La cura de la tristeza

La música de Paquito D’Rivera es la cura para la tristeza. Durante esas tardes soñolientas de octubre en las que el otoño marchita no solo las hojas sino también la esperanza, hay que ponerse los audífonos y abrir el chorro de luz que es la música de este magnífico artista. Seguir atentamente la narrativa clarividente y voluptuosa de los solos que Paquito esculpe con el saxofón o el clarinete se asemeja a vagar por un malecón de verano lleno de gente, colores, helados, y el rocío de las olas flotando en el aire e impregnando la piel desnuda. Sus frases melódicas, siempre reconocibles a distancia, son trazos expresionistas dados con una mano segura, siempre juguetona. Y esto es porque, en Paquito D’Rivera, el conocimiento exhaustivo de distintas tradiciones latinoamericanas y caribeñas, así como el manejo riguroso de la técnica clásica y el idioma improvisatorio del jazz, se entremezclan y resurgen como un milagro imposible. Más allá de todo cliché, Paquito vuelve a hacer de la música un verdadero portento.

Nacido en Cuba y formado como artista y creador en distintas naciones, y a raíz de su investigación constante de la música popular en el continente americano, Paquito D’Rivera se convirtió rápidamente en un músico integral. La rigurosidad técnica de sus interpretaciones instrumentales se equipara solo a la frescura que embebe su arte. Es por esto que Paquito logra cautivar a diversas audiencias, y no solamente a aquellos versados en el conocimiento de las formas clásicas o a ciertos seguidores elitistas del jazz de cámara. Cuando uno presta atención a sus solos, y a la delicadeza con la cual el saxofonista hilvana una cantidad de notas que a veces parece desmesurada, se puede constatar que su música tiene mucho de storytelling, de narración y figuras coloquiales que se asemejan a personajes, acciones, lugares, tramas y, sobre todo, evocan una excelsa algarabía. Por eso, yo describiría su música, y en especial sus improvisaciones, que es donde su personalidad más extrovertida y a la vez más tierna se manifiesta, como una forma de comedia de la más fina y profunda factura. Podríamos clasificar a Paquito como un escritor barroco, una especia de Molière o Quevedo caribeño, postmoderno y contemporáneo, que produce teatro lleno de nostalgia, humor profano, sensualidad, ironía, cierta violencia acompasada y también su necesaria dosis de borrachera, flatulencia, comilona, adulterio y rencilla, en la mejor tradición latinoamericana.

Y es que sus solos están siempre cargados de un sinfín de situaciones y sentires. A menudo, Paquito hace uso de lo que los músicos de jazz llaman “citas” o quotes en inglés. Estas citas se dan en el contexto de los solos improvisados de jazz, cuando el músico trae a colación, sorpresivamente, una frase o melodía que pertenece a una composición famosa. Por ejemplo, en casi todos los solos de Paquito D’Rivera, se puede escuchar, a veces como insinuación soslayada, otras abiertamente y con cierta lujuria y afectación, una frase melódica tomada del bolero “Historia de un amor,” en especial la parte que dice “Ya no estás más a mi lado corazón / en el alma solo tengo soledad”. Esta frase se ha convertido en un sello personal que a su vez permite al músico generar nuevas ideas composicionales. Dicho registro de citas en la música del cubano-americano es inconmensurable, fluido, hasta cierto punto, abrumador. El hombre es una verdadera enciclopedia, y en sus solos siempre se pueden identificar fragmentos melódicos tomados de las composiciones de Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Armando Manzanero y muchos otros.

Pero este conocimiento enciclopédico se imparte no con afán de lucir un academicismo gratuito, sino más bien como el resultado de una aproximación lujuriosa a la música. Y con lujuria aquí quiero referirme a algo más amplio que deseo carnal o goce desmedido. Esta lujuria de los solos de Paquito es más bien una actitud de vida, una algarabía de carnaval en el callejón, una fiesta de conversaciones, abrazos, insultos comedidos, bromas cariñosas y embriaguez saludable; la más cercana aproximación a otro ser humano. La lujuria en la cual todo se entremezcla y fluye, hasta hacernos escupir el agua que estamos bebiendo de no poder aguantar la risa.

Escuchar un solo de este maestro de la cultura popular, me llena siempre de energía. Me pone las pilas para salir a correr, ejercitarme, bailar conmigo mismo o simplemente aplaudir porque estamos vivos. Escucharlo es un no poder quedarse quieto y tener ganas de abrazar a la primera persona que me salude o mire a los ojos. Pero también es, para aquellos más reflexivos y quizás con un mayor interés en el folklor americano, un viaje a través del tiempo y la diversidad del nuevo mundo. Porque en la música de Paquito, además de existir una constante cascada de citas, se pueden reconocer también elementos de diverso origen que han sido moldeados e integrados grácilmente dentro de un discurso lujurioso de creatividad y celebración. Así se puede reconocer por supuesto la sensibilidad del jazz y el blues norteamericano en sus solos. También se experimenta la densidad mística de los tambores afro-caríñenos y la rumba guaguancó. Se oyen los tripletes fluidos del joropo venezolano y el traqueteo mágico de la cumbia colombiana. A su vez, casi siempre uno se puede agazapar en el lomo ligero y rápido de los ritmos de samba y choro, y en el gozo contenido del bossa nova brasilero. Además están allí el tango y la milonga, e inclusive la agresividad brillante y luminosa del flamenco.

Para qué gastar dinero comprando un pasaje de avión, si se puede poner una grabación de Paquito y empezar a volar por una vorágine de cultura y diversidad. Para qué dilapidar nuestro dinero en prozac o antidepresivos más caseros, si se puede soñar y reír a carcajadas oyendo uno de sus solos curvilíneos que nos llenan de alegría, mientras que pareciera mecernos en la cuerda floja. Para qué echarnos a la cama a dormir temprano, si podemos quedarnos despiertos toda la noche escuchando el canto matutino de este saxofón colosal.