El diario de la morfina

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Más que como narrador o psiquiatra, Géza Csáth (Hungría, 1887-1919) pasará a la historia como monstruo. Un monstruo que se iba autodestruyendo a la misma vez que escribía sus textos. Sus relatos, siempre cortos y torcidos, atravesados por esa “bilis negra” tan propia de la vanguardia centroeuropea, no nos hablan sólo de su cinismo o adicción a la morfina (los “veinte millones de años de eternidad” que la droga, según Csáth, otorga a todo aquel que la consume), sino, sobre algo más profundo o contracanónico, una suerte de desidia hacia la escritura, un hastío.

Hastío que en su caso tendrá más que ver con el autoanálisis: el autoanálisis de aquel que sólo aspira a autodestruirse, y lo llevará, pathos más ironía más fisiología, a intentar modelarse a sí mismo como un déspota. Es decir, alguien incapaz de respetar a nadie y que sólo se concentra en sus “bajos instintos”, tal y como la moral tipo siglo xix definía al coito. Alguien capaz de matar para obtener su porción cotidiana de morfina.

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Su Diario, libro de culto ya bajo el apagón comunista en Hungría, no son más que las notas que József Brenner (verdadero nombre del escritor, músico y dramaturgo Géza Csáth) tomó durante los dos años que trabajó como psiquiatra del Sanatorio de Moravcsik entre 1912 y 1914. Años en que se acababa de licenciar de medicina y cimentaba su pertenencia al reconocido grupo literario Nyugat, uno de los renovadores de la literatura magyar en el siglo pasado y de donde saldrían a posteriori escritores tan importantes como Mihaly Babits, Gyula Krúdy, Margit Kaffka o Frygies Karinthy.

Pero, más allá de todo lo que informa su Diario, ¿quién era en verdad Géza Csáth? ¿Pudiera compararse su libido, su fetichismo, su enfermedad, sus violaciones a la de un Barba Azul, un Wilmot, un Sade o, más cercano en el tiempo, a la de una suerte de Genet agresivo e infiel a todos?

Por lo que cuenta Dezs? Kosztolányi (ver el epílogo del Diario), en la misma medida que Géza Csáth fue entrando en su mundo: el de la morfina, el de la pasión-odio por Olga (esposa y cómplice), el de la paranoia, el de la suspensión de las pastillas a sus pacientes, el de la gordura, se fue proporcionalmente alejando de todo y todos, cosa que hizo que muriera a los treinta y tres años en lo que intentaba llegar a pie a Budapest mientras, en el pequeño hospital psiquiatrico donde por intento de suicidio fue ingresado, lo buscaban por haberse llevado consigo además del chaleco, el gorro con el escudo de “la noble y soberana Hungría”. El gorro-institución. Institución donde a todas luces le negaban La Gran M, como clasifica varias veces en su libro al derivado del opio, y donde temía, por cierto, quedar encarcelado o recluído.

“Es una vida enormemente asquerosa, despreciable. Soy tan detestable, débil y patético que hasta me extraña que Olga siga queriéndome y no me engañe. Que no se haya hartado definitivamente de mi voz débil, apagada, de que continuamente me mire en el espejo (es el movimiento reflejo, propio de mi complejo de salud), de mi pene cínico y arrugado, de mi cara demacrada, de mi habla sin genio, de mi vida impotente, sin trabajo, de mi existencia sospechosa, de la impudicia con que me retiro largos ratos en el váter varias veces al día, de mi ignorancia. Creo que además apesto porque tengo el olfato deteriorado y no percibo el olor ni de mi culo sucio, ni de mi boca pestilente”

Sin embargo, más allá de ciertos momentos de autocompasión, lo que convierte al Diario en pieza única es, ante todo, su principio de crueldad, ese deseo de construirse a sí mismo como ente perverso. El doctor Csáth, no sólo fuerza, humilla, martiriza y destruye hasta donde la ciencia admite a sus pacientes ?todas mujeres y todas debido a la sacralidad médica: vacas listas para el matadero? sino que apunta incluso en él los orgasmos que le ha provocado en la última semana a su mujer (a la que terminará matando de un pistoletazo junto a su hija), las dosis de morfina que ha podido sumar a su interminable lucha con lo cotidiano, el asco que le provocan otros médicos o personas afines, su juego con las situaciones masoquistas o humillantes, los nuevos moratones que le han producido en el cuerpo los pinchazos de la última semana o su fascinación por la droga y el viaje que ésta produce. Viaje que entre otras cosas asume como una suerte de educación filosófica, una preguntica por el límite y el saber.

Educación negativa que ha tenido en la literatura muy pocos seguidores (el último ejemplo fue el de los libertinos franceses), y convierte al apuesto Dr. Csáth, tal y como le gustaba que sus pacientas-amantes-víctimas lo describieran, en un bicho extraño. No sólo por su buena prosa: la prosa de un escritor que lucha de alguna manera para no serlo. Sino, por ese “trabajo” que hizo consigo mismo y esa descripción de la crueldad como casi ningún libro antes ni después de él ha mostrado. Una crueldad más allá de la ficción y atravesada por el bios propio: el de la privacidad y el de la experiencia. Una crueldad tan grande como el cuchillo de un carnicero húngaro.

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