En la encrucijada

Con la furia de una tormenta se desatan las olas bravías de un mar que antes fue calma en un día de luz; en un día de tantos y como todos los anteriores la paz se había establecido y estábamos confiados en que sería inviolable, imperturbable, definitiva… Habíamos ejercitado en cada rutina un vuelo bajo, un eterno danzar sobre las horas que giraban en redondo hasta un mismo punto de partida y éramos felices en el confort de lo conocido y lo conocido nos era suficiente y nada deseábamos fuera de los límites de nuestro aletear continuo.

Nadie dijo que fuera fácil, que nos gustara, que lo deseásemos o que lo estuviéramos esperando.  Pero llega el momento en que la quietud del mar se transforma en furia y el sol, con toda su luz, es tragado por las olas de un mar indomable. El todo se envuelve por una capa oscura de noche, de tinieblas, y ante esto el hombre no tiene más opción que reaccionar. Con el corazón dolido, el cuerpo roto, sin fuerzas, asustado y sin encontrar  base donde apoyar la esperanza, tiene que seguir adelante, ¿es posible levantar el vuelo? ¿qué dirección tomar? Forzados a adentrarnos en un laberinto del que ignoramos cuál será la salida, es necesario decidir.

En esta encrucijada el hombre está solo. Mejor sería que tal y como expresa el insigne poeta Don Antonio Machado en sus versos, en esta hora nos encontremos “ligeros de equipaje”. No llevar demasiado peso en las espaldas que nos obligue a inclinarnos, ni demasiado apego al pasado, que nos haga volver atrás. Mirar al frente, al porvenir, “vestirnos por los pies” y tomar suficiente aire que nos permita reemprender el vuelo. Cierto es que el hombre se crece ante las adversidades, que una vez pasada la tormenta seremos más fuertes y seguir la singladura habiendo crecido un poco más.