El alma por el pie: François Mauriaco el movimiento perpetuo

¿Qué concepción del arte se esconde detrás de los discursos de aceptación de los premios Nobel de literatura?


En 1952, el premio se otorga al novelista francés François Mauriac (1885-1970), de quien la academia destaca la universalidad de sus temas, a pesar de que Mauriac sitúa casi toda su narrativa en la región de Burdeos. Fue soldado en la Primera Guerra Mundial y miembro de la resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial. Además de novelista —El niño cargado de cadenas, La carne y la sangre, Cuchilladas, El mal, El desierto del amor, El fin de la noche, Los caminos del marLa farisea—, fue prolífico periodista y escribió teatro y poesía. En la presentación que hace del galardonado, la academia también hace hincapié en el trasfondo católico del autor y en su inscripción en la tradición de la novela moral realista francesa. Para Mauriac, la ansiedad, la maldad, las tentaciones de la carne y la autosatisfacción trivial son temas fundamentales que hacen a la vida moderna. Acusado de misántropo, en una de sus polémicas con escritores de su tiempo respondió que la sinceridad es el más alto honor que un escritor puede hacerle a su oficio.  En su discurso de aceptación, el escritor francés reconoce que su obra ha sido catalogada de pesimista: “Mi color es el negro y mi obra es juzgada por él, a pesar de la luz que la penetra y se enciende con pasión en ella”, se defiende, para luego referirse a la frase nietzcheana “Dios ha muerto” y detenerse en el horror de los campos de concentración alemanes. ¿Cómo responde un escritor católico como él ante esto? Mauriac establece su poética a partir de tres pilares: (1) la idea de que lo humano universal se revela siempre en la infancia y en el lugar de nacimiento; (2) la convicción que sus personajes —el ser humano moderno sujeto a lo absurdo del mundo— entienden la existencia como la trascendencia de ellos mismos, en un movimiento perpetuo y (3) la realidad del Mal, que se contrasta con la obsesión por la pureza y la infancia. “Para un cristiano como yo”, concluye, el mal continúa siendo el mayor de los misterios”. En su novela Therese Desqueyroux, uno de sus personajes hace un comentario que encierra la visión de mundo de Mauriac: “Siempre he tenido una pasión por arrancarle las vendas de los ojos a la gente. Siempre he insistido que los que me rodean deben ver las cosas como son. Supongo que necesito compañía en la desesperación. No puedo entender no desesperarme”.

             Y el pescador dijo: “Habla y abrevia tu relato

porque de impaciente que se halla mi alma

se me está saliendo por el pie”.

Las mil y una noches, “Historia del pescador y el efrit”.