Claudia

Claudia… Amo a Claudia. Hace años es mi vecina. La he visto crecer. Hace diez años, cuando llegó a esta vecindad apenas tendría ella trece o catorce años. La veía como la niña que era, pero con el tiempo se ha convertido en una mujer de una belleza rara, y rara también ella misma. Soy algo mayor, pero creo que no tanto como para intentar conquistarla, o enamorarla.  Ahora tiene veinte y tantos, pero pareciera que tiene dieciocho, un poco menos. Un metro sesenta de estatura, delgada en extremo, cabello muy rizado y largo, tez casi pálida. Solo sale un momento en la tarde para pasear a su perra, una maltés enana blanca que casi no hace ruido.  Claudia camina muy encorvada, el cabello le cubre más de medio rostro; los anteojos,  extremadamente grandes para su cara pequeña. Pantalones muy holgados, chamarra gruesa que cubre el suéter que  oculta la  blusa. Apenas si se ven sus manos agarrando la cadena porque las mangas sobresalen por lo menos diez centímetros.

Vive sola pues su padre la dejó aquí hace como dos años. Dos o tres veces por semana viene a verla: una hora o un poco más, aunque últimamente nadie lo ha visto.  Aparte de salir con su perra, Claudia sube todas las mañanas a la azotea para tender su ropa, y al medio día la baja. Su departamento queda frente a las escaleras metálicas. Sube contoneándose con graciosa prisa. Baja casi brincando y su cabello rebota, al igual que sus pechos a pesar de estar ella tan cubierta con chamara o suéter aunque haga mucho calor. Antes de salir siempre se asoma discretamente para cerciorarse de que nadie la vea. Antes la encontraba cuando yo llegaba de trabajar. Claudia y la perra me veían e inmediatamente daban media vuelta, y entraban hasta calcular que ya estuviera yo en mi departamento, que nadie las mirara.

Entonces ella era para mí de lo más rara en el mundo.  También vivo solo, pero salgo a trabajar, a pasear. Claudia no. A las ocho o nueve de la noche su departamento está a oscuras. No sabía si escuchaba música, si veía la televisión, si qué.  Marcos vive en el primer piso,  justo arriba del departamento de Claudia, y me comentó que en algunas veces, porque él llega de su trabajo bastante tarde, le pareció escuchar risillas, y otras un llanto ahogado.  Pero música o televisión, muy ocasionalmente, y sólo un rato.

Rara o no, un día me decidí a hablarle. Total, si me ignoraba no ocurría nada porque a nadie le hablaba ella. Los primeros días yo le sonreía y ella me ignoraba. La perra me ladraba con fuerza, celosamente.  Después comenzó a devolverme la sonrisa, pero sus labios eran una mueca seca, torcida por donde asomaban sus dientes pequeños y muy blancos. Y su mirada era como un par de brasas que comenzaron a intrigarme, y a excitarme.  Debía lanzarme más y romper de una vez el hielo.

Al inicio, las pláticas, muy breves, ocurrían durante su paseo con la perra. Me pedía que nadie se enterara que era mi amiga, y menos deseaba que nos vieran juntos. Pasó casi un mes para que accediera entrar a mi departamento porque le molestaba que nos miraran, y en su departamento, ni de broma podía entrar nadie más. Éramos bastante cuidadosos para que nadie se enterara. Debía ser comenzando a oscurecer, no antes ni más noche. Al  principio se quedaba sólo unos minutos, el suficiente para tomar una taza de café, y mientras tanto pláticas breves acerca de nada en las que ella intervenía apenas, y con la condición de que no encendiera la luz de la sala. Con la que llegaba del baño era más que suficiente. Una noche me preguntó si ya éramos novios, y tenía miedo de estar embarazada por dejar que tomara su mano. Me pedía que encendiera una vela para leer su biblia. La primera vez que me lo dijo no pude evitar reírme. Sin hacer un sólo gesto agarró un lápiz que tenía en la mesa y con él me picó la pierna. Fue un golpe duro que me hizo gritar. Creí que en verdad lo enterraría, pero al instante lo soltó. Mientras me sacaba yo la punta del lápiz, Claudia se puso de rodillas, la mirada hundida en el suelo y sacudiendo lenta y pesadamente la cabeza. Mientras besaba mi herida, muy leve por cierto, se quitó la chamarra, el suéter, y abrió su blusa. No traía sostén. Junto a la excitación y el desconcierto de la escena  me aterró ver que tenía marcas de rasguños profundos, algunas eran todavía costras. Corrí las mangas de su blusa, y también había rasguños en los antebrazos. Algunas cicatrices se veían viejas, y otras demasiado recientes. Apenas si me salió sangre de la pierna. Le pedí que se cubriera, y ella me miró con odio primero, se incorporó e intentó abofetearme pero detuve suavemente sus manos hasta que cansada y agitada volvió a ponerse de rodillas. Hizo un intento de desabrochar su pantalón, y luego comenzó a llorar y a reír al mismo tiempo. La ayudé a cubrirse, y cuando estuvo más tranquila la senté en el sillón. Encendí la luz y ella comenzó a gruñir. Sólo quedaba la luz de la vela. Después de un  rato comenzó a hablar.

“Mi papá me dejó aquí porque su esposa ya no me quería. Esa señora me trataba muy mal todo el tiempo. No me dejaron ir a la escuela ni un solo día. Para  mi hermanastra sólo era la criada que debía lavarle la ropa, peinarla, darle de comer. Mi hermanastra tiene… cinco años menos que yo. El día que se me ocurrió preguntarle a mi papá por qué no salíamos, él me golpeó todavía después que yo estaba tirada en el suelo. Ni siquiera mi madrastra salía. Sólo mi hermanastra, hasta que terminó la secundaria. Se fueron porque ya no me soportaban. Mi papá me trae de comer, y a veces alguna ropa. Sólo me dejaron la cama, un refrigerador y  una estufita. Unos trastes, y ya.

“Luis, el hermano de mi papá me trajo una televisión y un radio. Pero dicen que no gaste mucha luz. A mi tío le lavo su ropa. Mi papá no lo sabe. Mi tío y mi papá dicen que todos aquí son malos, y que si les hablo pueden embarazarme. Mi tío Luis siempre me pide que le haga algo para que se enoje y luego pueda castigarme. La vez que le dije a mi papá lo que pasaba, mi papá me golpeó mucho. Me dijo mentirosa, malagradecida. Me dejó sin comer una semana. Luego mi tío me pegó porque lo acusé, y me hizo muchos castigos. Cada que me hace algo me hago un rasguño, y él también tiene muchos porque eso le gusta.”

No la dejé continuar con su historia. Al inicio lloró mucho. Pero luego su voz se hizo hueca, lejana como su mirada. Y apenas dibujaba una risa caída cuando se palpaba las cicatrices de la mano.

Pasó casi una semana antes de verla otra vez. Llegaba yo de trabajar, y al pasar por su departamento escuché su voz. Apenas asomó la cara por la cortina para hacerme la señal con el dedo índice y la mirada que la esperara en mi departamento.

Claudia tomó mis manos, arañándome casi, cerrando sus ojos e invitándome a que la besara,  pidiéndome que no la embarazara. No la toqué siquiera esa noche. Yo no sé si estaba agradecida, pero por primera vez miré sus ojos sin lentes.  Ojos “comidos”, rodeados de un azul que iba más allá de las ojeras, hundidos,  diminutamente claros. Recogió el cabello de su pálida cara huesuda, casi anémica. Abrió mucho su boca de labios delgados y temblorosos, débiles, para pedirme que le prometiera algo. Mientras tanto, sus uñas bailaban indecisas sobre mis piernas. Pide lo que quieras, contesté sin pensarlo dos veces. Me besó con toda la torpeza del mundo, pero con una sinceridad que nunca había experimentado con ninguna mujer. Su boca o su beso fueron como un narcótico que necesitaba aunque creara burbujas que estallaban todo el tiempo, aunque me mordiera y aunque no pudiera seguir sus labios con los míos. Lo único que sé es que su saliva es espesa, de un sabor entre dulce y amargo y que cuesta digerir, que me entrega sus labios y los retira al mismo tiempo, como si le dolieran. Le juré que haría lo que ella me pidiera, y sin saber por qué, le pedí que enterrara un poco el lápiz en mi pierna.

Sólo eran pequeños rasguños al principio. Luego, la experiencia del dolor y la necesidad del mismo me llevaron a pedirle que me sangrara. Ella pedía que yo pasara el lápiz muy afilado sobre sus rasguños. Comenzó a quedarse más tiempo. A veces se iba a su departamento, a veinte pasos del mío, ya entrada la madrugada.

Y por fin llegó el día en que me recordó la promesa que le hice. Mañana viene mi tío, dijo. Quiero que me prepares una salsa con esto que me trajo. Y quiero que utilices nada más esta sal. Enseguida me entregó una servilleta con sal algo oscura. Pero la quiero ahora. Para convencerme me enseñó las cicatrices de su mano, las pasó por mi cara y mi cuello,  me entregó sus labios, la saliva densa que me hacía perder noción de las cosas. Preparé su salsa mientras veía ligeros hilos de sangre en las manos de Claudia; mientras sentía la sangre bajar por mis piernas. Al terminar, rompió el vaso de mi licuadora diciendo que había sido un accidente.

La vi tres días después. Hecho un manojo de nervios yo, ansioso por besarla, por mirar su sangre y sentir la mía. Claudia estaba feliz, tan feliz que me pidió encender la luz de la recámara para poder mirarnos mejor. Se fue hasta el amanecer.

A la semana de eso, un día que llegaba yo de trabajar me encontré con Marcos. No te he visitado porque casi siempre veo tu luz apagada. No sé si no estás o si tienes visita. A ver qué día nos echamos una platicadita. Por cierto, ¿no te llega un olor raro de la casa de “tontiña”? Así le habíamos puesto de apodo a Claudia por su actitud huraña y torpe. Me daba risa, pero en ese momento me invadió el coraje, y tuve que disimular. Lo que sí, continuó, es que le voy a reclamar que ha estado acabándose el agua. No sé qué expresión vio en mí, o si en verdad tenía prisa, y acabada su frase se despidió. Quedamos en que una noche cualquiera nos tomaríamos un café y platicaríamos.

Al otro día vino Claudia muy enojada al departamento. Marcos le reclamó quién sabe qué, pero no fue precisamente lo que él me dijo que haría. No supe si dudar de él o de ella. A él lo conozco y sé que tiene palabra, y aunque no está obligado a decirme todo, sí sé que no es de pleito. Pero al ver y escuchar a Claudia sentí que la sangre me hervía. Ella me abrazó como pocas veces lo había hecho. Me dio sus labios viscosos mientras rasguñaba mi pierna. Hasta entonces me di cuenta que sus uñas eran bastante afiladas. Sentí cómo la sangre escurría hasta mi rodilla. Y en ese instante me di cuenta que llevaba a su perra porque comenzó a lamerme, a mordisquearme. Claudia le dio una orden, y la perra fue a la puerta, donde se quedó quieta pero atenta, como esperando la orden de ataque.

Rato después, Claudia estaba más tranquila aunque le salían algunas lágrimas. Con la mirada perdida me pidió que resolviera la situación con Marcos, o lo haría ella por su cuenta. Le pedí que se tranquilizara y me contara de nuevo qué era lo que había ocurrido. La cara se le descompuso en una mueca de ira, de ligero desprecio hacia mí; su respiración tan agitada que casi podía sentir su corazón y su aliento en mi cara. Hecha una ira salió de la casa sin decirme nada.

Al día siguiente, cerca de las siete de la mañana, mientras me vestía escuché un grito desgarrador y golpes secos que se detuvieron de pronto. Eran gritos de mujer. Inmediatamente pensé en Claudia y salí a medio vestir. Tirada en el suelo, con sus casi cien kilos de peso estaba Laura, desangrándose por la boca y la nariz. Los vecinos de los otros tres departamentos del primer piso se asomaban por el barandal. René fue el primero en darse cuenta que dos escalones estaban excesivamente resbalosos, como si hubieran puesto aceite. Allí estábamos todos mirando el espectáculo. Marcos, que de costumbre era el primero en salir,  no escuchó la alarma de su reloj y se levantó más tarde.

No nos explicábamos por qué había aceite en las escaleras, si es que era aceite. Sonia, la esposa de René culpó a los gatos, y luego a nosotros porque depositamos la basura en el contenedor que está debajo de las escaleras. Todos estuvimos de acuerdo que nada tenía lógica. Me pareció ver la cara de Claudia asomándose por una línea detrás de sus cortinas. Vi que éstas se movían temblorosamente, y después de unos minutos salió ella. Nos miró a todos con desprecio. Miró el cuerpo de Laura y no pudo evitar un grito que nos desconcertó a todos. Miró entonces con un odio profundo a Marcos. Los ojos rojos, los labios apretados, los puños temblando como si de pronto fuera a convulsionarse, y quién sabe qué hubiera ocurrido de no haber sido por la perra que comenzó a lamer la sangre derramada. Claudia le ordenó que se quitara, y ambos entraron juntas al departamento. A todos nos llegó un olor bastante desagradable, nauseabundo. La plática se desvió inmediatamente a aquel olor, a la actitud rara de Claudia. Será porque casi nunca sale, fue lo único que pude decir, y regresamos a nuestras hipótesis acerca del accidente. El único que no hablaba era Marcos. Pálido, casi paralizado sólo murmuraba que se había salvado por milagro. Cuando llegó la ambulancia ya no había nada qué hacer. Nadie nos atrevimos a tocar o auxiliar a Laura.

Esa noche no me visitó Claudia. Yo pensaba en lo raro de la situación. Quizá alguien, al bajar su basura arrastró la bolsa y engrasó los escalones. Comencé a especular también. Pero me detuve en algo que me llamó bastante la atención: la perra. Recordé que lamió mi sangre también. Y otra cosa: estaba demasiado gorda. ¿Por qué el gusto por la sangre? Quizá lamía la de las heridas de Claudia. Y mi cabeza comenzó a fraguar medias hipótesis. No supe en qué momento me quedé dormido.

Al llegar a casa al día siguiente había revuelo en el pasillo, al lado del departamento de Claudia. René se recargó en el barandal y cayó al pasillo. Cayó de cabeza y se desnucó. Afortunadamente ya se lo habían llevado, pero todos estaban allí, incluido Marcos, quien no había ido a trabajar. El tramo de barandal, frente a la cocina del departamento de Marcos, ya estaba flojo, en eso coincidieron, pero estaban aterrados porque apenas un día antes Laura había muerto. ¿Cómo se recargó René para que el barandal se despegara? Me quedé unos minutos para escucharlos, y me sorprendió ver el rostro de Claudia casi pegado en la ventana de su cocina. Nos miraba sin ninguna expresión en su rostro, vacía la mirada, controlando el temblor de sus labios. Todos la miraban de reojo, pero guardaban sus pensamientos.

Tampoco vino a verme esa noche, ni la siguiente. Yo la esperaba con ansiedad. Extrañaba el sabor de sus labios, su saliva densa, sus uñas sangrando mis piernas. Claudia comenzaba a llenar un tiempo y a sacarme de mi rutina.  Repasaba una y otra vez las circunstancias que me habían llevado a esa relación entre paredes, sin futuro, enfermiza, y llegué a la conclusión de que estaba perdidamente enamorado de ella, de Claudia. Y entonces fue peor porque comencé a pensar en el futuro.

A la cuarta noche escuché que tocaban la puerta. Era Marcos. No había manera de correrlo, y además es mi amigo. Platicábamos de cine, a medias porque de la película que habláramos había una muerte misteriosa. No sabíamos cómo abordar la muerte de Laura y de René, tan consecutivas, tan sin razón.

Cerca de las once de la noche vuelven a tocar la puerta. Nos miramos desconcertados porque ya era lo suficientemente noche para que alguien me visitara. Era Claudia. Extrañamente maquillada, muy amable, me preguntó si podía prestarle un martillo. Le dije que iría por él, que me esperara un minuto. Amablemente saludó de mano a Marcos, y quedó a espaldas de él, justo en la entrada al departamento.

   Desde la cocina escuché un quejido ahogado, el movimiento brusco de la silla, y luego la risilla de Claudia. Con el martillo en la mano salí sólo para toparme con una imagen que me tambaleó.  Claudia miraba con odio increíble la cabeza inclinada de Marcos. ¿Me amas mucho, verdad?, me preguntaba Claudia en tono suplicante, infantil mientras seguía hundiendo el cuchillo en el cuerpo convulsionado de Marcos.

   No sé cómo ni por qué la ayudé a traer a su departamento el cuerpo de Marcos. Acostado en la cama de Claudia miro a la perra devorando trozos de carne. En un frasco grande está la cabeza de su papá, y en otro el de su tío. Claudia se sienta junto a mí y me pregunta si la quiero. Estoy quedándome ciego, sintiendo cada vez menos mi cuerpo, acostumbrándome rápido al olor de carne en descomposición. Te amo con todo mi corazón, Claudia. ¿Entonces por qué me embarazaste? Llora desconsoladamente. En su cara hay una tristeza profunda, me muestra su vientre hinchado y lo acaricia con la mano izquierda, mientras  con la mano derecha clava el cuchillo en mi estómago una, y otra, y otra vez.

© 2018, Salvador Perez Tellez. All rights reserved.

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Salvador Perez Tellez

Salvador Perez Tellez

Salvador Perez Tellez (septiembre 1964). Egresado de la Carrera de Lengua y Literatura Hispanicas por la UNAM. Docente de secundaria (español) y preparatoria (lectura y redacción, y literatura universal). Autor de la novela Testamento en Ocuitlan, cuentista, autor y coautor de obras de teatro preparatoriano.
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