Descubriendo a los asesinos de letras

Por carlos lópez-aguirre

 

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Desde hace tiempo comprendí que mi gusto por la lectura nace de los libros que son capaces de asombrarme y conmoverme. Durante años he buscado esas historias que sean capaces de crear en mí más allá de un conocimiento o una idea, o miles de ellas. Los libros a los que guardo especial cariño son aquellos que lograron arrancarme una carcajada, una lágrima o incluso tener que cerrarlo por un momento para asimilar la maravilla del relato o la forma cómo está escrito.

Un  día, recorriendo una de esas nuevas librerías de Barcelona, que cada vez se parecen más a tiendas de diseño, mi compañera se acercó a mí con un libro titulado El club de los asesinos de letras, publicado por la catalana Ediciones del Subsuelo. Durante años he sido reacio a leer las contraportadas de los libros, buscando especialmente que el libro me conquiste por sus primeras páginas y no por una sinopsis. Sin embargo, aquel día me pidió que la leyera. Comenzaba así:

“Para poder acudir al funeral de su madre, un escritor en plena crisis creativa se ve obligado a vender su bien más preciado: sus libros”.

Un par de líneas fueron suficientes para atraparme. No leí más, pero la sorpresa estaba en la solapa. Su autor, Sigismund Krzyzanowski, en sí mismo fue un personaje de novela. Ucraniano de nacimiento, vivió la mayor parte de su vida bajo el régimen Soviético, del cual fue colaborador, lo que le permitió viajar por la Europa Occidental. No obstante, en aquellos tiempos de estalinismo y Segunda Guerra Mundial, morir en la tranquilidad de tu cama tenía un precio, y Krzyzanowski pagó uno muy grande: jamás vio publicada su obra. Y estamos hablando de miles de páginas entre relatos, guiones y novelas.

Compramos el libro y me lo llevé a casa como si se tratara de una joya. Lo leí con una avidez que sólo aparece cuando cada línea te deja sin aliento. Quería leerlo todos los días, a toda hora. Aun cuando faltaba una página para terminarlo todavía no tenía idea en cómo lo haría ni que recursos utilizaría para cerrar aquella locura. Pero lo logra, y lo hace sólo como los maestros saben hacerlo. Lo cerré con la melancolía del lector que ya extraña las páginas que lo han acompañado en los últimos días.

Soy un neófito de la crítica literaria, pero sólo puedo decir que la obra es un afectuoso homenaje a la literatura y en especial a las historias que contamos, que leemos e incluso las que escribimos. Lo hace sin ningún tipo de pretensión, sin estridencias ni soberbia (peculiaridades que abundan en muchas novelas que abordan el tema en los últimos años).

Investigando sobre el autor, me encontré con el blog del escritor malagueño Daniel Espinar, Miedo a la literatura, quien descubrió el libro de relatos La nieve roja. De Krzyzanowski dice:

    …es un autor mayor, con una prosa de gran calado, una enorme vocación filosófica y un instinto universalista perfectamente comparable, aunque salvando ciertas distancias, con el de Borges.

 

Incluso se atreve a hacer un “juego sincrético-algorímico” donde el autor ucraniano es “la suma de Swift, Calvino, Borges y Gombrowicz dividida por Kafka”.

Pero no me quiero embrollar ni aburrirlos. Sólo quiero recomendarles que lean esta novela que me arrebató, que se dejen llevar por su prosa limpia y sincera y que se dejen a asombrar por cada personaje y cada historia contada en El club de los asesinos de letras.