Llora, llora corazón,

llora si tienes por qué…

 

Increíble verlo así, plumoso y derrotado, sin ganas de insistir en su inocencia. Después de haber negado dos matanzas, el secuestro de altos funcionarios y la tortura de jóvenes y niños de ocho y nueve años, el viejo dictador escuchaba en silencio sus crímenes como si estuviera más allá del tiempo. Casi sonriente, con un leve gesto despectivo, dejaba que las acusaciones se deslizaran por su nariz diminuta como los anteojos de metal que siempre le habían quedado inmensos.

La sentencia de cadena perpetua lo traspasó en su mecedora como si fuera él quien tuviera que cumplir esa condena. Y más al contemplarlo con los pelos alborotados y el aspecto confuso de un paciente recién ingresado a un centro psiquiátrico. Ya no le importaba quedar bien con los que habían salido a las calles a protestar por él. Cuando por fin pudo levantarse, comprendió que estaba viviendo de más. Se afeitó de memoria y se puso sin ganas la ropa del día anterior.

Al ir por el pan, corroboró con los vecinos el espectáculo que había visto por la televisión.

—¿Cómo es posible que lo condenen después que nos devolvió la paz? Si no fuera por él viviríamos a salto de mata, pensando que en cualquier momento explota aquí mismo una bomba.

 Reunidos frente a una tienda de abarrotes, los habitantes de la tercera edad lamentaban lo ocurrido.

—La gente es muy ingrata, vecina. Ya no se acuerdan cómo era antes.

Con sus bolsas y monederos en la mano o con los periódicos y su tercio de alfalfa debajo del brazo, discutían acalorados.

—Yo les garantizo que ahora los terroristas están celebrando todo esto.

—¿Los terroristas? Serán los del gobierno. Los jueces, los fiscales. Todos están comprados.

—¿Y los derechos humanos?

—¿Acaso los otros no mataron?

—Qué derechos ni que ocho cuartos. ¿Sí o no don Casimiro?

Apoyado en su bastón, el viejo no podía esconder su incomodidad. Tenía el rostro desencajado como si el dictador al que acababan de sentenciar fuera un pariente cercano. Pobre hombre, decía, pensando qué sería de su propia vida si a esas alturas del partido lo condenaran a pasar sus últimos días en una celda. No era su hijo ni su nieto. Ni siquiera lo había visto de lejos. Pero a sus setenta y tantos años, cuando todavía caminaba derecho y sin ninguna ayuda, lo había emocionado ver a un candidato tan legal, sin la malicia de otros políticos corrompidos.

A diferencia de su contrincante presidencial que hacía footing en el malecón de Barranco, El Chino se paseaba en tractores vistiendo ponchos y chullos andinos, hablaba de reformar al país entero, construir escuelas y caminos, acabar con la violencia, crear más trabajos. Prometía lo que prometen todos. Sólo que su aura de recién llegado y esa lengua de cadencias foráneas cautivaba a las masas con efectividad. Viajaba a las partes más inhóspitas del país, se metía a las barriadas y jugaba pelota con los niños. Cuando los periodistas le pedían que mostrara sus músculos para ver si eran tan definidos como los del contrincante, en vez de achicarse El Chino mostraba su pancita cincuentona sin ningún pudor, se hacía el fuerte y levantaba los brazos como Tarzán.

Por esas criolladas don Casimiro lo quería como si hubieran sido amigos de toda la vida. Se imaginaba que alguna vez pasaría por el barrio y lo condecoraría por haberlo apoyado a voz en cuello para que llegara a la presidencia. Cuando decían en los periódicos que El Chino había nacido en el extranjero, don Casimiro lo negaba rotundamente. A mí toda la vida me han preguntado si soy de la China o de la Calle Capón y soy más norteño que la chicha de jora. Mi madre era de Monsefú y allá todos los paisanes, se reía divertido, somos medio chinos y medio cholos. Nos llamamos Huamanchumo y Chamochumbi. Y bailamos sin zapatos Chiclayanita, dame tu amor. Te aseguro que no le harían tantos quecos al pobre si por sus venas corriera sangre azul.

El día de las elecciones, levantó a su mujer antes de los primeros gallos. Apúrate, Paula, que en cualquier momento abren las urnas. Apúrate, le decía, mientras ella se ponía la muda de siempre. Nunca le había gustado que la apuraran, pero esta vez el viejo tenía razón. Se tomaron a soplos el café con leche y juntos caminaron al colegio fiscal donde habían sido asignados. Como si les hubieran pagado una comisión por hacerle propaganda al partido, don Casimiro y su mujer le pedían a todos los que se cruzaban con ellos que votaran por El Chino.

Con el mismo júbilo celebraron el día que el Presidente cerró el Congreso de la República. Bien hecho, señalaba ella. Es lo que hacía falta,  aplaudía él frente a la tele. Que alguien tuviera los pantalones de mandar a su casa a una serie de inútiles, a todos los congresistas que se alimentan del pueblo y viven como reyes. Les importaba un comino que sus acciones fueran anticonstitucionales. Como muchos provincianos, se alegraban de que fuera él, ese hombrecito sin voz de mando ni más credenciales que sus estudios universitarios, quien prometiera frente a las cámaras la reconstrucción del gobierno. Ahora que se jodan, mamá, celebraba alegre, dando golpecitos en el paladar, entonando una marinera. Que se jodan, respondía ella, muerta de risa. Marchitos por fuera pero aferrados con uñas y dientes al recuerdo de sus mejores años, se sentían felices de ser parte de un cambio, aunque les llegara en el último tercio de sus vidas.

Le hubiera encantado ser como él. A los diecisiete años, quiso irse a la guerra con Colombia. Pero lo despacharon en dos segundos al verlo esquelético y detectar en sus pupilas los arañazos de la orfandad. Vete a tu casa y come, muchacho, lo despidió asustado el oficial de reclutamiento. Así como estás, te mueres a la primera. Él lo sabía, pero lo ilusionaba morir como un héroe. Que pusieran una placa con su nombre en la Plaza de Armas por haber defendido el territorio patrio y no por morir como su madre y sus hermanos. De tuberculosis.

Tuvo la suerte de entrar a la Agencia de Vapores de Lambeyeque, donde le dieron el trabajo de “pinchasapos,” con lo cual servía para hacer mandados, pasar la escoba o el trapeador, cargar paquetes al muelle, llevar mensajes en sobres sellados al capitán de algún barco. De Japón, de Chile, de los Estados Unidos.

 —¿Sí o no don Casimiro?

Lo fácil era darle la razón a los vecinos. El Chino había hecho mucho por ellos y ahora todos le hacían cargamontón. Quién sabe de qué se valió para capturar al líder de la oposición y a todos los cabecillas de un movimiento que intentaba limpiar con sangre la corrupción. Cuántos, como él, no aplaudieron que mostrara al caudillo de los rebeldes entre rejas, vistiendo un traje de rayas para alimentar el morbo del pueblo. Pero las muertes no mentían.

Fue simpatizante del Partido Aprista hasta cuando ya no pudo serlo, cuando el país se fue al carajo con la devaluación de la moneda y se vio haciendo colas interminables para conseguir diez bolsas de leche en polvo. Increíble que ese fuera el mismo país que hacía sólo unas décadas exportaba materias primas a Europa. Café, cacao, melaza, arroz de la mejor calidad, azúcar y el preciado ron Pomalca, cuando las haciendas del norte vivían su mejor época, y él de ser “pinchasapos” llegó a ser gerente apoderado de la misma agencia de vapores en el puerto de Pimentel.

A sus noventa y cuatro años se sintió inútil ante el interrogatorio de los viejos que habían sido sus compañeros de verada desde que tuvo que abandonar su patria chica para instalarse en la capital, cuando la reforma agraria distribuyó las tierras de las antiguas haciendas en cooperativas y sociedades agrícolas. Estaba cansado de vivir, de pasar de un gobierno a otro y comprobar que la política es una mierda. Según sus cálculos, había vivido entre cuatro y seis golpes militares, y entre una sarta de gobiernos seudodemocráticos había presenciado al menos tres relevos institucionales, un autogolpe e innumerables fraudes electorales.

Ya no tenía las mismas ganas de empezar otra vez, como lo hizo en una de las últimas crisis, cuando agarró su volkswagen amarillo y salió a hacer taxi. No salgas, papá, le decía su hija. Ya te han robado el carro dos veces y tú insistes en salir a las calles. Con lo que yo gano en el colegio podemos cubrir los gastos de la casa. No te expongas a que un día de estos te maten. Pero el viejo no podía dejar de trabajar. Me da vergüenza, hija. No le importaba cobrar una miseria por hacer carreras de un extremo de la ciudad a otro. O que le robaran los lentes en un semáforo. Lo hacía con el mismo orgullo con que alguna vez barrió las bodegas de la agencia, donde después de años de pagarse clases de algebra y trigonometría y de estudiar por correspondencia, obtuvo el título de Contador Mercantil.

¿Qué diría su Paula si estuviera con ellos, si supiera lo que habían descubierto? ¿Y si uno de esos desaparecidos fuera mi hijo? Claro que había que ponerle un alto a una crisis mayúscula. ¿Pero así? ¿Matando con alevosía porque los otros también lo habían hecho? ¿Y no habría seguido a los disidentes si me hubieran tocado la puerta cuando no tenía un real en el bolsillo? Estaba harto de vivir y más de pensar que se había equivocado. Que mientras celebraba los logros del Chino, se realizaban a puertas cerradas ejecuciones sumarias, delitos de corrupción y espionaje a periodistas y políticos, desvío de fondos, esterilizaciones forzadas a miles de mujeres que se sometieron al bisturí sin anestesia por un poco de alimentos.

Se despidió con un gesto lejano, blandiendo la bolsa del pan. Se internó en el pasaje de siempre y volteó a la derecha por la calle de Las Perdices hasta llegar al número 427. Tuvo ganas de llorar, pero también eso le pareció inútil.

Le hubiera encantado ver el mar otra vez. Correr por la playa de Pimentel y sentir la sal en sus pies desechos de tanto vagar. O subirse al árbol de mangos con su hermano Miguel. Pero ya no le dio tiempo. Los panes rodaron por el suelo. Abrazado a la tumba de su madre en el antiguo cementerio de Tumán, volvió a tener diez años y sintió una leve caricia en la frente. El olor del alfeñique. El champús endulzado con melao de caña y las marraquetas recién salidas del horno.

Como no hablaba desde el último derrame, a nadie le sorprendió que no contestara. Ni que insistiera en su inocencia el día del juicio final.

 

 

 

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Oswaldo Estrada es profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Carolina del Norte, en Chapel Hill, y editor de la revista Romance Notes. Es autor de La imaginación novelesca. Bernal Díaz entre géneros y épocas (Iberoamericana / Vervuert, 2009) y de Ser mujer y estar presente. Disidencias de género en la literatura mexicana contemporánea (Universidad Nacional Autónoma de México, 2014). Es co-autor y editor de los libros Cristina Rivera Garza. Ningún crítico cuenta esto… (Eón, U of North Carolina y UC-Mexicanistas, 2010), Colonial Itineraries of Contemporary Mexico. Literary and Cultural Inquiries (con Anna M. Nogar, U of Arizona P, 2014) y Senderos de violencia. Latinoamérica y sus narrativas armadas (Albatros, 2015). Este otoño aparecerá su libro Troubled Memories: Iconic Mexican Women and the Traps of Representation (SUNY P, 2018). Además de su trabajo como investigador, Oswaldo Estrada ha publicado diversos relatos de creación en revistas como Rio Grande Review, Pembroke Magazine, Literal: Latin American Voices, Chiricú: Latina/o Literatures, Arts, and Cultures, entre otras.
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