
En Catedrales (Alfaguara, 2020), la autora argentina Claudia Piñeiro nos sumerge en una trama que, bajo la estructura de un thriller familiar, disecciona con bisturí temas como la hipocresía religiosa, la culpa, la violencia patriarcal y, sobre todo, el silencio como forma de complicidad.
La novela parte de un crimen sin resolver: el asesinato de Ana, la menor de tres hermanas, cuyo cuerpo fue hallado quemado y mutilado dieciséis años atrás. El caso se cerró sin culpables, pero no sin consecuencias. La familia Sardá quedó fracturada por el dolor, el misterio y una red de secretos que todos, a su modo, prefieren no desenterrar. Sin embargo, Lía, la hermana del medio, decide romper el pacto de silencio. A partir de ahí, se abre la caja de Pandora.
Catedrales se construye como un rompecabezas coral: cada capítulo da voz a un personaje distinto, y en ese cambio de perspectivas se despliega el verdadero crimen: no solo la muerte de Ana, sino la estructura social que la hizo posible y, peor aún, tolerable. En este sentido, Piñeiro retoma una línea que ya había explorado en novelas como Las viudas de los jueves o Elena sabe, pero aquí la crítica se afila aún más.
La religión ocupa un lugar central. No solo porque el título alude a las grandes catedrales góticas, sino porque la fe —o su interpretación dogmática— atraviesa las decisiones de los personajes como una fuerza ciega que justifica, reprime y encubre. El padre de las protagonistas es un católico ferviente; la madre, una creyente pasiva; y el entorno, una sociedad que juzga desde el altar pero se desentiende cuando el dogma exige sacrificios inhumanos.
Piñeiro no hace concesiones. En su estilo claro, seco y directo, logra que la intriga avance sin perder profundidad. Hay tensión narrativa, sí, pero también una indagación implacable sobre la maternidad, el aborto, la educación religiosa, el rol de la mujer dentro del sistema familiar y eclesiástico. No hay moralinas, pero sí una denuncia contundente.
Uno de los mayores logros de la novela es cómo convierte a sus personajes en espejos del lector. Es imposible no sentirse interpelado por alguno: el que calla, el que sospecha pero no pregunta, el que prefiere no saber, el que se escuda en la fe para no asumir responsabilidades. Catedrales no señala con el dedo, pero sí enciende una luz incómoda sobre nuestras zonas grises.
Más allá de la trama, lo que queda es una sensación de urgencia. Porque, como sugiere Piñeiro, no basta con querer la verdad: hay que estar dispuesto a sostenerla, incluso cuando destruye las catedrales que construimos para sentirnos seguros.







