Crecer a golpes. Crónicas y ensayos de América Latina a cuarenta años de Allende y Pinochet

Diego Bustos

golpesDiego Fonseca

Penguin Group New York: C.A.Press, 2013.

El pasado 11 de septiembre se cumplieron cuarenta años del golpe de Estado en Chile. Una fecha comodín en la historia de América Latina que el libro Crecer a golpes. Crónicas y ensayos de América Latina a cuarenta años de Allende y Pinochet no deja pasar por alto.

Como sugiere el editor en la introducción, cuarenta años son suficientes para madurar, atar cabos, tratar de aclarar algunas cosas. Esa certidumbre otorga el tono a un libro que aspira a ser, si no una rendición de cuentas, sí una reflexión sobre los vestigios que han dejado los últimos cuarenta años en el territorio panamericano. Para hacerlo, Diego Fonseca convocó a una alineación continental: trece textos de escritores ordenados geográficamente de sur a norte, uno por cada país, cuentan la historia de su territorio. Una mera formalidad: el libro se puede leer en cualquier orden sin pérdida de eficacia.

Trece vértebras que permiten el movimiento de un texto polifacético que es exitoso en contar la historia de cada país sin perder de vista la visión de conjunto. Un texto que se identifica con el lector al presentar no solo un mapa geográfico sino también sentimental: el libro cuenta la historia, en muchos casos, de los los primeros cuarenta años de quienes lo leen. El ensayo personal, género utilizado en varios de los escritos, alcanza ese efecto: las historias privadas se enmarcan y entrelazan con las condiciones sociales y políticas de cada país. Y aunque existen diferencias entre ellos (no es lo mismo la Cuba de Castro que el Perú de Fujimori) el conjunto revela un rasgo persistente: la de que todos estamos pensando hace rato en lo mismo.

Aunque suene a trasnochado lugar común: es nuestro pasado reciente; o su negación, lo que nos ha venido definiendo —un norte que la crónica más objetiva que emprenden otros textos del libro, documentales y menos personales, no hace más que subrayar—. Precisamente Crecer a golpes emprende la tarea necesaria de recuperar una memoria que el territorio americano se ha encargado de desatender desde que una siniestra seguidilla de dictaduras de derecha orquestadas desde el norte se apoderó de varios países de la región. El símil de la madurez no es gratuito: cuarenta años es un lapso de tiempo lo suficientemente largo como para  detenerse y mirar hacia atrás. No solamente asumiendo los horrores que la guerra fría inauguró en Chile sino sus porvenires disímiles: la desigualdad, el populismo, la pobreza, el inevitable desarrollo.

El libro logra transmitir eso, tiene la ventaja del recuerdo aún fresco, complejo. Es el caso de los textos en que las experiencias personales de los autores se entrelazan de manera elocuente con la historia de sus países: el Chile de Patricio Fernández y la crónica de su abuelo oficialista, de la antigua vida de la estancia familiar desapareciendo bajo los desarrollos contradictorios (sociales, políticos y urbanos) del país postgolpe; también el México de Álvaro Enrigue, narrado a partir de la historia del emblemático vocho (escarabajo en otras latitudes) y la niñez de un niño rodeado por el cambio; Boris Muñoz habla de la Venezuela idílica de su adolescencia y de los momentos determinantes en la erosión de esa arcadia; Leonardo Padura escribe sobre la particular generación de la que hace parte en la isla de Cuba; y, por último, Jon Lee Anderson relata la historia de su vida como una historia de desencanto con los Estados Unidos.

Hay ensayos menos personales que ponen en evidencia persistencias y relaciones significativas: Martín Caparrós elabora una sugerente teoría sobre la muerte como presencia definitoria de la historia política argentina —una de cuyas vertientes sería el destino del desaparecido—; Mario Megalhães nos demuestra, prístina, la relación entre el fútbol y la larga noche de las dictaduras latinoamericanas; Mario Jursich propone (tras Malcolm Deas) el eufemismo como tropo político colombiano en una época en que gobernaba el inefable Turbay Ayala; Sergio Ramírez muestra cómo el nuevo proyecto del canal interoceánico en Nicaragua es la última encarnación de una ya larga cadena de infamias; mientras que Enric Gonzáles emprende el esclarecedor ejercicio de presentar a la España postfranquista como una sociedad travesti.

Hay textos, también, que se atienen a describir una realidad dada: la clara biografía que el peruano Gustavo Faverón escribe sobre el siniestro Montesinos, y que nos lo revela como un predecible lector de Pinochet; El Salvador de los cadáveres sin nombre, las morgues y los asesinos de Roque Dalton: el Saturno que no deja de devorar a sus hijos descrito por Carlos Dada; y la valiente batalla del sistema judicial guatemalteco contra antiguos y modernos fantasmas que documenta Francisco Goldman.

Ya se dijo: el resultado de conjunto de este coro es eficaz en recuperar las experiencias individuales sin caer en la disonancia. Tal vez las introducciones que Fonseca hace a cada escrito —informadas y sugerentes, tal vez demasiado— no hacen sino confirmar que detrás de la selección había un editor consciente de su papel. Puede estar tranquilo de su esfuerzo: el libro seguiría funcionando sin ellas.

Toda selección es arbitraria —otro lugar común— y dispar. Hay varias peculiaridades que sintetizan el ordenado azar que dio origen a la que nos ocupa: la generación a la que pertenecen sus autores; la selección de los países; y el hecho de que el libro aún se inscribe dentro del proceso que narra. Me explico: lo primero le otorga un tono dado a los textos en el sentido de que es una generación desencantada la que escribe, aquella que vio muy joven el derrumbe de los ideales de sus padres o que nació en medio del estropicio. Eso no les impide nombrar la barbarie y la injusticia; pero al mismo tiempo les dificulta negar la realidad que les tocó: la revolución ya no está en el discurso, sí los acuerdos, el diálogo o al menos la convivencia —por jemplo— entre los dos Chiles surgidos después del once de septiembre. Por otro lado, territorios significativos como Bolivia, Haití, República Dominicana, Uruguay o Costa Rica quedan por fuera de la narración, queda la pregunta sobre si su inclusión cambiaría en algo el sino del libro; el caso de Colombia sigue presentándole a la literatura sobre dictaduras y derechos humanos un reto único que se me antoja no se agota en lo lingüístico: no hubo dictadores, pero sí represión. Por último, (hijo de sus padres) en el libro se sigue viendo a los Estados Unidos como el padre punitivo que aún hoy es (a pesar de sí mismo), pero es cada vez más necesario un relato opuesto: el del matrimonio desigual que cambia de signo. Aún está por esclarecerse, por narrarse, el inmenso poder (en varios niveles: simbólico y aún económico) que América Latina ejerce sobre los Estados Unidos. El texto de Anderson apuntaría, en tanto lamento ético, en ese sentido.

Al finalizar la lectura de Crecer a golpes es inevitable sentirse sobrecogido por el texto. No sólo por los horrores e injusticias que no pueden eludirse en sus páginas y que hacen parte de nuestro pasado, sino por la conciencia de que nos encontramos al borde de un ciclo que se acaba. De que estamos oyendo el pitazo inicial de un segundo tiempo aún no jugado y que nos sorprende expectantes. Recuperar el pasado de un territorio que aún se debate entre varios destinos posibles es tal vez la mejor manera de enfrentar esa oportunidad.