Jugarse la vida

El niño pasea con su madre por la orilla del mar. Últimamente van muchas veces a la playa, y a él le gusta pisar la arena mojada y recibir con sus pies descalzos las espumas blancas del agua que se deshacen entre sus dedos.

La primera vez que vio el mar sintió miedo y casi rompió a llorar, pero mamá le cogió en sus brazos y le apretó contra su pecho, y todo el mundo sabe que nada hay más seguro y más tierno, que el pecho de una madre. Por eso, cuando en esa noche tan fría y tan oscura la madre le arrancó de la cuna, él no lloró y se dejó a merced de la ternura con que ella le hablaba al tiempo que le envolvía en una manta. Todo el mundo sabe que nada hay tan dulce como la voz de una madre cuando le roza los oídos, por eso él quedó dormido en sus brazos. Pese a que los demás hablaban alto y que eran muchos a su alrededor moviéndose de un lado a otro y haciendo ruido, permanecía quieto en su sueño de niño, atrapando con sus manitas el acelerado corazón de mamá. Un corazón que le cantaba coplillas del otro lado del mar, donde reinaba la abundancia y donde no existía el dolor, donde papá iba a encontrar un buen trabajo y podría llevar a casa el pan de cada día. Sólo había que cruzar el mar, catorce kilómetros de agua salada para alcanzar un hogar feliz. No tengas miedo, mi niño…, y repetía una y otra vez el mismo estribillo, “no tengas miedo, mi niño, que las sirenas del mar en volandas te llevarán, no tengas miedo, mi niño…”.

Cuando sea mayor le diré a mi madre que no tuve miedo en esa noche oscura, que su canción me hizo feliz porque alentaba mis sueños y que todo lo que yo necesitaba, lo encontré en aquella frágil cáscara de nuez que transportaba la inmensa y fuerte esperanza de todos, que nos hacía compañía.

Fundaré una familia y cuando prosperemos, retornaremos juntos a nuestro país. Porque se sabe que nadie quiere abandonar su país. Yo me haré mayor, y volveré a cruzar este mar profundo, donde las olas se juegan nuestra vida.

El mundo se hundió en el mar.

¿Cuándo se inventará un batiscafo que lo rescate? ¿Podremos hacer del mundo un océano donde navegue el barco de la solidaridad?

Dormido sobre la arena, las olas dejaban en la otra orilla su blanca espuma, deshacerse entre los pies descalzos del niño. Mecían su pequeño cuerpo, que yacía abandonado a su sueño.

 

 

 

Mª Jesús Campos