Hotel Nixon

A Nöelle Supervielle, in memoriam

 

No era un diplomático ni un funcionario del gobierno pero vivía como si lo fuera. Atendía a los pacientes en una oficina del hotel que le habían prestado para usos alternativos. Su esposa, astuta y remilgada, había solicitado la salita para fines múltiples.

Alberto Sánchez Alonso tenía cincuenta y cuatro años. Usaba traje y una corbata gris que le había regalado su hermano, ese que pagaba la habitación del Nixon. Alberto era tímido y formal, nunca salía a la vereda sin el sombrero de copa ni el bastón de hombre remilgado. Clarita era flaca y petisa, aunque llevaba unos zapatos finos y altos para mejorar su performance.

Una chica de unos quince años le pidió, a través del timbre interno, una consulta. Alberto la recibió tranquilo y le dio una receta sin cobrar.

A la tarde, apareció un jubilado y le habló por el teléfono. Alberto no se hizo de rogar. Salió de la habitación estrecha, bajó las escaleras y se presentó en el hall de entrada. Lo llevó hasta el improvisado consultorio y le recetó la medicación. Lo despidió en la puerta de entrada, pasando el hall, y volvió sobre sus pasos. Clarita estaba calentando un bife a la plancha. Alberto comió rápido, se paró fijo unos minutos frente al televisor y se acostó a dormir. Esa noche soñó con elefantes y con un universo que tenía el epicentro en el África.

Los olores y las intensidades se reparten de manera diferente en los hoteles. Clarita se levantó temprano, corrió las cortinas y dejó que la luz seca y tubular entrara en la habitación caldeada. Puso la pava. Tenían una cocinita roja y una estufa elemental para el invierno. No era un hotel grande y cómodo sino más bien una posada, con piezas estrechas y húmedas. El papel que cubría las paredes tenía unos rombos de colores superpuestos, un estampado accidentalmente abstracto.

Alberto se despertó más tarde y se paró al lado de la ventana. Divisó el paisaje de siempre, los arboles gráciles y esbeltos de la plaza y la mínima porción de tierra que rodea a los árboles. Vio cómo una pareja se sentaba en uno de los bancos solitarios. Cerró la cortina y volvió a la cama. Le pidió a la esposa que le controle la fiebre. Clarita le dijo que no tenía nada. Se acomodó con la almohada y durmió un poquito más. Al rato sonó el timbre. Atendió Clarita. Le tocó la cabeza para despertarlo y le avisó que tenía un nuevo paciente.

Alberto se levantó despacio, tomó un mate y salió del cuarto. Bajó, cruzó despacio el hall, saludó a los empleados y se metió en la salita de usos múltiples. La chica estaba parada al lado de la puerta.

Buenas tardes, dijo ella, como si nada.

Alberto se quitó el sombrero de copa. La hizo pasar.

La chica estaba bien. Solo había tenido una recaída leve por un desengaño amoroso. La despidió con un beso en la mejilla. Él se sentó en la silla enclenque del consultorio y se puso a revisar unos papeles.

Clarita salió por la escalera de atrás y caminó por la vereda del fondo. Nadie la había visto salir. Atravesó la calle populosa y se metió en un taxi. El auto se estacionó en una calle del centro y ella descendió decidida y enérgica.

Alberto salió de la salita de usos múltiples, saludó a los empleados, subió la escalera y se metió en la habitación. No le llamó la atención que Clarita no estuviera. Al contrario, su ausencia repentina era un alivio. Apretó el botón del control remoto y el televisor se encendió.

Clarita se metió en un bar esquinado. Dentro la esperaba un hombre joven, vestido con una bermuda, medias blancas, una raqueta de tenis y una remera lisa, larga. El pelo lo llevaba cortado al rapé y usaba un bigote corto. Clarita, muda, como si siguiera un protocolo prefijado, acercó la boca para que el muchacho le diera un beso. Él apenas asentó sus labios y lo hizo con una suavidad estudiada. Clarita sacó un cigarrillo y lo encendió tranquila. El muchacho le habló de la rutina deportiva y de las ganas con las que había bebido su te matinal.

Se hizo de noche. Las luces de la plaza desplegaban una nota de miel turbia a través del ángulo de la ventana. Alberto se levantó del sillón y miró hacia el profuso exterior. Encontró una chica joven con un helado blanco o al menos eso parecía desde la abertura estrecha. No quiso llamar a Clarita. Ella salía sin avisar.

Alberto se metió en la cama y tomó el libro que había dejado la noche anterior.

Clarita y el deportista salieron del bar y subieron a un taxi. Se bajaron en la vereda del cine Stevenson. La boletera no los reconoció. Aunque la película no importaba, Clarita revisó el nombre en el cartel de afuera. Era una de Brad Pitt. Se besaron copiosamente durante el tiempo que duró la película. Salieron por pasillos separados y no se saludaron en la vereda. Ella llamó a un taxi.

Cuando entró al cuarto, Alberto sólo le preguntó cómo estaba. Ella manifestó que la vida tenía rutinas que salvaban la abulia interior. Alberto se rio y recostó su cabeza esperando que el sueño lo venciera. Él no esperaba otra cosa que el sonido nuevo del timbre le indicara que era el turno de un paciente.

Nunca quiso abandonar el hotel. Ni siquiera se lo había planteado.

Clarita siguió con las salidas que le mejoraban la vida.

El hermano de Alberto depositaba el dinero –hacía años que no se hablaban– y no lo volvió a ver. Los pacientes entraban a deshora y sin turnos previos. El consultorio excepcional de Alberto era un murmullo en la ciudad, una contraseña, una forma de encontrar el sentido a ciertas cosas. Nadie sabe cuándo murió.

 

 

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