El hijo del Capitán que no quiso navegar

En 2002, Miguel Bosé lanzó el álbum El Hijo del Capitán Trueno, y con él, una de sus canciones más personales, ambiguas y poéticas. El título remite de inmediato al legendario héroe del cómic español de los años 50, pero Bosé no está interesado en el heroísmo clásico. Lo que le importa es la herencia, la identidad, el rechazo del mandato paterno. Esta canción no es una oda al valor, sino una balada de la diferencia, una celebración del hijo que decide no seguir los pasos del padre, que se sabe distinto y lo abraza con orgullo.

De niño, a Miguel Bosé le fascinaban los cómics de El Capitán Trueno, pero su padre —el torero Luis Miguel Dominguín— detestaba que los leyera. Le parecía una afición poco viril, falto de hombría, y ese pequeño conflicto familiar anticipa el tema central de la canción: el hijo que no cumple con las expectativas del padre.

Desde el inicio, la letra establece la disonancia: «Nunca fue un hijo digno del padre / salió poeta y no una fiera». El hijo del Capitán Trueno no es marinero, ni valiente en el sentido tradicional. No se embarca en aventuras, prefiere levantar preguntas. Su valentía es otra: la de no encajar, la de afirmarse raro en un mundo que venera la norma.

El personaje de la canción se aleja del canon heroico y se refugia en el mar, no para conquistarlo, sino para contemplarlo. «En el océano me pierdo / Veo el océano y no sé / tan increíblemente inmenso / tan respetable / que no navegaré». Esta renuncia no es cobardía, es reverencia. Es una declaración de principios: no todo está hecho para ser dominado. Hay mares que es mejor admirar desde el faro, con respeto, con amor.

Musicalmente, la canción mezcla elementos de balada pop con un ritmo acompasado y envolvente, que refuerza la sensación de estar flotando en un espacio simbólico, entre ballenas y sirenas. La voz de Bosé, profunda y matizada, construye un personaje lleno de ternura, misterio y libertad.

Hay una dimensión queer en la canción que es imposible pasar por alto. El hijo del Capitán Trueno lleva anillos, pendientes, y «mucha pinta de raro». Pero en lugar de esconder su diferencia, la exhibe. Y no solo eso: la convierte en arte, en canción, en conquista. «Con arte seducía a todas las sirenas». La rareza, lejos de ser un defecto, es poder.

El hijo del Capitán Trueno es, en el fondo, una canción sobre la identidad elegida, sobre la belleza de no pertenecer, sobre la valentía de cantar desde el margen. En un disco que marcaba una etapa de madurez en la carrera de Bosé, esta pieza se siente como una declaración de principios. No hay que ser como el padre. No hay que navegar todos los mares. A veces, ser el raro en el faro es el acto más valiente de todos.

 

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