fin. Palpé el cinto y la pistola seguía conmigo. Hasper sabía que yo era un alma fácil de envalentonar.

El viento se hizo más fuerte y arrancó unos sonidos nuevos de las copas iridiscentes de los árboles. Hasper estaba pegado al aparato de radio y chupaba el cigarrillo con esmero y sacaba unas columnas blancas que se perdían en el pasillo. Él no me veía. Crucé hacia la vereda del frente y divisé la calle en toda su extensión. Un humo negro se elevaba en la lejanía violeta.

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