El repiqueteo de la bola que murmura

No tengo ni idea de si Marty Supreme existió o no, y no me importa. Solo necesito, solo te pido, que pongas tu culo en una butaca. Y lo hago por amor a la humanidad, por pura filantropía. Porque cuando brindo no lo hago por la paz mundial como Andie McDowell en una caafetería de Punxsutawney ante un voluntarioso Bill Murray, sino que brindo por que todo el mundo llegue al cielo. Y estás a una entrada de cine de conseguir plaza en ese tren.

Mientras tecleo esto en un vagón del metro de Boston que tiene pinta sesentera y que he adivinado desde el andén antes de que lo anunciara la megafonía porque hiede a marihuana más que la cafetería de una facultad de letras, la ciudad está aguantando la respiración. Un cambio de vientos hace unos días nos ha lanzado una tremenda tormenta de nieve, parecida a la que atrapa a McDoweel y Murray y que promete romper esta misma noche, así que pasaremos el tercer domingo del tiempo ordinario y la semana entrante, que era la primera de clases, encerrados en casa, rodeados de cuarenta pulgadas de esa “mierda blanca”, como la llamaba un cubano invención de Gomaespuma.

La ciudad, entre portuguesa e irlandesa, entre universitaria y sindicalista, provinciana y cosmopolita, que vota demócrata pero comulga católica, hoy parece otra, arqueada en la expectativa. En el supermercado esta mañana no quedaban productos frescos, desde anoche recorre la calle un vendaval que duele en la cara como si fuera hielo y quizá en ese espíritu apocalíptico, unos doscientos jóvenes, insultantemente jóvenes, la mayoría parejas, han decidido refugiarse, aprovechando que todavía no han cerrado las carreteras, en una sala de cine, a orillas del Common —una pradera verde que cuando me sumergía en los túneles del T (rapid Transit) hace unos minutos, aún lucía coronada de luces navideñas, que mañana, me temo, habrá que dar por perdidas—.

Los túneles brindan un refugio cálido y apestoso, y este tecleo me libra de leer alguna de las críticas a la película, que adivino típicas y razonadas: realizarán paralelismos evidentes, se centrarán en el ritmo y lo calificarán de desenfrenado en exceso o en el tono cínico de farsa del que, dirán, a ratos sufre la cinta. Y confundirán la tensión de rata propia de la picaresca, el sinsabor posmoderno que colorea el mundo del XXI, con defectos narrativos, las cualidades de un arte desconocido a aquellos envueltos en las seguridades de una casa en propiedad, una familia estructurada y la promesa de una jubilación.

Pero dará igual. En el silencio absorto que se ha apoderado de la sala durante un par de horas he caído en que el mejor arte es popular. Que a Dickens lo despreciaban por folletinesco porque hasta los analfabetos, el populacho, juntaban sus sueldos para comprar religiosamente los números seriados de David Copperfield y, pringando para que los leyera en una taberna o en un salón, algún funcionario ojeroso, algún predicador callejero, se aseguraban de no perderse sus aventuras, la deshonra de la pequeña Em’ly o el desenmascaramiento de ese pelirrojo avaro Uriah Heep. Y no me sorprende que me venga a la cabeza esa novela y no otra, porque algo de pícaro tenía aquella autobiografía a medias, y mucho de Lazarillo tiene la película que firma Josh Safdie. Quizá es que el crítico por definición desconoce la tensión obsesionante del dinero, su poder para concentrar los esfuerzos de los desposeídos, la locura sana de aquel que sabiéndose digno persigue su dignidad cegado a todo lo demás.

Uno se pregunta que más necesitaban los decimonónicos para reconocer a un clásico. Yo me aplico el cuento y doy por suficiente que hace un rato no se oían más que sobresaltos, risas y suspiros de los chavales que me flanqueaban en la sala. La generación adicta a TikTok, con desórdenes afectivos varios por la sobrexposición a pantallas, filtros y pornografía desde los ocho años, estaba arrebatada viendo a Chalamet luciendo entrecejo sefardita y repartiendo I love you con frecuencia digna de santo. Porque una película sin pechos desnudos, ni superhéroes en mallas y frases hechas, sin recordatorios constantes de la trama, ni causa política que los comprometiera, les ha tenido sentados aguantando la respiración dos horas y media, 150 minutos. Y en unos días, cuando reabran las clases, un dinámico profesor les rebajará la materia y se la dosificará entre Kahoot y pausas, porque hay no sé cuántos estudios diciendo que la capacidad de escucha no la pueden mantener ya más de veinte minutos.

No niego la mayor, seguro que esta es la peor generación de todas. Nadie puede sostener que el desastre neuronal que les han legado sus padres con la excusa de hacerlos nativos digitales, poniéndoles reality TV a los seis años y una tele en la cocina, tenga remedio didáctico, ni psiquiátrico. Pero es también la generación que vuelve, por desamparada, a creer en lo espiritual, y de eso estamos hablando.

Doscientos congéneres se han curado del todo entrando en un templo, guardando silencio y viviendo una catarsis con final de comedia de Menandro. Y en este templo la divinidad era Marty Supreme, hemos asistido a un mito, se nos ha ofrecido el relato de un héroe que adquiere sus atributos: la pala de ping-pong, la fama criminal, la pelota naranja. Los antiguos solían divinizar a los deportistas. No hace mucho en uno de los seminarios de Bolyston Hall, hogar de las filologías en Harvard, oía en un inglés cavernoso con acento húngaro que el oro era parte de ese proceso de divinización y se hacía presente en las narraciones, como lo está también, en su apariencia verde contemporánea, en las aventuras del judío pobre que racanea un hotel, un vuelo, una cama, una multa. Toda divinidad tiene sus patrocinios y Marty se postula para el de la generación del final de los 90 y los primeros 2000: la primera en décadas más pobre que sus padres, la que está desprovista de las redes de seguridad sobre las que construyeron su vida las anteriores.

Una masa de devotos se había congregado en busca del secreto para pasar al más allá. Y por toda respuesta solo se oía, entre canciones anacrónicas, el repiqueteo constante de la bola murmura: dinero y vida, vida y dinero. El ritmo que atrapa a los hombres.

La divinización, la oración completa, aunque participada en coro por toda la sala, viene firmada, como siempre, por un poeta. El que ha obrado el milagro es Josh Safdie, que es el que me ha traído a mí esta noche, y que ya compuso otro canto a esta misma constante, exactamente el mismo logos, con Uncut Gems (2019). Aquella recorrió los corrillos cinéfilos pero escapó a la atención general, quizá porque su protagónico Adam Sadler —un joyero judío incapaz de refrenar su avaricia— invitaba al desprecio y la conmiseración, más que a la veneración. El Oscar seguirá resistiéndosele y le caerá probablemente al joven Chalamet. Al final, tenían razón los antiguos, para divinidad solo valen los atletas.

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