La ceremonia que nunca premió lo mejor del cine

El mesero se acerca, deja frente mío una taza de buen café y le doy un sorbo tratando de despejar la mente. En la mesa de enfrente escucho a dos personas hablar de la ceremonia de los premios Oscar’s (la numero 89, por cierto). Noto en sus rostros la emoción al hablar de una ceremonia, que en lo particular, nunca me  entusiasma. Siempre he pensado que los Oscar’s contienen lo más “popular” del cine, pero en la mayoría de los casos, no lo mejor. Solo hay que revisar la historia para darnos cuenta de ello. Grandes directores como Andréi Tarkowsky, Stanley Kubrick, Bela Tarr, Charles Chaplin, por mencionar algunos, nunca tuvieron en sus manos un Oscar’s como directores, al igual que otros profesionales del oficio, sin mencionar las múltiples veces que la academia premia alguna película para vanagloriarse a sí misma o “compensar” lo que no hecho en entregas anteriores. Todo esto me lleva a reflexionar sobre el momento histórico que vive el cine, veo películas con muchas nominaciones, que en otro tiempo estoy seguro hubieran pasado con más pena que gloria. Me entusiasman más otros festivales a lo largo del mundo, me alegra ver cómo el llamado cine “independiente” va tomando fuerza, pues se ha demostrado que aquellas películas que no pocas veces el espectador promedio desprecia, son las que dignifican al cine. Estamos en un momento donde existe una necesitad de no ser “políticamente incorrectos”, cuando deberíamos de juzgar solo el trabajo cinematográfico de cada uno de los implicados. Así, lo que un día trató de premiar lo mejor del cine, hoy se ha vuelto un evento social, donde al espectador promedio le importa criticar lo mal o bien vestidos que van los involucrados (lo cual me parece despreciable). Creo que todo esto es derivado de la enfermedad que sufre la sociedad actual y su «inmediatez». Estamos perdiendo de vista lo verdaderamente importante para dar paso a lo obvio, a lo elemental, es por eso, y por no contar con un aparato publicitario grande, que muchísimas películas de excelente manufactura han quedado fuera de premios importantes (para mí, en muchos casos una nominación equivale a un voto de simpatía). A veces le entregan alguna estatuilla a buenos directores por la película que menos lo merecían y podría seguir con ejemplos así a lo largo de la tarde. Con el tiempo uno se da cuenta que lo más importante es entender que no siempre quien gana es el mejor. Y para nosotros, los que  hacemos cine, es más importante realmente tocar fibras en cada persona que observa nuestro trabajo, y que si un día llega algún premio, sea solo una consecuencia de la acción que hemos decidido emprender desde que empezamos este oficio.

Salgo de mis pensamientos y me doy cuenta que el café se ha enfriado. Quizá debí dedicar mis pensamientos a algo más valioso y concentrarme en ideas para mi nuevo proyecto “The spirit was gone”.