
No miento si digo que llevo años dándole vueltas a escribir una novela sobre el mayor asesino en serie de la historia criminal, salvando la de algunos líderes políticos (Hitler, Stalin, Pol Pot, Netanyahu y un larguísimo etcétera), Richard Kuklinski, que ha salido referenciado en algunas de mis novelas y ha protagonizado un relato inédito escrito muy recientemente. Me enteré de sus hazañas a finales del pasado siglo gracias a una escalofriante entrevista que le hacían en la cárcel en donde estaba condenado a cadena perpetua. Kuklinski, un tipo enorme de casi dos metros de estatura y de mirada fría y temiblemente astuto, se jactaba, además de ser sicario de la Mafia (se arrogaba el asesinato de Jimmy Hoffa contradiciendo la tesis de Martin Scorsese en El irlandés), de que mataba por puro placer hasta cuando se iba de vacaciones con su familia: era un cazador que se alimentaba de la sangre de sus víctimas. El documental hablaba de la vida tormentosa del joven Kuklinski, en el seno de una familia pobre de origen polaco en donde reinaba la violencia más extrema por parte de un padre homicida (mató a uno de sus hijos de una paliza y lo hizo pasar por accidente doméstico), una madre alcohólica que miraba hacia otro lado y un hermano violador. De ese entorno salió un joven Kuklinski que asesinó a un amigo, después de achicharrar a un gato en un horno doméstico, para demostrarse a sí mismo la capacidad de matar, un psicópata que encontraba placer en asesinar con sus propias manos y se regodeaba con su crueldad.
Richard Kuklinski, ese monstruo sin entrañas que, sin embargo, fascina a los que escribimos en negro que estamos obsesionados con el mal en nuestras novelas, murió en prisión, seguramente envenenado, pero previamente concedió un sinfín de entrevistas y hasta inspiró en el año 2012 una película titulada El hombre de hielo en la que Michael Shannon lo encarnaba, porque una de sus habilidades era congelar los cadáveres de sus víctimas para despistar a los forenses sobre las fechas de sus muertes.
Me temo que mi postergada novela sobre ese personaje siniestro a la altura de Vlad Drakul el Empalador, que no tenía ninguna empatía por el ser humano (aunque aseguró que jamás había asesinado mujeres y niños), quedará aparcada sine die porque un colega argentino llamado Ernesto Mallo sencillamente se me ha adelantado con su magnífica Kuklinski, una novela que he devorado en tres sentadas y que recomiendo a todos los amantes del género.
Richard Kuklinski fue fruto de una sociedad como la norteamericana que reivindica la violencia, que hace de ella espectáculo (la famosa sesión de artes marciales mixtas con que se obsequió el actual inquilino de la Casa Blanca en su ochenta cumpleaños) y que la esgrime frente a la diplomacia para solucionar los conflictos: ahí tenemos la telaraña de Irán en la que se ha enredado Donald Trump sin visos de llegar a ninguna parte, un estratosférico desastre político y militar que el mundo desea le pase factura en las elecciones de noviembre. No es una casualidad de que, en esa sociedad cimentada por la conquista de territorios mediante la violencia extrema, el exterminio casi total de los nativos americanos y la usurpación de territorios a su vecino del sur, se den los mayores asesinos en serie de la historia criminal. A pesar de todo Richard Kuklinski, quien dejaba de colgar las bolas del árbol de Navidad para irle a retorcer el cuello a una víctima y luego volvía como si nada con su aterrorizada familia, era un artesano del asesinato frente a los que asesinan masivamente sentados cómodamente en sus despachos apretando una tecla y no se manchan las manos de sangre.





