
¿A qué velocidad viajan los sueños sobre un Honda Civic del color de las cerezas? Esta vez recorrimos más de trescientos kilómetros persiguiendo el ritmo de tambores distantes. Nuestro destino era la comunidad de Manawan, ubicada en la parte superior del Río San Mauricio, bien al norte de Montreal y a más de cinco horas de la Ciudad de Quebec. En el territorio de Manawan habita el pueblo Atikamekw, que habla una lengua autóctona ligada a otras familias de lenguas algonquinas como el Cree y el Ojibwa. Teníamos por objetivo asistir a la celebración del Powwow, una gran fiesta que honra la herencia ancestral de los pueblos originarios de Norteamérica a través de diversas actividades culturales.
Este es el tipo de aventura que jamás imaginé emprender en mi vida, pero que se materializó gracias al amor en los tiempos del verano boreal. Anma me invitó a participar en este inusitado plan de vacaciones. Yo me apunté con ese entusiasmo incauto que me provocan las apuestas a ciegas. El camino para llegar a la reserva no era fácil, el último tramo comprendía más de ochenta kilómetros sobre una calle de lastre en medio de la nada. Algunos 4×4 nos rayaban como volátiles estrellas de diésel. Notamos como el tendido eléctrico desapareció con el asfalto y adivinamos el inminente estado de abandono. De pronto comenzó a diluviar como si Thunderbird –el Pájaro Trueno– nos pusiera a prueba. No nos quedó más remedio que orillarnos hasta que la tormenta escampara.
Llegamos al pueblo sanos y salvos, pero al borde de un ataque de nervios. Estuvimos dando vueltas un poco perdidos y sin saber leer los carteles. En un minisúper nos guiaron hasta el campo donde los eventos tendrían lugar. Nos dispusimos a montar la tienda. Al terminar, acomodamos nuestras sillas plegables como los reyes de un vídeo de Depeche Mode. Alrededor, iban llegando más visitantes, se alzaban las tiendas de campaña y se ajustaban los ranchos, los equipos y los escenarios en vísperas de la fiesta. Anma leía quedamente una novela que sostenía en una mano, mientras que en la otra aferraba un vaso de vino, más que merecido, ya que le tocó manejar toda la ruta. Como estudiante, se me permite conducir en Canadá con la licencia de Costa Rica, pero me vine con el permiso vencido, por lo que no era más que un carné vagabundo en mi billetera. Sopesando mi inutilidad, el sol me daba de lleno en la espalda como golpecitos de la tarde que se despedía e impulsaba mi lápiz sobre un diario que no le temía a la noche desconocida.
Al día siguiente, nos levantamos a las cinco de la mañana para participar en la Ceremonia del Sol. Reunidos alrededor de un fuego que no debía extinguirse durante aquellos días, un anciano ofició en su lengua un ritual que consistía en agradecer la salida del sol. Alistó un par de largas pipas con tabaco para purificarnos. Nos dio de fumar y se largó a cantar. Otra señora entonó una canción que luego nos tradujo en inglés. Se trataba del mito de los tres hijos de Thunderbird –el Pájaro Trueno–, gigantes poderosos como las tormentas. Su padre les encargó encender un fuego hacia el cielo para guardar la naturaleza. El primero de los hermanos logró prender el fuego al pie de una montaña, el segundo consiguió que su fuego se elevará como una columna hasta el cielo, pero el tercero, al intentarlo, vio como su fuego no ascendía, más bien se inclinaba hacia los lados como un viejo tronco a punto de caer. Enojado a causa de su fracaso, mató a uno de sus hermanos y fue el causante de todos los males de la humanidad. La señora señaló la similitud con el mito de Caín y Abel.
Terminada la ceremonia, desayunamos y fui a dar una vuelta con Anma por los alrededores de un lago cerca del campo de actividades. Basura, botellas de licor, chingas de cigarro o de mota a punto de encender los matorrales, condones usados tirados entre senderos descuidados, todo un conjunto de erráticas evidencias que me dejaban un sin sabor. ¿Cómo una cosmovisión así de profunda chocaba con un desamparo tan arraigado? ¿De qué manera sanar la esperanza de un pueblo después de tantas agresiones?
Volvimos para mirar cómo comenzaba oficialmente el Powwow. El evento se desarrollaba en un escenario circular con pequeñas gradas en la periferia. En el centro del círculo, se colocaron tres tribus de cantores de robustas cuerdas vocales que, por turnos, entonaban cantos tradicionales acompañados de sus tambores. Se inauguró la fiesta con una danza sagrada de bendición del escenario que no debía ser grabada por los celulares, como pidieron expresamente los encargados. Luego ingresaron los estandartes de las comunidades, las autoridades y las organizaciones autóctonas. También hubo discursos: una nueva encargada de luchar por la igualdad de la salud tomó la palabra y mencionó casos reiterados de discriminación en centros médicos con consecuencias fatales.
Entre trajes coloridos con cuentas de colores, plumas, sonajeros y maquillaje, se dieron cita personajes de la comunidad que bailaban al compás de los tambores y las infatigables cuerdas vocales del coro. Durante el resto de la tarde, las danzas se repitieron y hacia el atardecer los organizadores invitaron al público a participar libremente. Animado y de mejor humor, me pareció escuchar que toda esta representación guardaba un simbolismo cosmogónico: somos como estrellas que giran en el universo y la dispersión del escenario y los bailarines recuerdan este movimiento sideral de nuestros orígenes…
¿Será por esto qué busco la divergencia de la danza, el coro apabullante, la otredad vuelta columna de fuego hacia el firmamento? ¿Será este empuje de estrella errante lo que me lanza más allá de lo evidente? Si solo me conformara con lo dado, no hubiera cambiado ni los patacones ni el chifrijo de mi tierra para venir a comer papas fritas ahogadas en salsa gravy en Canadá. Tampoco hubiera establecido relaciones sentimentales en una lengua distinta al español ni me hubiera atrevido a desafiar el sentido común de mis propios límites culturales como lo hacía, justo en aquel momento, en la comunidad de Manawan.
Ante las embestidas de los gigantes que insisten en quemar el mundo con su cataclismo fascista, el baile, la música, la alegría, el amor hacia la herencia latente, quizás sean una de las formas de resistir.





