El último de los mariachis

Papi Saicos y SPEC. Foto: David Aguilar

Segunda parte de la crónica del Doña Pancha Fest 2018

 

 

 

Música de esferas que se parten

en la ventana me anclan

las notas

de su anónimo concierto.

Luis Jorge Boone, Bisonte mantra

22 de septiembre

Como el niño que pone la oreja en las vías del tren para saber si la locomotora se acerca. Una vibración que te sacude la cabeza. Las manos, en el cerco metálico. Una vibración tensamente enérgica. Como el empuje inverso o el gigantesco hoyo en una turbina de avión que lo motiva a realizar un aterrizajede emergencia. Un terremoto con la magnitud de 8.0 en la escala de Richter. Un centenar de orgasmos al unísono. La vibración de las vías del tren en la oreja de un niño de cinco años que anuncia el advenimiento de la máquina, su fuerza, potencia y ruido. Ese ulular de la valla es la señal de que César Castrillón alias “El Papi” —fundador de Los Saicos, la primera banda de Punk de Sudamérica—, está pronto a interpretar “Demolición” al lado de San Pedro el Cortez. Anunciados como la vela conmemorativa en la torta de los diez años del festival, ‘SPEC’ y El Papi entonan aquél himno como encore de un setlist atropellado, en el que el supuesto líder perturbador trata de pasar por encima de la mejor banda de México con un ego desaforado, dando erróneas ordenes sobre los acordes en los arreglos que ya habían ensayado días antes; aún así, “Demolición” suena Imperial. Un sonido grave que supera los 20.000 hercios, un sonido natural y no artificial, de mujeres y hombres convertidos en animales abajo y arriba del escenario. El clamor. Los ruidos más potentes del reino animal, el del cachalote, el mono aullador, el grillo amplificador, el camarón pistola y el de la cigarra en la noche, o bien, como el sonido en la explosión del volcán de Krakatoa en 1883… pero antes, tengo que contar cómo es que llegamos aquí.

273 cadáveres viajan en una calandria forense motorizada, instituida como nuevo medio de transporte turístico: el “Tapatio Death Tour”. Dentro, en el Foro Larva de Guadalajara, se respira un ambiente controlado de THC. Son las 8 de la noche, se confunde la civilización con la cultura, lo terrígeno con lo cósmico, el hombre antiguo con el hombre contemporáneo, y sus sonidos. Herencia, conciencia negra, diversidad de sangres, el fresco ruido de una esperanza inédita pulida en obsidiana y acetato, ídolos aztecas, el vuelo del golondrino, una alberca de lava, Rancho Shampoo y la Indian Dub Orchestra. Colectivo conformado por Cristian Franco, Valentín Torres, David Bautista Toledo, Julián González, Rodo Ibarra y Rubén Alonso Tamayo, provenientes del Cerro Sagrado de la Panocha, centro ceremonial más importante que el Cerro del Quemado de los wixaritari. Presentan en su set del Doña Pancha parte de El Vuelo del Golondrino (2013), su álbum debut publicado por Static Discos y la Indian Gold, y parte del Alberca de Lava (2015). Música para detener el tiempo, para celebrarlo un poco. Dibujado todo en una espesa bocanada de humo expedida por el calumet, humo que esboza el décimo cielo del subterráneo, humo de los sueños que nos acunan, la clandestinidad del pasado, la materia que regresa a su costumbre, un tenso instante de expectantes ojos rojos y los pies que danzan sin aplazar su consumo. Un instante mágico, pese al lugar común, una posibilidad para el pensamiento abstracto, la danza y la concordia en el corto setlist de un proyecto conceptual de posibilidades sonoras infinitas, y justo como se lee en la Americana (1971) de Don Delillo: “Nos sumergimos en humo y en música a todo volumen. Así es como nos gusta vivir, y estoy dispuesto a defenderlo todo”.

Compactados en sendas bolsas de plástico negras, apilados, van los cadáveres. Deambulan en una unidad del Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses, sin acomodo, sin rumbo. Una rectangular bomba de tiempo sobre las avenidas más concurridas de la Perla Tapatía. Personas fallecidas no reclamadas. Indolencia, insensibilidad y abandono. Putrefacción turista que envenena el aire rosa de la Avenida Chapultepec.

Papi Saicos me dice que sin saberlo se convirtieron en la primera banda de Punk. Mientras que los Beatles hablaban simplonamente sobre el amor en dulces metáforas de leche, Los Saicos gritaban loores al desgobierno. Sus letras hablaban de animales personalizados. Compusieron en español sólo porque no sabían inglés, simplemente no les interesó el idioma. “Se decía que para ser cool tenías que estar de acuerdo con el idioma universal del rock, y ese era el anglosajón”. Cantar en español era tabú y eso era precisamente lo que estaban buscando. César Castrillón fue un joven reprimido por las tradiciones; el baile y Elvis Presley lo convirtieron, lo sacaron a mostrarse, a moverse en quien realidad era. No existe una disciplina para bailar rock, señala, sólo que los pies se muevan para que el cuerpo los siga.

Soy aquel niño que pone la oreja en los senderos del tren. Cierro los ojos y siento la fuerza, la oscilación, la máquina. La valla de contención es ya una sierpe metálica que ondea con una potencia que nunca antes había sentido. El ruido está presente: vamos a hacer historia.

La batería de Mario Alarcón en primer plano, estoica, posesa, después las guitarras de Aris y de Diego, empíricos y fantasmales aún como en aquella época de sombreros grandes y agujetas fucsias, luego el grito de Castrillón, sustraído de Edwin Flores: “TA-TA-TA-TA-TA-YA-YA-YA”, un grito lerdo que da comienzo a la noche anarquista de adrenalina, complicidad y moretones. Frenesí comunitario. Prendedores metálicos que vuelan en desconcierto, playeras brunas rasgadas y litros de cerveza despedidos por el aire violentamente. Belleza juvenil. Caer y levantarse, levantarse y caer. La vida es pogo y es slamy en este momento todos estamos vivos en la crónica de un instante indestructible. Un relámpago para coleccionar.

Para mí está bien. Dos metros de llano piso. Dormir. Un cuarto de hora que se extiende durante todo el setlist de los metrosexuales de Maniquí Lazer. Aparecen los fantasmas otra vez. Rostros que se desvanecen. El eco de las sonrisas y los giros encabronados del slam… pero yo ya no estoy aquí. La muerte itinerante ha cambiado la fe de la ciudad, como escribió Said Esber, esta piedra donde descanso es la cabeza de un niño y este humo cannábico es un suspiro humano. Duermo mientras la locomotora pasa a mi lado, y tiene que silbar mucho tiempo la máquina en mis oídos para arrancarme del sueño, y tiene el tráiler de la muerte que rodar por dos o tres generaciones más, para hacer andar a la muerte por la Guadalajara caníbal.

Alfredo Padilla

Alfredo Padilla (San Luis Potosí, 1983). Estudió Comunicación en la Universidad Mesoamericana. Narrador. Autor de los libros Una pastilla más para que pase el dolor (Editorial Ponciano Arriaga, 2015), Monólogos de un niño inconforme (Casa Editorial Abismos, 2017) y Guadalajara Caníbal (Paraíso Perdido, 2018). Es colaborador de las revistas Yaconic, Letras Explícitas, Nexos, Playboy México, Vice en Español, Noisey MX, La Tempestad, Gatopardo, Penúltima (España), Yo también soy Indie (España), La Revue littéraire (Francia), Sabotage Magazine, G_lfa, Operación Marte, Cream, Marvin, Clarimonda, Juguete Rabioso, México Kafkiano, SOMA, Erizo, Revés, Siempre!, Crash, Desiertos Intactos y de los periódicos Diario Norte de Ciudad Juárez, Hoy Los Ángeles y Los Ángeles Times en Español (EEUU), así como del medio alternativo Escrituras Indie (Argentina) y de los fanzines Punkroutine y El vacío. Ha sido incluído en las Antologías Lados B. Narrativa de alto riesgo (Nitro-Press / Ponciano Arriaga, 2015) y Ocho narradores de San Luis Potosí (1980-1984) de la revista Punto de Partida de la Universidad Autónoma de México (2016). Escribe una columna quincenal para el sello editorial Suburbano de Miami, FL, titulada Underground.

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