El impala rojo, sus velocidades y un flashback, desde la ventana del copiloto del libro de Antonio León.

Si volteas hacia el lado azul,

verás la estupidez inexorable del mar y sus predadores naturales,

 los poetas.

Antonio León

A la memoria de Miguel Bojórquez.

 

 

Kilómetros atrás

Lo curioso de todo esto, del nombre de este libro, es que conocí a Toño en un coche. Una camioneta para ser precisos. Había una banda de rock, un joven Johnny Cash, un muralista, un staff, el chofer, Toño y yo. A mitad de una solitaria carretera en Sinaloa, pasamos por él a un tendejoncito que no tenía más que un tráiler aparcado en una ancha acotación, con el capote abierto, y un barbudo trailero. A pocos minutos se nos ponchó la llanta. Toño todavía nos dijo: ¿quién lee a Conny Méndez? Más tarde nos siguió un puntero del narco, nos mantuvo en línea por casi la mitad del trayecto, hasta llegar a Cosalá. Toño, para esto, ya había dicho que, en aquella travesía, invitados por el Instituto Sinaloense de Cultura, gracias a Jesús Ramón Ibarra, nadie nos iba a pelar. Y así fue.

Así conocí a Toño León.

Ya después, internados en el toquín del compita bastante talentoso de la guitarra, tocó el turno del poeta Antonio León, originario de (Maneadero, Ensenada, Baja California, 1977). Subió al escenario, nos dedicó la lectura a los 8 o 7 que ocupábamos un lugar entre la audiencia de silla vacías, y leyó:

no nos van a leer

puedes pensar que la tercera edad

es el cabello blanco a los cincuenta y dos

pero no te leerán

(…)

no te van a leer, aunque tengas cáncer de páncreas o de ovarios

(…)

no van a leerte

cuando te pelees con los otros poetas de la fiesta

porque son unas perras vanidosas del like

y tú vives la poesía           sudas la poesía

dejas de trabajar              como si tuvieras talento

ruges y hablas en poesía

(…)

hijos de la chingada

debieron leerlo

su legado estético es vasto

como el de Mick Karn y su banda

aunque ustedes preferían a Duran Duran

Que en palabras de Adán Echeverría, copio aquí: hay que rescatar y compartir el enorme poema que ha titulado “Mick Karn” en que el poeta revitaliza todo el drama narcisista de muchos artistas y lo resume en el mantra: no nos van a leer, reuniendo una variada cantidad de ejemplos y frustraciones del arte contemporáneo, tal como la vida del bajista chipriota de la banda Japan, Mick Karn, reconocido por otros músicos como «el mejor bajista de Gran Bretaña», pero que no tuvo dinero para poder ser atendido del cáncer que le quitara la vida.

¿Que por qué hablo de otro libro que no es el que presentamos esta mañana? Porque antes de, no podía dejar de mencionar este poema, que fue con el que más de la mitad de todos los poetas de México, y del mundo, nos identificamos. Esto en México es una realidad: no nos leerán.

Y así, con Toño, surgió una amistad de mensajes de texto, likes y recomendaciones digitales. Hasta llegar a esta segunda parte, que es ya, la de mis breves anotaciones de su road poetry (que tanto me fascinan) de El impala rojo.

Un auto de todas las velocidades

Un coche siempre implica un viaje. O al menos, para mí, es lo que me supone. Y más si es un Maverick, un Valiant o un Impala. Cualquier cinematógrafo elegiría un coche así para su road movie. Recordemos el Chevrolet Chevelle Malibu SS Convertible, 64 en Pulp Fiction; el Dodge Dart, 80, que manejaran Diego y Gael con la Verdú en Y tu mamá también; o el Ford Gran Marquis, 82, que Octavio chocaría en Amores Perros; y bueno, incluso, aquel Lincoln Continental Coupé, modelo 1941, donde acribillarían a Santino Corleone, en El padrino. No es casualidad que estos coches sean los preferidos para los grandes clásicos.

Pero qué le supone a Antonio León un Impala rojo. ¿A chicas que eructaban después de pegarse a los tanques de gasolina?, ¿a un último animal?, ¿a la vuelta vertiginosa entre un pintor y una modelo?

El impala rojo es un viaje a orilla de playa de Baja California, donde múltiples elementos marinos se asoman desde las ventanas del lector, y en el que deambulan dos personas principales Lucian Freud, un pintor y grabador británico y Leigh Bowery, una artista del performance. Así como muchos otros personajes más que durante todo el libro irán apareciendo.

Podría catalogar este libro como un libro de literatura negra. Toño se ha atrevido a romper lo establecido y a hacer de la poesía no sólo un juego de palabras, de ritmos y metáforas, sino de sentidos contrarios, sarcasmo, risas incontrolables, denuncias.

Es pues, este Impala rojo un diálogo con la muerte, con los fantasmas que se nos atraviesan en el camino, con las sillas que se mueven y los picaportes que giran. Es también mirar al asesino frente al retrovisor y saber que todos estamos dispuestos a la eternidad, aunque nuestros epitafios marquen una fecha de muerte como la de Leigh Bowery. Porque no sabemos si habitamos a nuestro yo desde otro plano y nos hemos encontrado en el camino.

Este libro es edificar tanto la felicidad de los caminos como decantar tristezas, o devenir en lágrimas. Los personajes que aparecen en este viaje, han de llorar en el asiento trasero del Impala. Quizá León, haya querido decirnos, que la tristeza es triste porque poco le llega del sonido de una canción de Johnny. Porque en los asientos traseros del Impala siempre habrá alguien que llora. Aunque nada exista. Aunque creamos que nada viaja con nosotros.

Fernando Trejo*

Texto leído en la presentación del libro, en el marco de la II Feria Internacional del Libro UNICACH 2019.

Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.