
En En el nombre de la rusa, María Cristina Fernández construye una novela intensa y profundamente contemporánea, donde la experiencia del desarraigo, la violencia, la fragilidad y la belleza conviven en un mismo territorio narrativo. Ambientada en el microcosmos de una biblioteca pública durante los años de la pandemia, la obra despliega una polifonía de voces que cuestionan las nociones de normalidad, pertenencia y supervivencia, y que se sostienen desde la ironía, la memoria y una lúcida conciencia del cuerpo y del deseo. En esta entrevista, la autora reflexiona sobre los desafíos formales y éticos de su escritura: la construcción de múltiples perspectivas, la elección del espacio narrativo, el impacto del contexto pandémico y la tensión constante entre oscuridad y luz que atraviesa a sus personajes.
Tu novela trabaja con varias voces narrativas (Rochelle, Svetlana, Andrea…), cada una con un ritmo y una mirada propia. ¿Cómo construiste esa polifonía para que cada voz tuviera una identidad literaria reconocible, y qué descubrías tú como autora cuando cambiabas de perspectiva?
No creas que no me atemorizó un poco que esa polifonía pudiera abrumar al lector. Estos personajes tienen su contrapartida en lo que llamamos “la vida real”. Al comenzar a trabajar en una biblioteca unos meses antes de que comenzara la pandemia, ya ellos estaban ahí como protagonistas de un espacio, un modo de proyectarse frente a mí. El trasvase a mi escritura —con todo lo que de percepción y recreación de mi parte implica— los convierte en personajes literarios, por lo que creo que lo polifónico parte de esa realidad en la cual me era muy difícil escoger a unos pocos, lo que tuve que hacer obviamente. La identidad literaria se da dentro de ese plural de voces; hay algo que los integra y es esa atipicidad, ese estar fuera de la norma que fabrica a “los normales”, y que no beneficia mucho a la literatura. Cambiar de perspectiva me daba plena conciencia de que escribir es una mediunidad gozosamente consentida que me confirma la ilusión de eso que llamamos el “yo individual”.
Svetlana tiene una voz afilada, inteligente, a ratos cruel y a ratos profundamente vulnerable. ¿Qué decisiones tomaste para sostener ese tono sin suavizarlo, y cómo hiciste para que su ironía funcionara también como una forma de verdad literaria?
Svetlana es la voz de esa gran cultura que es la rusa, con todo el orgullo que acompaña este hecho, pero también con el rencor que le confiere la gran tragedia sociopolítica que la desfigura. Según confiesa, padece la amargura de haber emigrado a un país de cultura inferior. Tú sabes, salvar el pellejo puede ser muchas veces más fácil que salvar el espíritu. Por si fuera poco es también un personaje que arrastra la memoria de una violación y que ya empieza a paladear los desencantos propios de envejecer. La ironía es su defensa para lo que considera un mundo en decadencia, al que no ve salida. Ese saber es su fuerza, una fuerza amarga, pero totalmente justificada. Si perdía la ironía, perdía su fuerza, y por tanto su verosimilitud. En escasos momentos dejo que asome cierta empatía o vulnerabilidad. Escasos y bien justificados.
La biblioteca no es solo un lugar: es un microcosmos social, una frontera entre lo público y lo íntimo, un refugio y un campo de batalla moral. ¿Qué buscabas al elegirla como centro de la acción, y qué te permite ese espacio para hablar de pertenencia, exclusión y supervivencia?
A diferencia de mi país natal, en Estados Unidos las bibliotecas públicas cumplen una función más allá de ser entidades culturales per se. Se han convertido en refugios para personas sin hogar, pueden funcionar como centros comunitarios, lugares donde se congregan las personas que la psiquiatría o el resto de la sociedad descarta. Una parte del personal que ahí trabaja —por no mencionar ciertos lectores— son personas sui generis, que no encajarían fácilmente en otros escenarios. Suma todo esto y verás cuánto me permite abarcar esta elección. Y mucho más en los tiempos de la plaga global que padecimos. Tú lo has dicho con palabras inmejorables: “un refugio y un campo de batalla moral”. Es un marco idóneo para lo que he intentado siempre hacer con mi escritura: cuestionarme las reglas del orden establecido, apuntar a otros reinos para subvertirlo.
La pandemia atraviesa la novela como una atmósfera que altera cuerpos, miedos, relaciones y reglas. ¿Cómo transformaste ese periodo en materia literaria para que no fuera solo “marco histórico”, sino un dispositivo narrativo que intensifica el conflicto y la fragilidad humana?
Sin dudas la pandemia hizo zozobrar el mundo que habitábamos. Nos encaramos a un miedo extremo a lo desconocido, a la parálisis de lo rutinario; se impuso otra relación con el cuerpo y los cuerpos de los otros. El segundo día de anunciar que las clases serían remotas, mi hija, adolescente entonces, se sentó en el borde del techo de la casa y empezó a mover los pies con ansiedad. Por otro lado, me veo en la biblioteca desinfectando los libros devueltos con químicos que antes se reservaban para salones de operaciones… Supe que debía enfocarme en sacar lo mejor de esa reclusión y qué mejor que aguzando la capacidad de crear ficciones, volver a la poesía. Terminé o adelanté algunos proyectos, entre ellos este. Me enfoqué en descubrir cómo la vida, el eros, las aproximaciones humanas tomaban otra forma, se las arreglaban para no sucumbir totalmente a la enfermedad, al miedo, a la muerte. Y creo que eso me mantuvo con cierta ecuanimidad en medio de todo y lo recreé lo mejor que pude, no tanto como para intensificar ese conflicto sino para encontrarle otras aristas, otros desbordes.
En En el nombre de la rusa conviven la violencia, la precariedad y la memoria con destellos de música, sensualidad y momentos de belleza. ¿Cómo trabajas esa tensión en tu escritura para que el texto no se vuelva ni puramente oscuro ni ingenuamente esperanzado, sino fiel a la complejidad emocional de tus personajes?
Pensándolo bien, creo que la respuesta está en los moldes, y vuelvo otra vez a aclarar lo de la inspiración en lo visto y vivido. No conozco ser humano o situación posible donde no aflore alguna luz, alguna belleza, aun en medio de lo más terrible. Si encuentras esta simple verdad en tu existencia, entonces todo lo que hagas tendrá esa impronta. Tu intuición te dirá cuándo poner más, cuándo menos. Confío mucho en esa intuición, que como bien sabemos significa mirar hacia adentro. Contemplar es la clave en mi caso para lograr esa tensión. Y me gusta porque aplaca las divisiones entre el bien y el mal a lo que nos enfrenta insidiosamente la cultura. Si resuelvo esto en lo escrito, de algún modo lo resuelvo en mí. Recuerda que el esclarecimiento es fuente de fuerza y salud.







