En el Club Libanés

And when they invite you, it´s like an important document
                                                           goes missing.
                                                                                                                                           John Ashbery, As someone who likes travel

Era esa hora de la madrugada cuando sólo unos pocos clientes conversan alrededor de la mesa, entre el humo de los cigarrillos, las botellas de vino casi vacías y los restos de comida. El tiempo no parecía importar, y era así en aquel fin de siglo demasiado viejo y nosotros todavía jóvenes.

Lisandro había regresado de New York donde sus cuadros eran un éxito. El mercado estadounidense necesitaba nuevos artistas provenientes de América Latina que ofrecieran una visión no tan cargada de ese color local que explotaba hasta el cansancio Hollywood como las cadenas de noticias. “Un argentino siempre es otra cosa. Entendemos cierto espíritu universal. Ya lo dijo Borges”, comentaba con admiración.

En aquella mesa no éramos más de diez personas, de las cuales yo sólo sentía aprecio por el Gordo Yury y Daniel. Esa noche Lisandro recibía toda la atención. Era el que venía de una ciudad del “Primer Mundo”, el que se había codeado con galeristas de prestigio y experimentado aventuras que alimentaban nuestra imaginación en aquellos tiempos en que viajar era casi un lujo, no había Internet y tampoco celulares –lo novedoso era algo llamado “Fax”…

Lisandro se quedaba unas pocas semanas en Buenos Aires, luego debía regresar a New York para montar una exposición –esta vez individual– en la galería Sarah & Lauren Cunningham, en el Upper West Side de Manhattan. El éxito le había sentado muy bien. Hablaba seguro, con orgullo, mostrando una sonrisa de un peculiar atractivo. Su mirada irradiaba la malicia de las travesuras compartidas entre amigos íntimos.

Pero a mí no me engañaba tan fácil. Sentía que todas aquellas palabras eran el recitado de un texto ajeno en los labios de un actor convencional. En cambio a Daniel lo lastimaban profundamente. Permanecía callado, con un ánimo de tristeza, de creerse poca cosa. Su silencio me importaba. Desde la adolescencia, cuando éramos estudiantes en el Liceo, había sentido una adoración por él, por su inteligencia, pero también por la belleza que entregaba sin prejuicio a quien deseara estar algunas horas a su lado.

Lisandro no era un mal pintor, pero Daniel tenía talento innato, el que no se consigue ni con la voluntad de un santo ni mucho menos tomando clases con profesores de renombre que endulzan los oídos de incautas madres que desean por despecho a su pequeña vida tener un hijo artista. Daniel no necesitaba mostrar vanidad, la expresaba en la pintura que como una continuación de su sensibilidad estaba para el que se animara a disfrutarla.

A pesar del talento de mi amigo, aquel resquemor venía desde mucho tiempo atrás, y no sólo por ellos. Sus padres estaban en el negocio de telas; el de Lisandro había sabido manejarse con cautela en las repetidas crisis económicas del país; el de Daniel, menos inteligente, o tal vez más ingenuo, no había podido. En el último año había tenido que sacar a sus hijos del Liceo, vender la casa en el country, recortar aún más los gastos. Y comprobar también de qué manera el grupo de amistades se achicaba espantosamente. Esa noche sentí tanto odio por Lisandro que tuve ganas de ir a esas galerías de prestigio donde exponía y romperle sus pinturas, gritarle en la cara a los dueños de que Daniel era el artista, el mejor de todos nosotros.

En medio del monólogo de Lisandro, con impaciencia aplasté mi cigarrillo contra el plato con restos de salmón. Observé por la ventana la luz sucia de invierno que caía sobre las veredas en la madrugada. Me dije que aunque Daniel tuviera el talento y la belleza que siempre abre puertas –al resto nos queda cultivar un espíritu fuerte y una inteligencia veloz–, Lisandro poseía una descarada capacidad que, aunque la he visto en tantas ocasiones, nunca deja de asombrarme: la de apropiarse de las ideas ajenas. No era un copión en el sentido de que lo que veía lo hacía calcadamente sino que su operación era más sutil. Lo que oía de los otros, de esos proyectos inteligentes, él se adelantaba y los ponía en práctica. Sabía seleccionar muy bien y tenía la voluntad de los necios para llevar a cabo lo que se exigía. Lisandro trabajaba más que Daniel, si era necesario podía pasar días hasta conseguir algo, aunque fuera un pobre resultado. Daniel prefería la compañía por horas, el vagar por la noche, escribir en su cuaderno ideas para pinturas, para un poema. Su carisma no podía hacerlo salir de su naturaleza de artista: no soportar las órdenes, pero tampoco darlas.

–Sólo debemos crear belleza.

Después de decir esto, Lisandro sirvió en nuestras copas lo último que quedaba de vino.

***

¿Qué es lo que atesora la memoria por cruel o agradable que sea y qué es lo que prefiere olvidar? Es extraño, pero hace apenas unos días, cuando alguien te entrevistaba por la publicación de un nuevo libro, entre tantos otros recuerdos, apareció esa noche en el Club Libanés. Después de las preguntas de siempre, te quedaste hablando con el periodista en el café francés en el que sueles trabajar, el que está a la vuelta de tu casa, de los años de tu primera juventud en Buenos Aires. Lo inevitable: aparecieron viejos conocidos en común. Siempre que puedes evitas el reencuentro, ya que el paso del tiempo te desagrada –aquellos hombres cada vez más viejos y gordos es un espejo que te horroriza enfrentar–, pero saber de ellos, constatar que a algunos les va bien, te pone contento.

No hablaste de Lisandro, ni del Gordo Yuri ni de Daniel y menos de pintura. Esa noche en el Club Libanés irrumpió, así de sencillo. Podrías hacer conexiones, qué el pasado, qué el encuentro con alguien…, pero no practicas el psicoanálisis, aún cuando eres porteño. Hace muchísimos años Daniel murió de cáncer. Alcanzó a exponer en Buenos Aires y en São Paulo. Y sí, era el mejor de todos ustedes. Lisandro, en cambio, falleció el año pasado. Cuando heredó la pequeña fortuna del padre se dedicó a gastarla. Fundió el negocio familiar. Lo que le quedaba de juventud lo derrochó en el exterior. Jamás quiso regresar a la Argentina. Te dijeron que se volvió alcohólico. Tú también decidiste irte del país. En los años que vivíste en New York te obstinaste en visitar la galeria Sarah & Lauren Cunningham, pero nunca pudiste encontrarla. Nadie la conocía.