Cristina entre sueños…

Los dígitos marcaban las cuatro de la madrugada. Entré y abrí el grifo. Solo me lavé la boca y el rostro.Hacía mucho frío para bañarme. Saqué el cartón del refrigerador y derramé un hilo de leche en el platón del suelo. Empujé mis brazos por las mangas del sobretodo, tomé mis cigarrillos de la mesa, el sombrero, la sombrilla; y abotonando mi traje, bajé con prisa por las escaleras de emergencia.

No acostumbraba a apretarme el nudo de la corbata. Mi padre siempre lo hacía enseñándome a amarrarla muy bien sin apretar mi cuello. «Dos nudos hacia adentro,y sacas la lengua por el medioentonces yo sacaba la lengua y él se reía. Tuve una infancia maravillosa. A menudo pienso que de no recordarla así, de seguro hoy asesinaría a mucha gente.

Cruzando la esquina, los postes de luz apenas tenían fuerza para bañar las calles. Encendí un cigarrillo y atiné a unas gomitas de azúcar justo antes de que un kiosco cerrara. «¿Vestido para hacer el mal? Quizás hoy tengamos suerte,» susurró Joaquín. Si, mientras caminaba por las vías desérticas, Joaquín se reflejaba en las vitrinas oscuras, siempre acompañándomeDesde el gran boulevard, ya se escuchaba a la marea golpeando.

Me recuerda a la más reciente de mis víctimas cuando pedía, con el oxígeno escaso, que le confesara quién era ese Joaquín, rogándome que le hiciera llamar, pues estaba convencida que él no era, cómo decirlo… que él no estaba hecho de neblina, o de vapor de alcantarillas. Quizás para hacerme ver que él no existía en la vida real. Que el horror lo estaba cometiendo yo. Como si yo no supiera que Joaquín está hecho de penumbras. Hoy, lo más valioso que conservo de esa mujer, es el fulgor que brotó de su boca justo antes de que se secasen sus ojos. Llevo muchos fulgores atesorados; pero el más radiante, emanó de ella.

Adelante, por el cruce de avenidas, otras personas caminaban hacia la playa. Llevaban negro y corbata; y  vestidolargos, oscuros, como el que deslumbraba Cristina, quien se encontraba entre el último grupo de visitantesHabía llegado a tiempo.

Desde arriba, aquello lucía como una convención de cultos agrupándose en la costa. Cuando la luna se llena encima de la ciudad, cientos de personas se visten de gala para reunirse a las orillas del mar. El cuerpo celeste reviste las olas con una piel refulgente de aluminio. En el borde de las espumas, los pies de Cristina, rozando la seda de mar; y su vestido, apenas acariciando la arena.

De la multitud brotaba una corriente de fragancias que me intoxicaba. Como el hedor de un departamento de perfumes, arrebatado de maniquíes, quienes a pesar de estar gritando por dentro, permanecen inmóviles, y sin expresión. Solo que aquí eran de carne y sangre. Los hombres, con sus sombreros y sombrillas, llenos de arena húmeda hasta los muslos. Las damas, cada vez más alejadas, mantenían la superficie a la altura de los senos. Todos, como siluetaofrecidas al astro que se elevaba, revelando en el horizonte lo que sugería ser una aterradora flota de naufragios. 

Algo cambiaba. Me pareció no ser parte de una vitrina sino del acto entero. Me encontraba ahí, presente. La arena, al apretarla con los dedos, el agua salada diluida en el aire, el aliento caliente de los espectadores. Estaba despertando dentro del sueño.

La única vez que me encontré soñando, hace un tiempo atrás, me atreví a explorar la pureza de la maldad. Lo que haces en los sueños no tiene consecuencias. Así que, luego de recorrer pasadizos secretos en el sótano, me uní a la violación de una joven; y cuando llegó mi turno, una fuerza me obligó a despertar tan pronto me puse de rodillas sobre su espalda. Algún sistema de defensa en mi subconsciente la protegía de mí. Desperté, no sin que antes sembraran en mi alma el apetito de ser dios en el vecindario.

Ahora por primera vez mataré lúcido, porque en mis sueños, sin saber que soñaba, las mataba sin control. Pero despierto, disfrutaba de sus muertes si las recordaba lo suficiente para revivirlas durante el día.

Cristina se dirigió a las dunas. No tenía mucho tiempo, sentí que iba a despertar. El resto de los visitantes se dirigieron al mar. Flotaban hacia los escombros encallados en la distancia. Solo quedábamos ella y yo. Cristina sonreía. «Siempre te voy a amar» me confesó, entretanto reflejaba dos satélites en sus pupilas. Y yo la amaba en el delirio. ¿Cómo se puede amar a alguien que no conoces en vida, y sentirla el amor de tu vida en sueño? ¿y qué sería de ella durante mi despertar? ¿qué será de todos los que nadan hacia ese cementerio de naves? ¿morirán cuando abra mis ojos? ¿como en una ráfaga homicida de luz que los disuelve allá abajo, allá adentro; y yo, de regreso, somnoliento, afortunado de estar, una vez más, de vuelta al día de todos los días?

¿Y si Cristina despertase?

Reposando sobre las dunas, acaricié su rostro con la punta de la sombrilla. Refugié mi mano en el bolsillo de mi saco, guardando el hilo en el puño. No sentí que me arrebatarían a la realidad. No sentí ninguna resistencia a la crueldad. Me incliné a ella. Su piel porcelana envuelta en la tela negra. Sus labios entreabiertos, sus pezones expuestos; y las naves a lo lejos zarpando, aún hechas pedazos.

                                                                            *

Al levantarme, me dirigí con torpeza al baño. El vacío no me permitía verme al espejo. Tomé mis libros, y bajé hasta la sala. Aquí no había por qué dejar caer la leche en el platón. La casa estaba sola, como solía estarlo en las mañanas. Sonó la bocina y salí.

A Joaquín le extrañaba mi silencio. «Hoy estas muy callado.» Buscaba animarme. Yo mantenía mi atención al paisaje desde la ventana. Las montañas, y luego de la curva, las señales sobre la costa que desaparecían detrás de los arboles, instantes antes de llegar al edificio principal, en donde los niños salían de prisa de los autos, muchos de ellos, sin siquiera decir adiós.