«En Crema Paraíso yo me pregunto qué es el éxito para un escritor». Camilo Pino

Cuéntanos un poco el behind the scenes de Crema Paraíso: ¿Qué te costó más sacar adelante? ¿Cuánto tiempo te tomó todo el proceso de escritura y edición de la novela?

Me encantaría decirte que un día encontré a un bebé gigante sentado en el baño, que perdí peso y volví a fumar para meterme en el cuerpo del poeta Dubuc, que pasé un fin de semana jugando Candy Crush y comiendo perros calientes para entender a Emiliano y que cuando estaba a punto de terminar, unos espías del G2 me robaron el manuscrito, pero la verdad es que el proceso fue más bien aburrido: años sentado en un escritorio, investigando, editando, pensando en la estructura, escribiendo.

Soy un escritor lento, si mido el tiempo que me toma terminar una novela rompo en llanto. Creo que fueron unos cuatro años, cinco, si contamos el proceso de edición, pero pudo haber sido más.

Lo que más me costó fue recrear el Segundo Congreso de Intelectuales de la Habana en 1982. Tuve que investigar mucho, averiguar quién estuvo o pudo haber estado allí, qué se estaba leyendo, cómo era La Habana en ese momento, qué se decía… Entrevisté a escritores, leí actas de congresos, revistas culturales, memorias y cualquier cantidad de poesía, y luego tuve la suerte de contar con la ayuda de dos amigos cubanos, Mirta Ojito y Carlos García Pandiello, que leyeron el manuscrito con ojo crítico. Hasta me ayudaron a determinar el punto dónde sale y cae el sol en La Habana.

Te conocí en una presentación de Sudaquia, en Books & Books, hace algunos años, entonces me enteré de que habías comenzado a escribir tarde, de que tenías una novela con la editorial Pre-Textos y trabajabas en televisión. En Crema Paraíso, el poeta Dubuc también empieza tarde y publica un libro que se llama Pretextos y la novela cierra con un episodio relacionado a la televisión. ¿Es Crema Paraíso tu novela más personal, con la que más identificado te sientes?

Pues ahora que lo dices, sí, Crema Paraíso es muy personal. Eso no quiere decir que esté basada en mi vida, ni que el resto de mi trabajo no sea personal. Mandrágora, que es una novela fantástica, tiene muchísimo de mí, y ni hablar de Valle Zamuro, que transcurre en una realidad que viví personalmente. Digamos que Crema Paraíso tiene algo de vida alternativa, de vida posible o vida en negativo, y en ese sentido es muy personal.

En cuanto al poeta Dubuc, yo sufro horrores cuando escribo, quizás tanto como él. Puedo pasar noches sin dormir o días enteros angustiado por culpa de una línea problemática, y allí seguramente hay algo de proyección en Dubuc, o más bien de ganas de reírme de mí mismo. Pero si el poeta estuviera inspirado en mí sería aburridísimo, tendría una vida que él mismo tildaría con sorna de pequeñoburguesa, y no se metería en un tercio de los líos en los que se mete.

¿Por qué Dubuc es poeta y no novelista?

Porque me encanta la poesía, pero soy mal poeta. Y porque es una forma de hablar de literatura y mantener cierta distancia a la vez.

En mi primer proyecto de novela Dubuc iba a ser un neurólogo, pero al poco tiempo me di cuenta de que no sabía nada de medicina, mucho menos de neurología. Me iba a costar mucho desarrollar un personaje así y terminé optando por un terreno más familiar.

Integrar la poesía cambiaba completamente el sentido de la novela. Abría espacio para la intertextualidad y el juego, aunque también corría el riesgo de perderme en los enredos de la metaliteratura, quizás por eso terminé optando por un registro humorístico, para evitar ese tono afectado tan frecuente en los textos metaliterarios.

En algún momento estuve tentado a escribir alguno de los poemas de Dubuc yo mismo. Menos mal que no lo hice, porque como te decía, no soy buen poeta, e inclusive si hubiera podido escribir algún verso decente, hubiera sido complicado incorporarlo en el texto sin distraer, sin sacar al lector de la trama. Lo que hice al final, fue tratar a la poesía como a un personaje, escribir poesía como narrador.

La sinopsis de Crema Paraíso, entre otras cosas, presenta a la novela como una meditación sobre el arte. Por mi lado, me atrevería a decir que la columna vertebral es una sátira al mundo literario y su falso postureo que conocemos bien los que nos movemos en él, pero quizá desconozca el público en general. ¿Qué piensas al respecto?

Que tienes razón, que el mundo literario, al contrario de lo que la gente cree, puede ser muy frívolo, y que esa frivolidad ha aumentado en los últimos años por el efecto de las redes sociales que tienden a banalizar todo.

Me interesa el contraste entre las motivaciones que llevan a un artista a crear una obra, que suelen ser personales y misteriosas, y las fuerzas que determinan la aceptación de su obra, que suelen ser más bien externas.

Aquí en los Estados Unidos la idea del éxito es muy importante. Uno de los peores insultos que te pueden decir es que eres un “perdedor”. En Crema Paraíso yo me pregunto qué es el éxito para un escritor; si se trata de vender libros, o de ser celebrado por la crítica, o si es una cuestión más personal, que determina el artista mismo.

Y luego está la relación del escritor con los lectores, que exploro a través de la experiencia de Dubuc a principios de los ochenta, en un mundo análogo, y en el presente, en un mundo dónde un poema se puede recitar en YouTube antes de imprimirse y una escena de la vida de un autor puede ser material de crónica de farándula.

¿Es Venezuela un pasado literario en tu vida? Entiendo que empezaste a escribir tarde, afuera de Venezuela, ¿pero llevabas en tu país una vida literaria? En caso sí, ¿cuáles son tus recuerdos de esa vida? ¿Autores que te marcaron?

Tengo muchos años fuera de Venezuela. Imagínate, me fui en el 95. Y mi contacto en esa época con escritores fue tangencial, a través de mi padre, que es historiador y amigo de muchos de los escritores de los que hablo en la novela.

Ahora que lo pienso, nunca he tenido una vida de escritor en ningún lado. Lo más cercano que he tenido son las conversaciones contigo y con Hernán y las presentaciones de Suburbano o de la Feria del Libro aquí en Miami.

Una cosa es ser escritor y otra vivir como escritor. Para lo segundo necesitas instituciones, una industria editorial, etc, cosas que casi no tenemos en Miami. Para escribir basta con una biblioteca y una habitación, con o sin vista, y eso se puede tener en cualquier lugar del mundo.

Pero volviendo a mi país. Mis recuerdos literarios de Venezuela son lecturas, y entre ellas, las más entrañables, las de la infancia y la adolescencia, el descubrimiento de Julio Garmendia, por ejemplo, o el de Pancho Massiani, o las lecturas de la escuela. Nunca he parado de leer literatura venezolana, por más difícil que sea conseguirla en el extranjero.

En el artículo «La literatura venezolana sí existe, señores», publicado en suburbano.net, en el año 2014, la escritora y docente Naida Saavedra, habla sobre la invisibilidad de la literatura venezolana. Ahora, sin embargo, la literatura venezolana brilla en Europa y Latinoamérica. ¿Cuál es tu percepción sobre este momento de brillo que tienen las letras de tu país?

Por un lado me alegra mucho, claro. Por el otro, me genera algo de desconfianza. El descubrimiento repentino de una literatura nacional es un fenómeno muy arbitrario. En Venezuela se ha escrito igual de bien desde hace mucho tiempo y no deja de sorprenderme que nos descubran de repente. Y luego, siempre sospecho de las modas literarias, aunque coincidan con mis gustos, porque sé que pasan. Espero que este fenómeno persista, o que por lo menos se mantenga un interés consistente en nuestros escritores, similar al que tradicionalmente se le ha prestado a otros países de la región.

Desde que Alberto Barrera Tyszka ganó el Herralde con La enfermedad, una novela espléndida, por cierto, ha habido un interés internacional que ha coincidido con dos factores, la crisis de Venezuela, y la emigración de muchos escritores. Se dice que (lamentablemente) las crisis son fuentes importantes de material literario, y también tienes una cantidad de autores que están afuera y están publicando en sus países adoptivos, con lo que se siente más nuestra presencia en el ámbito internacional.

Aquí mismo en los Estados Unidos hay venezolanos que están produciendo literatura de primera, Leopoldo Tablante, Israel Centeno, Miguel Gomes, Douglas Gómez Barroeta, Natalia Chiniacos, Keyla Vall de la Ville, Enza García Arriaza, Claudia Noguera Penso, María Ángeles Octavio, Raquel Abel Van Dallen, Luis Ordóñez, Oriette D’ Angelo, Adalber Salas, Jonathan Jakubowicz, Dinapiera Di Donato, Luis Pérez Oramas, Naida Saavedra, la lista es larga, y eso mismo está pasando alrededor del mundo. Por cierto, Naida, Raquel, Luis Ordóñez y yo somos compañeros del catálogo de SED.

El problema con esta explicación es que obvia la existencia de la producción nacional, que en el caso de Venezuela se hace contra viento y marea. No se exagera cuando se dice que escribir en Venezuela es una forma de resistir. Y esa producción, naturalmente, es el corazón de la literatura nacional. La interacción entre los escritores y los lectores que están en Venezuela y los que nos hemos ido va a ser fundamental para poder sacar algo de este fenómeno a largo plazo.

¿Algún proyecto en el que estés trabajando ahora?

Estoy metido en un manicomio imaginario a principios del siglo XX y creo que va a salir una novela de allí, pero mejor no cuento mucho, mira que esas cosas dan muchas vueltas y soy medio supersticioso.