Delirio

 

Deliraba entre escalofríos y fiebre en un rincón de mi cama. Me vi otra vez en la noche de la presentación del libro entre las sillas de tifanny que se tuvieron que alquilar porque las regulares estaban escasas. Esas que se convirtieron en el elemento decorativo de mi boda, porque en el delirio pensaba en efecto: me había casado con ese libro.

Era un delirio placentero con quejas idílicas de creer que esa noche ocurrió un evento sentimental donde se formalizaba un compromiso, el de contar historias. Y pensaba en mi única boda a los veintiocho años con su propio encanto. Quizás un encanto multicultural con la familia de Branko felicitándonos en croata tirando las copas de champaña contra la chimenea. Mi familia y amigos brindando en peruano y en otras lenguas que al final también eran castellano y yo paseándome con mi barriga de siete meses de embarazo sirviendo bocaditos como me tocaba.

Deliraba con los ojos lagrimados y pensaba en la boda del  libro con el que me casé una vez más con la asistencia de mis amigos y familia en Lima, así como me hubiera querido casar en la boda con Branko en Miami.

En el delirio me puse sentimental y un poco cursi.  Me vi como una novia feliz de estrechar los lazos del vinculo de escribir. Ocurría esto en esa casona de la ciudad de Barranco. En el lugar del romance de mis padres, abuelos y de mis propios intentos de enamorarme de chica.

En ese desvarío, me vi otra vez en medio de las felicitaciones, los anécdotas, el humor y los comentarios del futuro de esa nueva unión.

Cuando parecía cesar ese éxtasis, recordé mi estadía en Lima unos días después de mi boda con el libro y algunos sentimientos mas objetivos que en el delirio aparecieron. Sentada en la casa de mi querida tía en Barranco, había soltado lágrimas frente  a la infaltable imagen del Sagrado corazón pensando en lo superficial y plástica de mi parte de haberme casado con ese libro. Me sentía superficial de haber tenido un noviazgo a larga distancia coqueteando con el numero de páginas posibles y apasionándome con el volumen de los ejemplares.

Que delirio. En el deseo de revivir mis días de novia busqué las fotos de mis dos bodas. Encontré las fotos de mi primera boda abrazando a los invitados con mi vestido blanco de maternidad. También encontré las fotos de la torta que mi madre decoró con las flores de azúcar que tuvo que ir a buscar a Lima. La foto impresa todavía tenia el contraste original y el blanco brillante de la torta de tres pisos resaltaba con los brochazos enérgicos de mis pinturas abstractas colgadas sobre las paredes de la sala. Después encontré las imágenes digitales del día de la presentación del libro. En una de esas imágenes, estaba sentada a lado de Oscar, mi amigo poeta, el que me entregó a ese altar de palabras.

Después de ese delirio, sentí que ya no era la misma. Sentí que había perdido la virginidad nuevamente en la presentación del libro. Había perdido la virginidad no como la primera vez al medio día en la calle Quilca del centro de Lima,  sino en esa casona de Barranco sobre las baldosas de antaño reproducidas por la fabrica Rosselló.

En los últimos momentos de mi desvarío, me despojé del candor con el que había escrito ese libro que consideré ingenuo. Había creído que podía crear en la escritura una imagen más digna o al menos mejorada de mis recuerdos de Lima. Porque después de esa segunda perdida de virginidad, seguirían los días de entrega e incertidumbre en esta nueva relación con las palabras.

Esa vez lloré inconsolable como si tuviera la imagen del sagrado corazón frente a mi.  Como quien solo se permite llorar de gozo dentro de un inevitable delirio y fui inmensamente feliz.