Jaime Guardia, un maestro del charango peruano

Jaime-Guardia-01Don Jaime Guardia Neyra es, sin duda alguna, el icono más alto de la cultura charanguística peruana. Hay quienes consideran que no posee la destreza de algunos jóvenes virtuosos o la vertiginosa digitación de los solistas bolivianos. Pero es que el valor de Jaime Guardia va mucho más allá de sus dotes como instrumentista. Su aporte a la cultura musical peruana es inconmensurable. Hacia la segunda mitad el siglo XX, él refundó la tradición de charango solista al desarrollar un estilo de punteado a doble cuerda que pronto se volvió referente para muchos artistas tanto en Ayacucho como en otras regiones del Perú.

La riqueza del charango de Jaime Guardia no se expresa a través de ningún tipo de tremendismo artificioso, sino a través de la dulzura de la tradición sureña ayacuchana que él representa tan fidedignamente. Pero ello no quiere decir que Guardia no ejecute su instrumento con maestría. Sus dedos gruesos y toscos discurren por las delgadas cuerdas del charango con suma delicadeza, produciendo filigranas melódicas, hermosos huaynos y yaravíes de corte mestizo. Y es que, en más de 45 años de actividad artística, él ha sabido desarrollar un sonido claro y cristalino, potenciando al máximo la calidad expresiva que permiten las apoyaturas y los trémolos típicos del charango ayacuchano. A ello, don Jaime ha unido, en óptima simbiosis, su voz grave, mas poseedora de un profundo sabor andino. Además de intérprete, don Jaime es también un compositor de estirpe y un apasionado estudioso de las tradiciones musicales de su tierra. Canciones de su pluma como “Madrecita linda” o “Engaños del mundo” son clásicos de la música ayacuchana del siglo XX y han alcanzando tanta popularidad como algunas de las exquisitas recopilaciones de cantos tradicionales que le debemos. Su ingente personalidad, su imponente presencia, han inspirado a escritores y artistas plásticos peruanos, quienes le han rendido homenaje repetidas veces, retratándolo en sus obras.

Don Jaime Guardia nació en la Villa de Pausa —entonces Parinacochas y hoy Páucar del Sarasara— el año 1933. Aún siendo niño emigró a Lima con su madre y sus hermanos pues en la capital, a diferencia de en su pueblo natal, podía asistir a la escuela y forjarse un futuro mejor. Pero la suerte le fue esquiva. Un defecto en la vista le impidió estudiar y tuvo que regresar a Pausa, donde quedó al cuidado de la abuela. Allí creció escuchando arpas, quenas, guitarras y charangos. Aprendió los tres últimos instrumentos, pero fue, sobretodo, el pequeña cordófono andino el que lo cautivó, convirtiéndose desde entonces en su más fiel compañero. Al principio tocaba a escondidas, pues la abuela temía que la música lo perdiera. Pero poco a poco se fue haciendo un charanguista de renombre en su tierra y la familia terminó por apoyarlo. Cierta vez, en una feria en Pausa, un músico foráneo advirtió cómo se le iban los ojos tras los charangos que ofrecían en el mercado y le preguntó si sabía tocar. Ante la afirmativa, el forastero compró dos charangos para que el aprendiz lo acompañara durante los días de jarana. Grande fue la sorpresa del joven Guardia cuando el músico partió, dejándole uno de los charangos como presente. Con ello, aquel músico anónimo, le hizo un favor inmenso a la música de los Andes: Don Jaime se hizo profesional y cuando, ya adulto, partió nuevamente a Lima a principio de los 50, pronto encontró un puesto como solista en los coliseos, esas carpas de espectáculos donde los migrantes andinos tocaban su música.

Años después, con sus paisanos Jacinto Pebe y Luis Nakayama, fundó la agrupación La Lira Pausina, que se consagraría con algunas de las composiciones más populares de Guardia y otros cantos tradicionales. En La Lira Pausina, don Jaime punteaba la primera en el charango acompañando al unísono la voz de Pebe, mientras le hacía la segunda a Nakayama. Su actividad con la Lira Pausina no medró en nada su labor solista. A mediados de los cincuenta el LP Jaime Guardia, el charango del Perú lo consagró como el mejor solista de charango peruano. El resto de su carrera ya es leyenda.

Hacia finales de los años sesenta, junto al eximio guitarrista ayacuchano Raúl García Zárate, don Jaime pasó a formar parte del cuerpo docente de la Escuela Nacional de Folklore José María Arguedas. Allí formó a algunos jóvenes intérpretes en el charango. Tengo la suerte de contarme entre sus discípulos. En 1981 llegué a sus clases a aprender lo elemental del charango y adaptarlo al rock de fusión que hacía el grupo Madrigal que dirigía el quenista Emilio Flórez. “Se aprende oyendo y mirando”, solía decir, mientras ejecutaba huaynos parinacochanos frente a nosotros, sus alumnos. Me pareció entonces un docente sumamente exigente y hasta parco. Y sin embargo, sus clases cambiaron mi vida: de pronto me convertí en intérprete de charango y, posteriormente, en etnomusicólogo, especializado en la música de los Andes. Mi deuda con Jaime Guardia es por tanto descomunal tanto en lo musical como en lo personal.

Como muchos intérpretes de su generación, Guardia es además un gran bohemio. Su afición por las jaranas es legendaria. Lo he oído tocar durante horas, como si fuese un archivo viviente, huaynos y yaravíes ayacuchanos. No se crea, empero, que se trata de un músico capaz de cautivar tan sólo a los amigos del terruño. Jaime Guardia ha paseado la música andina por el mundo, dejándola siempre en alto. Como en una novela de Macedonio Fernández, sus giras están repletas de situaciones jocosas e inverosímiles: aquella vez que decidió ir temprano a la presentación en un estadio bogotano y que tuvo que entretener al público por más de una hora y apenas con su charango pues el bus con la delegación que lo acompañaba se había quedado varada a medio camino; aquella otra vez, en Santiago de Chile, que gastó toda su paga y no hubiera podido volver al Perú a no ser por la joven —nada menos que Sybila Arredondo— que canceló su impuesto de salida, o aquel legendario concierto en Tokio tras el cual tuvo que volver tantas veces al escenario que casi terminó dando dos conciertos consecutivos. Y es que hasta en las anécdotas, Jaime Guardia es un ser superlativo.

Decía Manuel González Prada hacia finales del siglo XIX que somos un país de figurines y figurones, donde se alaba al mediocre si es poderoso. Doscientos años más tarde, seguimos siendo como nos viera el poeta anarquista. Por eso hemos aceptado que el uso inflacionario del término “maestro” le haga perder su significado primario, pasando en la actualidad a denotar a cualquier persona de virtudes promedias e incluso a cualquier hijo de vecino. Pienso que es urgente rescatar el término en su acepción antigua —persona de mérito relevante entre las de su clase, según el diccionario—. Por eso quiero terminar estas líneas reclamando para don Jaime el título de maestro del charango peruano. Nadie mejor que él personifica el derrotero seguido por el charango para, de guitarrilla rústica de indios, convertirse en un símbolo cultural de magnas dimensiones. Nadie como él ha sabido crear un estilo de charango peruano que hoy tiene personalidad propia y brilla por diversas latitudes en las manos de excelentes intérpretes.

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