La novela La fatalidad de la gallina (Martha Cecilia Rivera, Ars communis, 2018) enfrenta al lector al universo fragmentado de Samuel Lucas, complejo personaje principal de igualmente complejas relaciones personales (sean éstas reales o imaginadas), así como de relaciones profesionales. Osado y tímido, valiente y cobarde, ingenuo y malicioso, iluso y calculador, noble e innoble Samuel Lucas logra envolver al lector en una especie de caos espacial, temporal, sentimental, personal, sicológico (la lista puede ser muy larga). Asimismo, una línea narrativa de descripciones cortas, vivas, ‘saltarinas” (por falta de un atributo mejor) a la par de una constante alusión a la mitología griega clásica es la herramienta que elige el narrador Lucas para expresar este caos que, de otro modo, sería inexpresable.

Así como los dioses del Olimpo se complacen en permitir, por ejemplo, que un empleado de limpieza averigüe que un ratón se ha colado en una oficina, lo que supone negligencia de su parte y, por lo tanto, la eventual pérdida de su empleo, (aunque “los dioses saben que los ratones no existen”); es con esa misma ironía casi mágica que mueve (o no) a los dioses, que se entera el lector de que siendo precisamente Irene (figura femenina central, trágica, de atributos reales y/o imaginados por Lucas) quien haya referido la anécdota del roedor, sea ella también la originadora y depositaria de esos sentimientos dulcemente desesperados, tormentosamente calmados e inevitablemente condenados con los que Samuel Lucas intenta exorcizar (inútilmente por lo demás) esos demonios expresados a través de una prosa de frases cortas, rápidas y al punto; y que, finalmente, fungirá de vertiente para un verdadero y efectivo desfile adjetival.

La novela presenta también los sentimientos humanos en base a dos ejes paralelos: por un lado, aparece el mundo laboral corporativo, moderno, absolutamente violento en su aparente orden piramidal, dedicado, funcional; y del otro, los empleados de ese mundo se desplazan y comportan como lo harían las gallinas en su gallinero: mecánicos, absurdos y abstraídos en un mundo idiota y sin alma. Si fallara algún engranaje del mundo corporativo, se reemplazaría sin más, (ya lo ha experimentado Samuel Lucas); de igual modo como “la gallina herida no inspira ningún respeto”.

Tanto Samuel como Irene serán víctimas de este caos violento y moderno, representado por los avatares del mundo corporativo y simbolizado por la irracional lógica de un gallinero. Caos clásico y antiguo, representado por la conciencia persistente del narrador de nombrar, de llamar o invocar casi, a los antiguos dioses del Olimpo. Será entonces un particular discurso narrativo, la herramienta, el puente perfecto que comunicará al narrador y su ámbito con el lector.

Tanto la salvaje, fría y calculada conclusión de Samuel Lucas, así como también su última decisión se entiende solo si se acepta que tal como el ratón de la historia de Irene es una mentira de los dioses que se complacen en dejar al humano sumido en su caos, del mismo modo en este mundo humano moderno y contemporáneo, el “sálvese quien pueda” parece ser el único dogma redentor, porque “después de todo, el poder es el único de los dioses que de verdad existe”.

 

© 2018, Bernardo Navia. All rights reserved.