
El escritor argentino Gastón Intelisano, conocido por su saga protagonizada por el criminalista Santiago Soler, nos invita una vez más a recorrer los pasillos de la justicia y la mente humana con Epicrisis, su segunda novela. Precedida por títulos como Modus Operandi, Error de Cálculo, Principio de Intercambio, La navaja de Ockham y Fuego fatuo, esta obra continúa explorando los límites entre la ciencia forense, la introspección y la verdad. En esta entrevista, Intelisano comparte el origen del título, su proceso creativo y la profunda conexión entre su vida profesional y la literatura.
La idea de titular a mi segunda novela, Epicrisis, surgió en primer lugar, como respuesta a un juego interno como autor, en el cual todas mis novelas deberían seguir la lógica de la elección del título de la primera, Modus Operandi.
Es decir, utilizar términos, frases o palabras que respondieran a una temática forense o que tuvieran relación con el mundo de la investigación criminal. Epicrisis, además de ser un vocablo muy conocido dentro del léxico médico-legal, me sonaba como una palabra potente y misteriosa. Muchas veces, el desconocimiento del significado de una palabra provoca intriga. Y me encantaba poder provocar ese efecto en los futuros lectores. Cuando entendés a qué alude el término Epicrisis, te das cuenta de que dice más de lo que significa: la muerte violenta de una persona puede ser el resumen de su vida. Es ese último dato que conocemos, y la define como víctima.
Creo que el tono introspectivo lo da el simple hecho de que la novela está escrita en primera persona.
Vemos todo lo que pasa a través de los ojos del protagonista, Santiago Soler, un criminalista que está en la ciudad de Buenos Aires para asistir a un Congreso Nacional de Ciencias Forenses y, de repente, se ve envuelto en la investigación de un crimen en la Ciudad Universitaria. Es casi imposible que como lector no te pongas en sus zapatos, y como autor, me gusta que el lector perciba el mundo tal como él lo ve, lo siente, lo huele y lo palpa. Las descripciones ayudan a situar al lector en los lugares que son naturales para Santiago Soler, como la escena de un crimen o la sala de autopsias. Quiero que los lectores sientan el frío que hace cuando entran en la cámara refrigerada donde se guardan los cadáveres, pero también el calor de una persecución o el nerviosismo de estar cara a cara con un asesino.
La gran mayoría de los hechos, emociones y personajes que pueblan mis novelas, tienen un importante asidero en la realidad.
Mi realidad. Trabajo hace 13 años en una Morgue Judicial, tengo contacto semanal con médicos forenses, técnicos, fiscales, policías… Siempre digo que la pequeña (o no tan pequeña) ventaja que tengo con respecto a la mayoría de los escritores de novela policial es conocer de primera mano el mundo del que hablo en mis historias. Frecuento “la cocina” donde transcurren los casos que Soler investiga. Son mi teatro, mi escenario. Eso no solo los impregna de realismo, sino también de emociones.
Sin dudas, el tema de la pérdida.
En el momento que escribí esta novela, allá por el año 2013, las pérdidas más cercanas a nivel familiar habían sido las de mis dos abuelos, y en esos sentimientos me basé para pensar cómo afectaría a Soler la muerte que él debe sufrir en carne propia (que no la vamos a “spoilear”). Quería transitar su dolor, un dolor que lo marcará para el resto de su vida. Hoy en día, con otras muchísimo más cercanas, soy consciente de que la experiencia en mi trabajo como forense (al contrario de lo que el público pensará) no me hizo más duro ni te prepara para la muerte de “los tuyos”. De alguna forma, eso me tranquilizó: significa que pese a años y años de violencia, dolor y muerte, todavía sigo siendo humano.
Me encantaría que en primer lugar, el lector disfrute de la historia.
Que sienta que no perdió horas de su valioso tiempo en algo que lo decepcionó. Si al cerrar el libro el lector percibe que vivió una aventura interesante y conoció a personajes con los que quiere reencontrarse, todo mi esfuerzo como autor ha valido la pena. Cuando escribí mi primera novela (y las seis que le siguieron) siempre tuve un objetivo, además del de entretener: proponer al lector un mundo que sí existe y que debí crearlo porque la mayoría de los escritores de novela policial argentina no creen posible ni real. Uno en el que el investigador es parte del sistema (que muchas veces es corrupto e ineficiente) pero cuyos protagonistas son personas honestas, preparadas y que, pese a vivir en un ámbito fracturado y en decadencia, hacen su aporte para que se haga justicia.
En mis más de veinte años de experiencia como empleado judicial, he conocido muchísima gente como Santiago Soler, la doctora Andrea De Marco, el inspector Andrés Battaglia, el fiscal Nicolás Massacessi y los demás personajes que forman parte de mis relatos. Por eso, cada vez que escucho mancillar sus nombres y profesiones, cuando se habla de que “todas las fuerzas de seguridad y la justicia están corrompidas”, lo siento como una afrenta hacia ellos y hacia mí mismo. Tal vez sea un idealista empedernido para algunos o uno demasiado ingenuo para otros, pero me amparo en mis dos décadas de inolvidables amistades y enseñanzas.
Más allá de todo esto, lo que me gustaría es que el lector experimente lo que se siente recorrer lugares a donde ninguna otra novela policiaca lo ha llevado antes. Y que descubra que entre tanta oscuridad, lo que siempre nos termina salvando es la luz de nuestra propia humanidad.







