En 1975, el film Jeanne Dielman, 23, Quai du Commerce, 1080 Bruxelles, de Chantal Akerman, cambió la estética del cine. 

 


Al ver el filme Jeanne Dielman, 23, Quai du Commerce, 1080 Bruxelles (1975) de Chantal Akerman, me interesó cómo la directora se las ingenió para crear una obra que potencialmente puede ser al mismo tiempo tan aburrida como interesante. La cinta tiene una duración de 3 horas y 21 minutos en los que vemos a la protagonista, Jeanne Dielman, madre y viuda, llevando a cabo las tareas del hogar de manera meticulosa. Por esto a lo largo de la pieza el espectador corre el riesgo de aburrirse, pues, la rutina de Jeanne se presenta como si se tratara del tiempo real.  La observamos haciendo la cama, preparando la comida, haciendo las diligencias como ir al correo o comprar carne, ayudando a la vecina a cuidar a su bebé, tejiendo, repasando las tareas con su hijo adolescente y, sin olvidar el detalle, atendiendo en las tardes a sus clientes.  Todo esto lo hace en un estricto orden y horario que descubrimos que, al ser interrumpido, se quebranta el balance tanto en la vida de Jeanne como en la trama misma. En la historia del cine se distingue este filme por el rol que tiene el uso del espacio y el tiempo, el lugar en el que se ubica la cámara y la primacía que tienen los gestos. Aunque muchos espectadores podrían no apreciarlo (debido a la monotonía que presenta), es precisamente, a través de dicha rutina, que la crítica lo singulariza como el mejor de Akerman. Además, el tedio que se crea en el público sirve para que cobren importancia las decisiones que toma Jeanne al final.

Intriga desde el comienzo la primera visita que recibe la mujer. Se intuye en ese momento que la protagonista ejerce la prostitución. Igualmente, estas imágenes iniciales prevén a la Jeanne calculadora y rutinaria que se verá durante toda la pieza. Se denota también que como parte de la misma rutina está el no permitirse sentir placer con sus clientes. Este inicio está ubicado en la tarde, antes que el hijo de Jeanne llegue de la escuela. Pero esto no lo sabemos hasta el próximo día, cuando ya nos hemos hecho parte de la monotonía y reconocemos la obsesión rutinaria del personaje. Otro detalle es que no estamos al corriente de lo que sucede en el dormitorio, aunque es de imaginarse (sobre todo porque vemos a los clientes pagándole a Jeanne al marcharse). Poco a poco entramos al mundo tedioso de la rutina, de la falta de emoción, de la organización extrema. Nos comenzamos a sentir cansados y aburridos, tal como Jeanne gradualmente parece estarlo. Así, nos percatamos de detalles de la vida de Jeanne, no tanto por los diálogos (que son pocos), sino por el protagonismo que tienen sus gestos. Percibimos además que es precisamente la rutina lo que le ayuda a ella a mantenerse a flote.

A través de las acciones, presentimos quizás que su rectitud puede ser peligrosa. Justamente, cuando la rutina de Jeanne se corrompe poco a poco se percibe su cambio de actitud.  En el segundo día, después de recibir a su cliente, observamos cómo hay discordancia con lo que hace el día anterior: quemó parte de la comida, está despeinada y su rutina comienza a deshacerse. Por esto, tiene que salir a comprar un saco de papas, la hora de la cena se retrasa, deja abierta la tapa del jarro de cerámica en el que guarda el dinero que gana, su hijo incluso nota que su madre está desaliñada y en el momento en el que éste lee, y ella mira el periódico, se le olvida prender la radio. Por encima de todo esto, al otro día se levanta más temprano de la hora estipulada; por lo tanto, también su rutina se afecta. De este modo, primero se atrasa y después se adelanta (por lo que le sobra tiempo). Vemos entonces a Jeanne cambiando su rutina, ahora sentada sin nada que hacer; cuando cuida al bebé de la vecina, en ese tercer día, trata de tranquilizarlo, pero no le funciona (el bebé parece no calmarse cuando está cerca de ella), sale a comprar un botón para una chaqueta, limpia la vajilla, rehace el café de la tarde.

Luego sucede lo inesperado. Ya no es un simple atrasarse o adelantarse a tan escrudiñado orden de las cosas. Intuimos que fue el cliente del segundo día quien provocó inicialmente este desajuste (por eso el pelo despeinado de Jeanne funciona como gesto o símbolo de tal desequilibrio). Como espectadores podemos suponer que ese día, contrario a los demás, la protagonista tiene un orgasmo. De hecho, Akerman lo confirma en una entrevista.  Esto es algo que Jeanne no tiene planeado, por lo tanto reta su proceder. No obstante, es el cliente de la tercera tarde quien rompe por completo la vida ordenada de Jeanne y por eso sufre las consecuencias. Cuando ésta tiene un segundo orgasmo, por miedo a que se convierta en rutina –no deseada–, la protagonista decide hacer algo al respecto. Ésta no es capaz de aceptar el desorden y a través de sus manos (recordemos la importancia de los gestos) impone el control.

Esta cinta resulta ser de gran importancia en la historia del cine debido a que por primera vez se le da tanto valor a la existencia en pantalla del gesto. Además de la envergadura que tiene en la década de los setenta proyectar en la pantalla grande el rol de la mujer y su espacio dentro del hogar.  De ahí que sean las acciones de Jeanne lo que está siempre en un primer plano, incluso mucho más que la misma narración de los hechos. Los quehaceres que desempeña la protagonista representan el orden, la rutina, lo tedioso; pero al mismo tiempo interesa lo que estos mismos gestos esconden y el placer que siente ésta con la monotonía. Detrás de la mujer, viuda, madre, prostituta, ama de casa, hay más: hay un ser en soledad, una persona que no se permite otros gestos ni otros ritmos.  Del mismo modo nosotros, como espectadores, tal vez nos sentimos sumergidos en lo que parece ser un filme aburrido (porque Akerman logra que nos sintamos acostumbrados) y no creemos que existirán ulteriormente en la trama gestos y ritmos que difieran. Incluso hasta corremos el riesgo de dejar de verla y descartar una gran pieza cinematográfica porque nos desafía, pues, a través de la monotonía la directora nos saca precisamente de la monotonía (del cine al que estamos habituados).

Al finalizar la obra, vemos el comienzo revertido. Ahora no se oculta la recamara, ni el sexo. Asimismo, ahora hay un intercambio del orden por el desorden, de la rutina por la ruptura, de una mujer que parece indefensa por otra que defiende lo que había construido en esas rúbricas repetidas en los confines de su casa. En este cierre sabemos que lo primordial son las acciones que Jeanne controla y el lugar en donde las lleva a cabo, esto es, su pequeño apartamento en Bruselas  (de ahí que el título del filme sea precisamente la dirección de su domicilio).

© 2016, Diana Grullón. All rights reserved.

Compartir
Artículo anteriorCorazón contracooltural
Artículo siguienteEl gaucho que escribía en inglés

Soy nacida y criada en Puerto Rico.  Tengo una licenciatura (B.A.) de la Universidad de Puerto Rico, Río Piedras, en Literatura comparada e Historia del arte (2006).  En el 2004-5 estudié varios cursos en la Universidad Autónoma de Madrid.  Luego de haber confirmado mi pasión por las artes durante mis estudios subgraduados y de haber sido premiada en un certamen literario con el tercer lugar en Cuento Universitario (2003), ya no necesitaba más razones para seguir soñando.  Así emprendí un nuevo reto e hice la maestría en Florida International University (FIU) en español en Literatura latinoamericana, con especial atención al Caribe (2008). Actualmente, me encuentro en el proceso de escritura de mi tesis doctoral (FIU, Ph.D Candidate, 2010) y me graduaré en el 2014.  Mi trabajo analiza las teorías de identidad cultural en el ensayo del Caribe del siglo XX.  Mis pasiones siempre me han movido por la vida: mi labor de madre, mis estudios, mi gran amor por el arte y la literatura, los viajes y las culturas.  Con tanto, siempre tengo urgentes deseos de escribir.