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‘El honor es una mortaja’, un libro lleno de filias.

El honor es una mortaja.

Carlos Bassas.

Editorial Almuzara, colección Tapa Negra.

VII Premio Ciudad de Carmona.

218 páginas.

El honor es una mortaja - Carlos Bassas

La buena literatura, a mi entender, es aquella que se empapa de obsesiones. Mario Vargas Llosa denomina ‘diablos’ a esas obsesiones, y recomienda a los autores no acudir nunca a tratamiento psicológico, no sea que la salud mental los exorcice y se extinga la materia prima literaria del planeta. Yo estoy convencido de que cualquier tipo de libro puede colmarse de diablos: autobiográficos o de género, poéticos o de género, filosóficos o de género. El honor es una mortaja, segundo libro publicado por Carlos Bassas (Barcelona, 1974), y ganador del VII Premio Ciudad de Carmona de novela negra, no debe llamarnos a engaño: tiene la apariencia de un policial funcional, en el que prima el entretenimiento; sin embargo, en cada página el autor derrama una buena cantidad de revoltosos demonios que sin duda llevan muchos años macerando en su mente.

Carlos Bassas nació en Barcelona pero ha residido casi toda su vida en Pamplona. Y esta arquetípica ciudad provincial, noble de aspecto y tradiciones, cargada de simbología e identidad, toma el nombre de Ofidia para convertirse en el primero de los demonios que pueblan la novela. Una ciudad encantadora en forma y opresiva en fondo. Tan ordenada como las fotografías de las revistas de decoración, en las que un simple calcetín fuera de un cajón equivale a un holocausto nuclear.

carlos bassas

Este luminoso escenario propone un interesante contrapunto para la personalidad ambigua y oscura de los personajes que en él se mueven, protagonistas clásicos del policial: un asesino misterioso al que le cuesta mucho matar; el inspector Heródoto Corominas y su ayudante Vázquez; el detective privado Alberto Pujades y una horda de pequeños matones que conforman el séquito del mafioso Monteanu.

Carlos Bassas ha dedicado la mayor parte de su vida a crear y estudiar obras cinematográficas. Ha escrito guiones y críticas, ha desempeñado labores técnicas en rodajes y posproducciones, ha formado parte de jurados y ha impartido clases sobre este arte. La cinefilia es otro demonio presente en la novela desde la primera hasta la última palabra. La estructura narrativa responde a lo que se exige a un buen guión de cine, con unos puntos de giro magistralmente escogidos que hacen gala de una gran virtud, actualmente escasa: la de coger al lector por sorpresa. Pero además, las escenas están descritas de una forma tremendamente rítmica y sensitiva. Como si el autor se hubiera dedicado a ordenar, en una sala de montaje, planos previamente rodados. Y también hay homenajes muy concretos que el lector encontrará en algunas páginas de la novela, a poco que se esfuerce.

Por último, Carlos Bassas es un chiflado de la cultura japonesa. Sí, uno de esos tipos. Desde hace años practica y enseña alguna de esas artes marciales de nombre impronunciable y normas enraizadas en la tradición y el espíritu.  Todo lo fascinante del modo de pensar japonés (tan correcto, tan incorrecto) se encuentra volcado aquí, en El honor es una mortaja. Desde el mismo título, entendiendo el honor como un deber que se espera de uno. ‘Se espera’, impersonal. ¿Quién espera que uno actúe de una forma tan extrema? Allí está el dilema del honor, el gran tema de este libro, que podría ser confundido con la venganza. La diferencia es que la venganza brota de uno mismo, mientras que el honor queda impuesto por unas circunstancias misteriosas e inaprensibles.

Un libro dinámico y profundo, solucionado con una destreza inusual hoy día. Pero sobre todo, un libro lleno de demonios o (llamémoslos ahora así) lleno de filias, lleno de un sentido homenaje a todo aquello que uno puede amar en la vida.

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