El vuelo tras la resaca – John Coltrane. “Meditations”. 1966

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Cuando John Lennon hizo Number 9 en el disco blanco el mundo de la música ya había pasado por varias experiencias desconcertantes. En algunos casos producto de la especulación teórica como lo que hacía Piere Schaeffer, John Cage y Ornette Coleman.  En otros casos era el imprevisto efecto de un talento alucinado como el de La Monte Young, Dámaso Pérez Prado o The Velvet Underground.  “The Father And The Son And The Holy Ghost”, el track de 13 minutos con el que  abre “Meditations” de John Coltrane, forma parte de este último grupo.  Este corte suena a la grabación acelerada de una orquesta donde los músicos están recién calentando.  Podría ser también una banda de jazz musicalizando en trance un rito vudú o un grupo de niños de 8 años en ácidos dentro de una sala de ensayo.

TFATSATHG es un trompo que arroja acordes a una velocidad descontrolada.  Coltrane y Sanders tocan el saxo por separado en canales distintos, pero se entrelazan en un ascenso apasionado en el que dibujan las líneas del ADN o las serpientes de colores de la ayahuasca.  Para la mayoría esto puede ser un derroche de instrumentos tocados de modo vertiginoso e inconexo.   Muchos pedirán que se apague el equipo porque están con el cerebro aturdido por el desorden.   Para algunos será un medio a través del cual se desprende la mente del cuerpo etc.  El reto está en seguir el ritmo sin perder el equilibrio.

No escuches “Meditations” si tu intención es tomarte una copa de vino mientras seduces a otra persona.  Cuidado.  Como dice Robert Spencer, “si quieres música bonita, anda compra algo de Kenny J” porque acá lo que vas a encontrar desde el primer segundo es el arranque de una banda que se apodera con vehemencia de todo el ambiente, que perturba. Si sobrevives esos 13 minutos lo que se descubre es un álbum tan espiritual como “A Love Supreme”, no en un sentido religioso, sino en el de un éxtasis atonal que se consigue por los oídos.  Con los siguientes cortes baja la celeridad y aparece también la armonía.

Las etiquetas de free-jazz y avant-gard abundan cuando se lee sobre “Meditations”. Lo más acertado me sigue pareciendo lo que escribió Nat Hentoff para el empaque original de 1966: las emociones expresadas en este álbum no encajan en los conceptos tradicionales de belleza y simetría.   Coltrane logró esto añadiendo dos músicos a su formación usual. Lo acompañaron Jimmy Garrison en el bajo. Elvin Johns en la percusión del canal derecho, Rashied Ali en la del canal izquierdo, McCoy Tanders en el piano y Pharoah Sanders en el saxo tenor, los tamborines y las campanas. Coltrane, quien además colaboró en la percusión, terminó exhausto

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1965, año de grabación del álbum, fue el más fructífero del músico en términos de composición. Grabó siete sesiones que fueron saliendo como discos independientes todavía muchos años después.   Ello ocurrió porque para mediados de los 60s Coltrane ya no era más el talentoso saxofonista de las bandas de Miles Davis y Thelonius Monk.   Ahora disfrutaba de la libertad que tenía como estrella del jazz.  Desatado profesionalmente, irreverente en lo musical y místico en sus emociones, Coltrane no pensaba en hacer dinero sino en buscar nuevos modos de revelar sus intensos sentimientos a través del sonido.  “Mediations” es la muestra de alguien a quien le tomó duros años llegar a la cima, que no se muestra autocomplaciente sino que estiró las alas y se dispuso a saltar (Mario Reggiardo).

 

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