José Óscar López: no hay gran literatura sin humor, al menos desde Cervantes. Solo el humor puede salvarnos.

jose oscar lopezJosé Óscar López (España, 1973) nació en Murcia. Es licenciado en filología hispánica con estudios de posgrado en escritura para cine y televisión y en literatura comparada europea. Ha publicado los poemarios Los nuevos dioses (2001) y Agujeros (2002). Colabora como crítico y ensayista en revistas como El coloquio de los perros y Deriva. También es autor del libro de cuentos Fábulas febriles.

 Cuéntanos acerca de tu trayectoria literaria, de tus publicaciones. Danos más detalles, por favor (acá aprovecha para hablar de tu libro de cuentos y tu nuevo poemario, sácale el jugo a esta pregunta).

Llevo algunos años de trabajo en la sombra, y ahora vengo con mi carromato al mercado para vocear mi mercancía, que consiste en dos libros publicados en los últimos tres meses. El primero, Los monos insomnes, es un libro integrado por relatos en los que he estado trabajando los últimos tres o cuatro años, en su mayor parte, y está teniendo una recepción muy cálida por parte de lectores y críticos: no hay semana que no me dé alegrías. El segundo, Vigilia del asesino, es una suerte de largo poema épico, o road movie en verso; lo di por terminado más o menos hace seis años y esta misma semana lo he presentado al público.

En no demasiado tiempo, saldrá otro poemario, Llegada a las islas, cuyo núcleo central escribí hace ya diez u once años. Es un libro muy especial para mí, porque fue una suerte de diario imaginario en un momento muy particular de mi vida. A partir de ahora, espero tardar un poco menos en poder publicar aquello en lo que vaya trabajando, a ver si estos tres libros gustan ahí fuera lo suficiente como para conseguir tal cosa.

 El tema de los eBooks es muy polémico en España, hay una fuerte cultura ANTI EBOOK, mientras que acá, en EE.UU., todo lo contrario. ¿Qué te animó a participar de ABSURDIA & SUBURBIA? 

El entusiasmo de Salvador Luis Raggio, director de la colección, que creyó en mi trabajo desde el principio. Y la apuesta panhispánica y panamericana de Sub-urbano, que me sedujo en cuanto la conocí y comprobé la pluralidad y la calidad de su línea editorial. Es cierto que en España no parece despegar el libro electrónico, ni parece apreciarlo mucho buena parte de la tribu literaria. Desde luego, nada suple la edición en papel, pero creo que la electrónica es un complemento ideal para los devoradores de libros. Mi cacharrito electrónico me da alegrías todas las semanas y me permite descubrir obras y autores a un precio ventajoso.

¿Además de narrador eres poeta, cómo concilias ambos géneros en tu obra? Es muy difícil encontrar un equilibrio entre la poesía y la prosa?

Creo que resulta más problemático en el caso de la poesía: cualquier contagio con la prosa puede arruinar esa empresa tan difícil que supone la caza del poema. En el caso de los dos poemarios que te he citado, prevalece en ellos el poema narrativo, sobre todo en Vigilia del asesino, que es casi una novela, solo que en vez de sostenerse en un argumento se sostiene en un cúmulo de imágenes y metáforas. Tuve muy claro desde el principio el ritmo, algo muy importante si quieres desarrollar largos poemas épicos, y a partir de ahí dejé que mis sensaciones se sumergiesen en una borrachera constante, un delirio oscuro y febril expresado en un fraseo en el que creo que me ha influido, por ejemplo, el ritmo de los versículos bíblicos. Por terminar con la confusión genérica, veo este largo poema como una road movie abstracta y opresiva.

Para la prosa no veo el problema. La narrativa admite desde Cervantes o Rabelais el cajón de sastre, la variedad, esa multirreferencialidad que está inventada desde hace muchos siglos, lo carnovelesco tal y como dice Julián Ríos. La poesía puede ser uno de esos elementos si se hace bien. Bueno, yo tan solo espero hacerlo bien. Trato, además, de cuidar la prosa, quiero decir que me he acostumbrado a hacer que el estilo vaya primero, no puedo divertirme urdiendo argumentos si no me divierto, al mismo tiempo, urdiendo las frases con que lo expreso. Ese cuidado con el lenguaje solo te lo enseña el trato continuado con la poesía, y si algo bueno he sacado de mi empeño con la poesía ha sido, por lo menos, la lectura de los grandes poetas. Hay un placer esencial en la poesía, que es el lenguaje. Muy pocos narradores consiguen esa quintaesencia, ese placer demorado, que hace que las chispas salten simplemente con pasar de una palabra a otra, y que todo el lenguaje intervenga en ese paso. Pienso en Miguel Espinosa, un autor que ha sido decisivo para mí en su empeño por conseguir que cada frase de sus novelas sea casi autosuficiente, una característica propia del buen verso. Y pienso ahora mismo en Manuel Vilas, un ejemplo más reciente: me hace explotar la cabeza, que decís en Estados Unidos, tanto como poeta como narrador.

 Los cuentos de tu ebook “Nosotros, los telépatas”, tienen a una atmósfera bastante cotidiana, pero a la vez tienen detrás un giro que los saca de lo convencional, lo que hace que las historias caigan en lo bizarro y extravagante. ¿Qué opinas de esto? ¿Estás de acuerdo o crees que es una percepción equivocada?

Es una percepción exacta, mis gustos no solo como lector, sino como consumidor de productos culturales, en general, me condenan a lo extravagante. Es una categoría que me divierte y da, quizás, la medida exacta de lo que es el mundo, un lugar me temo muy extravagante; digo “me temo”  porque también lo es en su sentido menos divertido.

Casi todos los críticos que han abordado mis cuentos destacan de forma elogiosa la imaginación desmesurada que demuestro en ellos, y yo creo que esto me viene, en buena parte, por mi afición a los cómics. Aunque me resultaría difícil explicar la forma exacta en la que estos influyen en mi escritura. Me encantan los caminos poco transitados, para la ficción, y mezclar influencias y referencias de lo más dispares es para mí un estímulo. Me es muy difícil, por ejemplo, explicarles a los amigos que consideran infantiles los comics de superhéroes el placer que me producen los dibujos de Jack Kirby, creo que es el William Blake de la era atómica y que con esas mezcla de tipos en pijama que vuelan y de ciencia-ficción, terror, género negro, psicodelia, mitología, parapsicología, Lovecraft y cualquier otra disciplina susceptible de ser absorbida por la cultura popular, logra un precipitado que se sostiene, ante todo, porque el placer de su lectura se basa en la especificad del medio en que trabaja: el del dibujo. Que tiene, inevitablemente, mucho de bizarro, de aventurero y extravagante, dada la mezcla atada y servida con los poderosísimos trazos de Jack Kirby. Supongo que se trata, al final, de explotar la especificidad del medio o del género que decidas abordar, aquellos recursos que solo ese medio, y no el resto, puede darte. Y divertirte en el proceso. No puedo imaginarme a Kirby más que divirtiéndose sin parar, imaginando y dibujando todo eso.

Siempre recuerdo algo que decía otro Jack, Jack Kerouac, aludiendo precisamente a la telepatía: diviértete escribiendo, decía, porque en la escritura opera una suerte de telepatía que hace que si tú te diviertas lo hará también el lector. Si no fuese yo mismo el primer sorprendido con los argumentos y personajes que se me ocurren, quizás no pasaría todas esas horas de soledad que exige construir historias de ficción

¿Cuál de los dos cuentos que conforman  “Nosotros, los telépatas” fue el que más te costó sacar adelante y por qué? Cuéntanos brevemente de qué va la historia, por favor.

Sin duda, el relato que da título al e-book. Suelo escribir por fragmentos, por frases, incluso, que se me ocurren en cualquier parte y voy anotando en mi cuaderno. Después viene la labor de montar el puzle. Hay puzles cuyas piezas encajan solas, y hay otros cuyo montaje me resulta más problemático. “Holmes y el nuevo mundo” fue el primer caso, y me resultó muy divertido escribirlo: lo hice en la playa, dos amigas solteras nos contaban a mi mujer y a mí sus estrambóticas aventuras veraniegas de solteras y a mí me empezaron a venir a la cabeza todas aquellas frases disparatadas: “El follador tranquilo, el buda de los folladores”, “Entonces, ahora y siempre, follando por nosotros”; mezclar todo eso con la teología de Dante y citar la serie Autopista hacia el cielo, de un actor que encarna valores tan tradicionales como Michael Landon, fue una diversión muy salvaje para mí, y montar y terminar el relato un paseo tan fácil y triunfal como el que hace el actor porno John Holmes en su coche camino del cielo.

La idea de “Nosotros, los telépatas” me vino exactamente en forma de una frase, la primera, y del párrafo que escribí a continuación. Sabía tanto como pueda saber el lector, al acabar tal frase y párrafo. Solo después de acumular fragmentos, fabulando sobre esa extraña sociedad secreta de telépatas, se me ocurrió el final. Me es muy importante tener el principio y el final, a la hora de trabajar en mis puzles: es lo primero que busco. Uno me da el tono y el otro la dirección hacia la que disparar. En este caso, como te digo, tuve que devanarme más los sesos para montar, dentro del esquema que me daban el inicio y el final, el resto de piezas. Me vas a permitir que no cuente más sobre este relato: que quede el resto en sombra, para sorpresa del lector -y espero que también para su disfrute.

Para ir terminando, por favor, háblanos de tres personajes de ficción que te hayan impresionado, que nunca se hayan ido de tu memoria. 

Supe que quería pasar el resto de mi vida devorando libros cuando cayeron en mis manos El extranjero de Albert Camus y Crimen y castigo de Dostoievski, y creo que ambos protagonistas, Mersault y Raskolnikov, me acompañan desde entonces. Aunque ahora que caigo, ambos acabaron muy mal. Quizás sirvieron para encauzar hacia el bien y el orden a ese adolescente que yo era, ¡había que andarse con cuidado, ahí afuera en el mundo!  Quizás los personajes de Franz Kafka o de Thomas Pynchon –digamos el arquetipo de personaje K., digamos el arquetipo de personaje Zoyd Wheeler- me sirvieron, más tarde, para hacer volver a ese adolescente y hacerlo disfrutar al fin, lejos de la influencia de aquellos terribles escritores tan moralistas y nitzscheanos. A Kafka también lo leí en mi adolescencia, pero solo tras los treinta descubrí lo errónea que resulta esa atormentada lectura que se suele hacer de su obra. Me pasa como con Samuel Beckett, e incluso con Nietzsche si uno lo lee ya mitigado el furor de la juventud: creo que son los humoristas más radicales, por eso son tan gigantescos. No hay gran literatura sin humor, al menos desde Cervantes. Solo el humor puede salvarnos.

NOSOTROS LOS TELEPATAS