… Sí, Marie Jane es mi nombre. No, con IE al final… Ajá, como le decía, ella me llamó para preguntarme qué hacia con el cadáver. Yo hacía la fila para comprar desayuno en una cafetería a dos cuadras de casa. Tomar café, luego existir. Una cosa va siempre ligada a la otra. Quizá por eso —aún medio dormida—, no me di cuenta de lo que estaba haciendo. Tomé una banana del cesto que tenía a un lado sin registrar a quién tenía detrás. No suelo fijarme en esos detalles. Siempre que puedo, ignoro a la gente (…) No, no me mal interprete. No estoy diciendo que odio a la sociedad, pero soy mejor persona cuando estoy sola, ¿a usted no le pasa?… En fin, no registré el rostro de todos los que me acompañaban para comprar el primer café de la mañana. Al menos no al principio (…) Usted me dijo que alertó una señora de…/ ¿cuántos años dijo que tenía la doña? Ah sí, 71… Es una pena, juro que no sabía que estaba a mis espaldas. Tal vez si hubiese hecho algún tipo de contacto visual con ella no me hubiese juzgado tan duro. Un “buenos días” tal vez me hubiese salvado de un “mal día” como este (…) Delante de mi había un joven que tenía la cabeza hundida en su móvil. Con él sí crucé una mirada soñolienta al entrar. Creo que hasta le coqueteé por un momento, pero se aisló con su pantalla y no volvió a levantar la vista hasta que el empleado lo atajó en la caja para tomar su orden. Recuerdo que pidió un café Latte con crema y canela. Pensé que era un asco tomar café con tanta leche. Y cuando el empleado le dio la espalda —como si oyera mi pensamiento de rechazo hacia su antojo—, el joven se arrepintió y lo cambió por un Macchiato (…) No me estoy desviando del tema, señor. Sólo intento explicar cómo estuvieron las cosas antes de…/ Ok, está bien, continúo. Fue justo después que el joven pagó y se hundió de nuevo como avestruz en su mundo virtual, que recibí esa llamada. Sé que atendí dando los buenos días y ella sonaba preocupada del otro lado del móvil. Me confesó que se acostó muy tarde tratando de buscar una solución que fuese razonable para todos. Lo que uno siempre busca en estos casos, simplicidad, pero sin perder el rumbo natural de las cosas. Insistió que quizá no era necesario matarle. Yo bostecé y le pedí que me diera un minuto. Pedí un café americano grande que el empleado enseguida fue a servirme. Mátalo —le dije con frialdad—, no le des tantas vueltas al asunto, en eso habíamos quedado, ¿no? El empleado me extendió el café humeante. 2.35 dólares que pagué con una tarjeta de crédito porque la quincena no alcanzó. Junto con… ¿0.79 por una banana? Qué barbaridad, pensé en ese momento. Ella seguía del otro lado de la línea exponiéndome lo que creía del asesinato y todos los cambios que eso traería en el camino. Pues ya veremos cómo lo resolvemos más adelante —le dije mientras firmaba el comprobante de la tarjeta de crédito—,  ya estaba planeado así desde el principio. Eso sí, dale una muerte dolorosa, porque un desgraciado como él no puede morir de otro modo. Sigue como lo planeamos ayer y deja los nervios. El empleado —que esperaba que le entregara el papel de regreso—, me miró de reojo con cierta inquietud. Claro, ahora entiendo el tamaño de mi imprudencia… Debí ser más cuidadosa al hablar; pero ya le dije, en ese momento no lo pensé, nomás vomité las palabras… No recuerdo que otra cosa dije. Es posible que discutiera entre si debía ser con una bomba o algo menos… complicado (…) ¿Por qué me mira así? Le estoy siendo franca. Ella me planteó algo en un puente. Me gustó… Ahora que recuerdo le pregunté: “¿Y si al principio hacemos creer que el muy cobarde se suicidó?”. Ella no quiso. Le dije que me llamara más tarde al tener más claro qué iba a hacer luego con el cadáver. Cuando colgué, iba a reprocharle al empleado que estaba dándose mucho postín con el café (risas) Ahí fue cuando caí en cuenta de todo y de golpe, no me hizo falta la cafeína para existir. Caí de bruces a la realidad. Todo mundo tenía su vista sobre mí. Eran rostros anonadados. Boquiabiertos. Mucho estupor silencioso, denso y frío. El empleado seguía en la misma posición como estatua de sal, pálido. El comprobante de la tarjeta de crédito seguía sobre el mostrador, donde lo había dejado (…) ¿Qué si me dijo algo? No, qué va. Estaba muy cagado el pobre. Yo sí balbuceé algunas palabras. Todas sin sentido, ya sabe, tratando de justificarme. Pero como ahora, todo cuanto diga sólo contribuirá a hundirme más… En fin, hay cosas que por más que uno quiera arreglar, es inútil, ya no tienen arreglo. Nadie se movió un ápice (risas) ¿Qué estaría pensando la gente? ¿Creerían que de pronto abriría mi chaqueta y mostraría kilos de C4 colgando de mi cintura? Ese escenario me gusta… es decir, para hacer algo con ello en mi imaginación. El único que reaccionó fue un señor que estaba de pie junto a la puerta y en un descuido, huyó despavorido. Lo vi cruzar la calle apurado con su traje de corbata, y mirando de vez en cuando hacia atrás (…) No, ni idea de cuánto tiempo pasaría. Creo que el tiempo fue distinto para cada uno de los que estábamos allí. Instantes individuales, los llamo yo. El resto de la historia, ya la conoce usted. Fue suficiente para que seis patrullas se estacionaran frente al local en un estruendo alarmante y frenético, como si yo fuese la mismísima líder de la ETA. Todos estaban aterrados y yo “sólo los apuntaba con una banana” (…) Sí, eso fue todo. Ahora heme aquí, en la sala de interrogatorios de la policía frente a usted (…) ¿Cree que si hubiese tenido la intención de matar a alguien lo hablo a vox pópuli en una cafetería a hora pico? No soy gilipollas (…) Gilipollas significa…/ Ash, olvídelo.  Escuche, sólo soy escritora. Todavía no me invento a un asesino que se exponga de este modo. Al menos que eso sea justo lo que se busca: ser atrapado. Después de esta experiencia quizá se lo plantee a mi dialoguista cuando me vuelva a llamar (…) ¿No escuchó nada de lo que dije? Juro que es la verdad. Nosotras no planeamos matar a nadie. Sólo llamó a preguntarme cómo resolver una escena de la telenovela. Yo sólo le dije lo que creía conveniente hacer y en este caso, era matar al villano de la historia. Qué más quiere que le diga, si escribir es como jugar a ser Dios (…) Entiendo… Oiga, ¿tengo derecho a una llamada, verdad?

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