El rufián del BMW

   Había sido un día de investigación largo y extenuante. En mi viejo auto había tenido que recorrer interminables avenidas en el condado de Broward y después en los extensos suburbios del oeste de Miami, cerca de los pantanos de los Everglades. Esos suburbios en los que no se veía a nadie caminando porque todo el mundo se desplazaba en automóvil; las anchas calles eran pistas de carrera donde los choferes indisciplinados se burlaban constantemente de las leyes del tránsito, y la policía casi siempre brillaba por su ausencia.

     El rojizo sol del ocaso se reflejaba en mi espejo retrovisor mientras conducía hacia el este por la Calle Ocho, rumbo a mi despacho de investigador privado en la todavía lejana Pequeña Habana. Estaba exhausto, y decidí detenerme en un centro de negocios junto a la vía para reanimarme con un café.

      Cuando estacioné, vi un mercadito con un cartel que anunciaba: Abierto las 24 horas. La pastelería cubana donde pensaba ir ya había cerrado, pero supuse que en el mercadito también hacían café, así que me dirigí hacia el establecimiento.

      Aunque la pandemia del COVID-19 ya no era ni remotamente tan grave como hacía unos meses, y casi todas las medidas de restricción se habían levantado, caminé con la mascarilla en la mano por si en el lugar todavía se exigía su uso. Adentro, ninguno de los pocos clientes llevaba puesto el cubrebocas, ni siquiera la empleada del local. Tenían un sinfín de artículos en venta, desde comestibles hasta bebidas alcohólicas, tabaco y cigarros electrónicos, y además divisé una cafetera.

     Pedí media colada, por la que pagué un dólar con veinte centavos. Dejé una propina exigua, que la empleada miró con cara de decepción, pero que no desdeñó, y salí con mi vasito de café. El sol ya se ponía y las primeras sombras de la inminente noche oscurecían lentamente el cielo. En la Calle Ocho, el tráfico todavía era denso y los choferes pugnaban entre sí, tratando de adelantar a los demás, con la prisa habitual de Miami.

     Me recosté contra un costado de mi auto, que había estacionado lejos de los demás vehículos, bajo un arbusto. Bebí un sorbo de café, que entre paréntesis estaba delicioso, y encendí un cigarrillo. Estaba tratando de abandonar el mal hábito, pero el cansancio que sentía y la necesidad del estímulo me hicieron olvidar mi decisión.

     Mientras tomaba el café y fumaba con calma, un BMW nuevo, plateado y reluciente, entró en el estacionamiento del centro comercial y pasó rápidamente cerca de mi auto.

     Miami siempre había sido un muestrario de vehículos de lujo, y yo solía decir a mis amigos, jocosamente, que en esta ciudad todo el mundo tenía un Mercedes Benz menos yo. Pero últimamente, desde poco antes de la llegada de la pandemia, se veían más autos caros que antes, incluso en barrios de clase media, no solo en los enclaves de los ricos cerca de la costa. Ahora, en los suburbios del oeste, en la ciudad de Hialeah, en Kendall, en todas partes, rodaban autos Maserati, Alfa Romeo, Range Rover, y a veces se veía pasar un Lamborghini o un Rolls Royce. ¿De dónde salía tanto esplendor? Obviamente, había una mina de oro en Miami y yo no me había enterado.

     Terminé el café y el cigarrillo y entré en mi auto para seguir viaje a la Pequeña Habana. Cuando me dirigía a la salida del estacionamiento, vi el BMW que había entrado poco antes, detenido en un área aislada, frente a un establecimiento clausurado. Era un i8 del año, un modelo carísimo, con un precio de más de 160.000 dólares. Sus puertas de alas de gaviota estaban completamente abiertas hacia arriba, y junto al auto un hombre joven discutía acaloradamente con una mujer también joven, hermosa y maquillada como una modelo, con el cabello rubio y largo.

     Al pasar cerca de ellos, la chica se había apartado del joven, dándole la espalda, y me miró fijamente. Confundido, desvié la mirada por un par de segundos, pero cuando volví a verla, seguía mirándome con una expresión en la que adiviné cierta ansiedad.

     En sus ojos creí leer que me estaba pidiendo ayuda y frené el auto. Mi experiencia en la policía y después en mi trabajo como investigador privado me había enseñado a descifrar gestos y expresiones que para muchos pasarían inadvertidos. Y ahí estaba esa chica deslumbrante, mirándome como si clamara por socorro, aunque no dijera palabra, mientras el joven, a sus espaldas, seguía discutiendo y gesticulando.

     Estacioné a unos pasos de distancia y los volví a mirar antes de salir del auto.

    El hombre era más joven de lo que me había parecido inicialmente: tendría cuando más unos 25 años, y se veía nervioso y alterado.

    La muchacha lucía tan joven como su compañero; tenía un rostro bellísimo, del que era difícil apartar la vista y una tentadora figura de modelo.

     Los dos discutían a gritos, y cuando me bajé del auto, vi que el joven alzaba la mano y le pegaba una bofetada a la chica.

     –¡Alto ahí! –grité mientras avanzaba rápidamente hacia ellos.

     –¡No se meta en lo que no le importa! –me gritó el individuo airadamente.

     Sujetaba con fuerza un brazo de la joven, que me miró con sus ojos claros muy abiertos y expresión suplicante.

     –¡Ayúdeme, por favor! –rogó.

    El hombre levantó la mano para darle otra bofetada, pero ya yo estaba encima de él. Bloqueé su brazo, lo agarré por la camisa y le apliqué una técnica de judo que lo hizo perder el equilibrio y soltar a la joven.

     La chica retrocedió unos pasos mientras su acompañante se incorporaba y se abalanzaba hacia mí como un toro furioso. Esquivé su acometida, le puse una zancadilla que lo hizo trastabillar y lo lancé al suelo de un puñetazo.

     –¡Es mi novia! ¡Me lo vas a pagar! –bramó mientras se ponía de pie.

     –¡No soy tu novia, estúpido! –replicó la joven.

     El individuo saltó de nuevo hacia mí, con los puños en alto. Paré hábilmente el golpe que me dirigió a la cara, lo alcancé con un directo a la mandíbula que lo hizo tambalearse, y aproveché que había bajado la guardia para pegarle en el estómago y enseguida otra vez en el rostro.

     Cayó de espaldas contra el BMW, resoplando. Con esfuerzo logró levantarse y se sentó al volante del vehículo.

     –¡Me las pagarás! –amenazó tras encender el motor.

     Partió como un bólido, mientras yo hacía retroceder a la joven por si al agresor se le ocurría la mala idea de lanzar el auto contra nosotros. Por suerte no fue así, y unos segundos después el BMW salió del estacionamiento chirriando las ruedas, no sin que antes yo lograra fotografiar la placa en su parte trasera con mi teléfono celular.

      Me volví a la chica. Temblaba ligeramente y tenía los ojos llorosos.

     –Gracias –me dijo con emoción.

     Su voz era tan seductora como su rostro, como su figura, revelada bajo los jeans ajustados y una blusa breve.

     –¿Está bien? –le pregunté.

     Afirmó con la cabeza.

     –Voy a llamar a la policía –anuncié–. Debemos reportar este incidente.

     Miró hacia la calle, con expresión de duda.

     –Me llamo Fernando Estrada –le dije–. Soy investigador privado.

     Marqué el número de emergencia 911.

     –¿Hay que llamar a la policía? –preguntó.

     –Es lo mejor que podemos hacer. ¿Cuál es su relación con él?

     Vaciló unos segundos, y en ese lapso la operadora del 911 contestó mi llamada. Rápidamente le expliqué lo que había sucedido y me informó que un agente llegaría en breve al estacionamiento.

     –¿No son novios? –le pregunté a la chica cuando terminé la llamada.

     Movió la cabeza negativamente.

     –¡No! –dijo con firmeza, mirándome a los ojos–. Eso que dijo Yunel es una mentira.

     –¿Qué son entonces? –insistí.

      La joven titubeó por un instante, como si reuniera sus pensamientos.

     –Somos amigos –dijo al fin–. O más bien, después de lo que ha visto, éramos amigos. No quiero saber más de ese canalla.

     –¿Cómo te llamas? –pregunté.

     –Yadira –respondió.

     En ese momento vi un auto patrullero que entraba en el estacionamiento.

     –Ahí está la policía –anuncié.

     El agente se bajó del vehículo y avanzó hacia nosotros con expresión adusta.

     –¿Usted fue el que llamó al 911? –me interrogó.

     –Sí, fui yo. Me llamo Fernando Estrada. Soy detective privado.

     Le mostré mi identificación y mi licencia. El policía las examinó por unos segundos y me las devolvió.

     –¿Qué ha pasado aquí? –preguntó.

     Expliqué rápidamente lo que había sucedido y le mostré la foto de la placa del BMW al agente, que anotó el número. Yadira contó que conocía a Yunel, que había salido con él y que habían tenido una discusión intensa durante la cual el joven le había pegado.

     –Y lo hubiera hecho de nuevo si Fernando no hubiera llegado –concluyó, señalándome.

     El policía volvió a su auto, se sentó al volante y llenó un formulario. Al cabo de unos minutos que me parecieron una eternidad regresó y me entregó el papel.

     –Ahí está el número del caso –explicó–. Si desean presentar cargos, deben ir a la corte lo antes posible, mañana mismo. No hay testigos y yo no vi lo que sucedió, así que básicamente será la palabra de ustedes contra la del presunto agresor.

     –Iremos a la corte –aseguré.

     Sin despedirse, entró en su vehículo y salió del estacionamiento. Yadira se quedó en silencio por unos momentos, reflexionando. Ya era noche cerrada.

     –Te llevaré a tu casa –le propuse.

     –Sí, por favor –aceptó–. Pero antes, ¿podríamos ir a un café? Yo pago la cuenta.

     Estaba exhausto, pero quería que Yadira me diera más detalles de su agitada discusión con Yunel porque intuía que entre ellos pasaba algo más de lo que la chica había contado al policía.

     Subimos a mi viejo automóvil, una chatarra en comparación con el del canalla al que le había dado una paliza, y manejé, pasando el vasto campus de la Universidad Internacional de la Florida, hasta un Starbucks en el distrito de Westchester, junto a la Calle Ocho, cerca de la autopista Palmetto.

     Dos amigas conversaban en una mesa del local, y un hombre joven, sentado a otra mesa, estaba sumergido en su computadora portátil. Una suave música de jazz envolvía el acogedor ambiente.

     Yadira pidió una bebida de café y chocolate con hielo con un nombre complicado, y yo me conformé con un expreso doble. Saqué mi tarjeta de débito, pero ella insistió y pagó la cuenta con la aplicación de Starbucks en su teléfono.

     –Así gano puntos y consigo cafés gratis –explicó, sonriendo.

     Nos sentamos a una mesa junto a una ventana, apartados de los demás clientes.

     –Primero déjame darte las gracias por lo que hiciste, Fernando –me dijo seduciéndome con el tono de su voz cautivadora.

     –Cuando pasé junto a ustedes y me miraste, me pareció que me estabas pidiendo ayuda –le expliqué.

     Movió la cabeza afirmativamente.

     –Así fue. Necesitaba ayuda. Yunel estaba furioso y agresivo.

     –Cuéntamelo todo –la insté–. ¿Qué pasó entre ustedes?

     Hizo una pausa mientras bebía un sorbo de su café.

     –Es mi culpa –admitió–. Por ingenua, por tonta, caí en la trampa de ese desalmado de Yunel.

     –Soy todo oídos.

     Suspiró y comenzó a relatarme su historia.

     –Vinimos de Cuba hace 10 años, cuando yo era casi una niña. Queríamos escapar de la miseria, de la falta de oportunidades de mejorar, de una ciudad de La Habana que se caía a pedazos. No fue fácil porque tuvimos que vender todo lo poco que teníamos en Cuba para conseguir el dinero del viaje a Nicaragua y de ahí hasta la frontera de México con Texas, hasta el río Grande. Yo siempre soñaba con viajar y ver mundo, pero esa odisea no se la deseo a nadie.

     –Me imagino –comenté.

     –Tampoco nos ha sido fácil en Miami –continuó Yadira–. En Cuba veíamos las fotos y los posts en Facebook e Instagram de parientes y amigos aquí en la Florida y nos parecía que vivían en el lujo, y nosotros también queríamos ese esplendor. Tener una casa con piscina, un Mercedes nuevo como algunos de ellos, ir de vacaciones en un crucero…

     Movió la cabeza con gesto de frustración.

     –Pero al poco tiempo de estar aquí nos dimos cuenta de que tener ese lujo no era nada fácil. Un primo que siempre alardeaba de su buena vida y que se exhibía en su Maserati de último modelo, terminó en la cárcel cuando descubrieron que en el garaje de su casa en Kendall tenía un cultivo de marihuana. Un conocido estafaba al Medicare para vivir en la opulencia y manejar un Alfa Romeo. Pero casi todos nuestros parientes tienen que trabajar muy duro para sobrevivir, y ni pensar en comprar autos caros o vivir en Miami Beach o en Brickell. La vida aquí no es fácil. Sí, es cierto que la ciudad es deslumbrante; es cierto que hay muchas cosas con las que en Cuba ni soñábamos, pero todo eso cuesta, y la ambición descontrolada tiene un precio.

     –Antes era una ciudad más amable con los trabajadores –afirmé–. Pero han pasado muchos años, y muchas cosas han cambiado.

     Yadira tomó otro sorbo de café y suspiró de nuevo.

     –Tuve que dejar la universidad para trabajar cuando mi padre, después de tener otra hija con mi madre, nos abandonó y se fue a vivir con otra mujer. Nunca hemos tenido empleos que paguen bien, y mi madre y yo trabajamos largas horas para no quedarnos en la calle.

     Puso una mano sobre la mía. Tenía la piel suave y tersa.

     –Pero nunca renuncié a mis sueños –aseguró–. Sé que soy bonita…

     –Muy bonita –corroboré.

     –… y quiero ser rica –continuó como si no me hubiera oído–, triunfar, ser famosa. Lograr eso tampoco es fácil, pero me decidí y abrí cuentas en los medios sociales para subir fotos. Mi plan es ser modelo en Instagram, porque vi que si tienes miles de seguidores puedes llegar a ganar mucho dinero. Y en eso Yunel apareció en mi vida.

     –¿Cómo así? –inquirí.

     –Me contactó en los medios sociales. Es bien parecido, se viste a la moda, y además se presentó como alguien que podía ayudarme en mis planes. Así que nos hicimos amigos. Pero cometí un error –dijo, bajando la mirada por un segundo.

     –¿Qué error?

     –Me sedujo y me acosté con él –confesó–. Tiene ese BMW fantástico, conoce los mejores lugares en South Beach, en el downtown, y es atractivo. No me imaginé que estaba cayendo en una trampa.

     –¿Cuál trampa?

     –Yunel es un miserable –afirmó con un fulgor de ira en sus bellos ojos–. Me tomó fotos estando desnuda, y también en la cama con él. Después de salir un par de veces, no me gustaron cosas que decía o que hacía, y traté de romper con él. Pero hoy me chantajeó amenazándome con subir esas fotos a los medios y además con mostrárselas a mi madre y a mis parientes.

     –¿Y qué te propuso que hicieras para no revelar las fotos?

     –Que me convirtiera en su esclava sexual. Pero además el canalla extorsiona también a varias mujeres, obligándolas no solo a acostarse con él, sino también con otros hombres a cambio de dinero. De eso y de quién sabe qué otros negocios sucios vive ese degenerado.

     –¿Cómo lo supiste?

     –Me enteré hoy, cuando después de chantajearme me dijo que me iba a llevar a una fiesta. En el camino me explicó que allí estarían varios amigos suyos y que debía ser complaciente con ellos. Mi prima, por medio de sus amistades, había estado investigando los pasos en que anda Yunel y me texteó mientras yo iba con él en el BMW. Me alarmé al leer los mensajes, le dije a Yunel que no quería ir a ninguna fiesta, discutimos, amenacé con saltar del auto, y entonces entró en el estacionamiento donde tuve la suerte de encontrarte.

     –Me miraste fijo y tuve la impresión de que me estabas pidiendo ayuda –le expliqué–. Por eso me detuve y fui hacia ustedes.

     –Eras un desconocido, pero sí, te estaba pidiendo ayuda –confirmó–. Estaba desesperada porque Yunel se había puesto muy agresivo. No sabes lo agradecida que te estoy. No sé cómo darte las gracias.

     Le tomé la mano.

     –No te preocupes. Ayudar a chicas bonitas en BMW es mi trabajo.

     Se rio suavemente.

     –Pero debiste haberle dicho al policía todo lo que me contaste de Yunel –dije–. De todas formas, mañana iremos a la corte y debes revelarlo todo.

     Hizo un gesto de aprensión.

     –Tengo miedo –admitió–. Nunca he estado enredada en algo así, ni he puesto el pie en una corte.

     –No tengas miedo. Todo saldrá bien. A fin de cuentas, él fue el agresor y además te quería chantajear.

     –Sí, es verdad.

     Yo había terminado mi expreso hacía varios minutos y ella tenía su vaso casi vacío.

     –¿Quieres otro café? –invité.

     –No, gracias –respondió–. Prefiero ir a mi casa.

     –Vamos entonces. Te llevaré.

     Vivía en el Southwest, no muy lejos de la Calle Ocho, en un pequeño edificio despintado donde compartía un apartamento de un solo dormitorio con su madre y su hermana, pero donde al menos podían pagar el alquiler.

     En el camino acordamos a qué tribunal iríamos en la mañana a presentar la denuncia, la hora y otros detalles. Cuando llegamos a su edificio, saqué de mi billetera una tarjeta de presentación y se la di.

     –Llámame si me necesitas, a cualquier hora, en cualquier momento –le ofrecí.

     –Gracias, Fernando –respondió mientras guardaba la tarjeta.

     –Cuando entres en tu apartamento, llámame para saber que todo esté bien –le pedí.

     Me dio un beso en la mejilla, rozándome la comisura de los labios, y se bajó del auto sin darme tiempo a reaccionar. La vi caminar con su andar insinuante hasta la puerta del inmueble, donde se volvió para decirme adiós con la mano antes de entrar.

     Esperé unos segundos hasta que Yadira me llamó para decirme que estaba con su madre y su hermana.

     Cuando regresaba hacia la Calle Ocho por una avenida casi vacía, un automóvil con luces potentes apareció de pronto detrás de mí y avanzó por la misma vía, manteniéndose a unos 50 metros de distancia.

   «¿Me estará siguiendo?», pensé.

     Aceleré y el auto a mis espaldas hizo lo mismo. Entonces doblé en una esquina y tomé otra avenida. Para mi alivio, el auto no repitió mi maniobra.

     Llegué por fin a la Calle Ocho y me uní al río de vehículos en dirección a la Pequeña Habana. Mi instinto me alertaba, y con frecuencia miraba por el retrovisor para descubrir cualquier auto sospechoso. Pero era casi imposible determinar si alguien me seguía, porque aun cuando ya era noche cerrada desde hacía más de una hora, todavía el tráfico era denso. Nada extraño en una ciudad desparramada y populosa donde apenas se veía a personas caminando por las aceras, mientras las calles estaban llenas de autos.

     Después de pasar la zona de los moteles frente a un cementerio y cruzar LeJeune Road, vi de nuevo un auto con luces potentes lejos detrás de mí, a unos 100 metros o más. Aprovechando que el tráfico había disminuido, pisé el acelerador y crucé velozmente varias avenidas a lo largo de la Calle Ocho hasta entrar en la Pequeña Habana.

     El auto me seguía, pero ahora yo estaba en mi territorio. En la avenida 17 doblé a la izquierda y subí hasta la calle Flagler. El vehículo de las luces potentes hizo lo mismo. En ese momento pude verlo mejor que antes por el retrovisor de mi auto. Estaba casi seguro de que era el BMW de Yunel.

     Había decidido ir al edificio donde estaba mi despacho y no a mi apartamento, para confrontar al perseguidor bajo mis condiciones. Cuando llegué, detuve el auto rápidamente junto a la acera, en un espacio donde estaba prohibido estacionar, y me bajé después de sacar mi pistola de la guantera.

     Con el rabillo del ojo vi al BMW acercarse a toda velocidad y corrí hacia la puerta del edificio. La abrí y entré justo una fracción de segundo antes de que dispararan tres veces desde el automóvil. Las balas quebraron parte del cristal de la puerta, pero yo me había protegido tras la pared y escapé ileso. Alcancé a oír un grito de rabia:

     –¡Te dije que me la ibas a pagar!

     Eché un rápido vistazo a través de la puerta rota. El BMW se detuvo en medio de la calle y dos hombres se bajaron, pistola en mano. Uno de ellos era Yunel. Me había seguido para vengarse por la paliza que le había dado delante de la chica a la que pretendía chantajear. El otro era sin duda un matón a su servicio.

     La luz del vestíbulo estaba encendida, pero a esa hora todas las oficinas estaban cerradas. Yolanda, mi secretaria, se habría marchado mucho antes. Debía de haber un guardia de seguridad, pero no aparecía por ninguna parte.

     No importaba: yo conocía bien el edificio, y mis perseguidores seguramente que no, y esa era una ventaja a mi favor. En un pasillo a la derecha del vestíbulo había una pequeña puerta de servicio. Corrí hacia ella y salí por un costado del edificio, mientras montaba la Browning.

     Al doblar la esquina, vi a Yunel y a su compinche tratando de abrir la puerta principal, con cuidado de no cortarse con un cristal roto. No había ningún transeúnte en ese tramo de la calle.

     –¡Aquí estoy, Yunel! –anuncié con voz seca.

     Los dos hombres se volvieron inmediatamente, tomados de sorpresa. Se repusieron enseguida y me apuntaron con sus pistolas, pero yo disparé primero. El matón, alcanzado en pleno pecho, se desplomó en la acera. Yunel, herido en el torso, trastabilló, pero consiguió alzar su arma. Apreté de nuevo el gatillo y cayó de espaldas con un gemido de dolor.

     Con precaución me acerqué a los dos sujetos, sin dejar de apuntarles, mientras en la esquina opuesta varias personas observaban la escena con alarma.

     Yunel estaba inmóvil, y tenía los ojos muy abiertos, fijos en el cielo oscuro. Su cómplice, aunque malherido, aún respiraba. Saqué mi celular y marqué el 911. Poco después, escuché las sirenas de varios autos policiales que acudían a toda velocidad. Cuando los agentes llegaron, puse mi pistola en el suelo y levanté las manos.

 

 

 

 

 

 

 

El caso se resolvió con relativa rapidez en las semanas que siguieron. El abogado de oficio que me asignaron alegó que yo había actuado en defensa propia y el juez estuvo de acuerdo. Yunel no llegó con vida al hospital, pero su compañero, que respondía al nombre de Javier, sobrevivió y el tribunal esperó a que estuviera en condiciones de declarar.

Lo que contó corroboró las afirmaciones de Yadira. Javier era el cómplice de Yunel en un negocio turbio que involucraba la venta de servicios sexuales de jóvenes chantajeadas a sátiros con mucho dinero y muchos deseos. También vendían marihuana y estaban planeando cometer estafas usando los medios sociales. La noche de la pelea, cuando Yunel huyó, se apostó cerca para ver adonde íbamos, y nos siguió hasta el Starbucks. Allí llamó a Javier, que acudió enseguida, listo para secundar a su socio en su venganza. Nunca pensaron que las cosas podían salirles muy mal frente a un detective privado como yo, curtido en las calles de Miami.

Una noche, tarde, sentado en el balcón de mi apartamento en la Pequeña Habana, saboreé un café que había acabado de comprar en el establecimiento de la esquina mientras me fumaba un cigarrillo y reflexionaba sobre la agitada noche en que me había enfrentado al par de delincuentes. Yunel ya no estaba en este mundo, y a Javier le aguardaba una larga temporada en la cárcel, pero yo me había ganado un enemigo y debía estar siempre alerta.

Yadira había estado a punto de ser la próxima víctima de los dos rufianes, hasta que la casualidad, el destino o lo que fuera me puso en su camino. Haberla salvado me hizo sentir bien.

La había visto varias veces durante el juicio, cuando tuvo el valor de declarar con detalles su tortuosa relación con Yunel. No sabía si volvería a verla, pero de cierta manera me sentía responsable de su seguridad, aunque al mismo tiempo no quería inmiscuirme en la vida de una joven muy atractiva que podía tener un futuro magnífico.

Me quedé observando la calle, casi vacía a esa hora, y de pronto sonó mi celular, del que nunca estaba a más de diez pies de distancia. Cuando lo tomé, sin fijarme en el número en la pantalla, me saludó una voz seductora.

Andrés Hernández Alende

Andrés Hernández Alende (La Habana, 1953) es escritor y periodista. Ha publicado las novelas El ocaso, El paraíso tenía un precio, De un solo tajo, Bajo el ciclón y La espada macedonia. También ha publicado el ensayo Biden y el legado de Trump. Escribe una columna de temas sociales y políticos en la revista Suburbano, El Nuevo Herald (Miami) y Mundiario (España), y tiene un blog, El Blog de Alende.