Falenas amorosas

Pedimos dos birras artesanales y nos sentamos frente a frente en una mesa rústica de Wilk (Lobo, en polaco), mi cervecería favorita en San José. Se ubica en una casona amplia, antigua sede de la Embajada de Polonia en Costa Rica. He pensado que podría ser un buen lugar para encontrarme con Lara Solórzano Damasceno, poeta brasileira-costarricense, pues ha vivido en muchos lugares del orbe, algunos inusitados como Eslovaquia, y habla varios idiomas eslavos. No me extrañaría que hable polaco. Le pregunto y sí, también lo habla y lo lee. Brindamos a su salud: Na Zdrowie.

Entonces me presenta una copia de su poemario, El bestiario de las falenas (Pérez Zeledón, Costa Rica: Editorial Nacimiento, 2019). Se lo agradezo y abro el Bestiario desde atrás para empezar mi lectura por el último poema:

Todavía queda mucho amor en el suave palpitar del océano

el océano es el alma y el alma es una manzana en húngaro

“También habla húngaro”, pienso, mientras mi imaginación me transporta al Pacífico, a las playas y bosques de Cabo Blanco, donde conocí a Lara junto con un grupo de amigues. Siento en mi cuerpo el movimiento del mar que nos acogía.

“Si leo todo el poema, puede que me el océano palpitante me lleve en sus corrientes imaginarias y no regrese al momento presente”, me percato. Entonces paso al primer poema:

Nosotras que por milenios navegamos buques

surcando mares invisibilizados

(…)

reescribiremos los mapas de navegación

tus políticas

y el amor.

 

Observo que tanto en este poema como en el poemario completo, la primera palabra es “nosotras” y la última es “amor”, ese amor que reescribirán las falenas. Percibo el sentimiento de sororidad que impregna el poemario, así como la vida y la docencia de Lara, y sé que deberé leerlo con el corazón.

Lo cierro, le agradezco de nuevo, le pido que me dedique el ejemplar y disfruto con ella otra cerveza más y una conversación apasionante sobre las compositoras musicales, escritoras y demás mujeres que inspiran su poesía. Me habla de Alejandra Pizarnik y Alfonsina Storni y me lee “El Suicidio de las musas:

Me desarma el suicidio de las musas

Su muerte fértil en el rincón oscuro

Su vida estéril en el callar estepario de la madrugada

Me duele Alfonsina

Me duele Alejandra

Me duelen todas

En las noches siguientes, al leer el Bestiario, voy descubriendo los matices de la sororidad que muestran los poemas de Lara. En “16 de noviembre”, dedicado a Omayra Sánchez Garzón, la sororidad es empoderamiento mutuo, cooperación, amistad y complicidad, aun delante de la tragedia:

Recuerdo tu historia entre lluvias intensas de noviembre

entre la naturaleza trágica de nuestras pláticas y consecuentes alucinaciones

(…)

Nosotras que pasamos las manos por el fuego

Nosotras que en las horas del sueño y la vigilia no temíamos a la muerte.

Nosotras que nos vestíamos de falenas

y nos mimetizábamos en los troncos de las hayas.

 

En otros poemas, la sororidad es compasión (“Las Sylvias” y “Dime Violeta”, dedicados a Sylvia Plath, Sylvia Likens y Violeta Parra), búsqueda de guía y apoyo (“24 de noviembre”), y resistencia e insurgencia (“25 de noviembre”, en el cual las falenas son “mariposas sublevadas”).

El poemario contiene también musicalidad, con variaciones sobre temas en “Compás irregular” y “Poema en dos versiones”; ludismo, como en la inversión del mito de creación de la mujer, el hombre y los seres en “Génesis”; y celebración: “Me gustan los días como hoy: Hoy he bailado y he escrito”. Imagino que se refiere a odissi, la danza tradicional india que Lara practica.

Y, permeándo toda la obra, prevalece el amor solidario y apasionado de Lara. A pesar de las tragedias, la violencia de género, las injusticias y las opresiones:

 

…todavía queda mucho amor

tanto, tanto

que andamos sonámbulos del abrazo,

desnudos en la caricia,

inarrugables,

como extendidos en el beso andamos.

 

Ese amor lo necesitamos todos, especialmente ahora que se acerca el final del 2020, tan abundante en despedidas, pérdidas y tragedias, tan escazo en abrazos, caricias y besos.

 

Por eso regreso una y otra vez al poema final, al último verso, y declaro con Lara y sus falenas:  “La tierra es nuestra, donde también queda tanto, tanto amor.”

 

 

 

 

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