Campus. Adelanto de novela de ADO

Cuando recibió la oferta de la Universidad de Pepsodent y supo que su exprofesor lo había recomendado para este trabajo, Salvador Allende estaba en una cabañita cerca de las montañas de Catskill, al sureste del estado de Nueva York. Pasaba por un grave periodo de cesantía. Había llegado ahí, con todas sus pertenencias, luego de que Anselmo, su pareja por casi ocho años, terminara la relación repentinamente. Un día, Anselmo se despertó sin ganas de seguir siendo un mexicanista más en una universidad gringa; estaba aburrido de hacerles leer La frontera de cristal de Carlos Fuentes a los estudiantes gringos y por eso, zaz, desapareció. Semanas más tarde, Salvador vio a Anselmo en Facebook; estaba en Chiapas, con pasamontañas negro y una pelota de básquetbol. Salvador tuvo que renunciar a su puesto como profesor adjunto en la Universidad de Búfalo, también en el estado de Nueva York, ya que solo lo habían contratado porque era pareja de Anselmo.

La relación con Anselmo se había aflojado. Antes eran amigos y confidentes. Tiraban una vez a la semana. Luego, la rutina lo aplanó todo; un día, sin saberlo, se habían convertido en roommates. Sí, de esos roommates que ven televisión, cada uno en un costado del sillón, tomando cerveza y comiendo popcorn, encerrados en sus computadores y teléfonos, sin compartir palabra alguna.

Otra cosa era lo laboral. La Universidad de Búfalo ya no lo quería. Tendría que buscar un nuevo trabajo en menos de tres meses. Salvador se puso una meta: terminaría unos ensayos sobre la pornostalgia en la literatura chilena y solo con ese libro bajo el brazo buscaría un nuevo trabajo académico. Tres meses más tarde, sin embargo, no había conseguido nada. Se preguntó si todo lo que había hecho, partiendo por su nombre académico, estaba funcionando. A esto se le sumó un problema legal; su visa de trabajo estaba por caducar. Si en los siguientes meses no encontraba trabajo, le comunicaron del departamento de inmigración de Estados Unidos, tendría que dejar el país y volver a Chile. Al horroroso Chile. En ese momento lo poseyó algo raro. Con Anselmo se reían de la gente que hacía yoga y que comían sano. Pero ahora que Anselmo lo había dejado, Salvador decidió cambiar. Porque necesitaba cambiar. Así, por las mañanas comenzó a meditar para aflojar los nervios. Y a pensar. Comenzó a pensar sobre su vida. Llevaba casi diez años en Estados Unidos, y a pesar de que le parecía un país conservador, las universidades ofrecían un oasis liberal. Un oasis en el que Salvador se sentía a gusto.

La meditación le sirvió para despejar la cabeza. Borró Facebook. Dejó de comer grasas saturadas. Reescribió los ensayos académicos. Los pulió. Mejoró las citas. Redujo las notas al pie. Leyó sus papers en voz alta hasta que quedaron polémicos o, como se dice en la academia, problematizadores. Fueron dos meses de mañanas de escritura, tardes de caminar por el bosque y noches de té verde sin cafeína, cuscús con vegetales al vapor y documentales en Netflix. Salvador estaba por terminar un ensayo sobre los Baby Pinochet (la generación de escritores chilenos nacidos en dictadura), cuando su nuevo destino le golpeó la puerta. O no la puerta, sino su email. Esa mañana recibió dos correos al mismo tiempo. El primero era de su madre, o de la empresa de su madre, así que ni siquiera lo leyó (ahora, a la distancia, se arrepiente). El otro era un email más largo y detallado; la Universidad de Pepsodent lo invitaba formalmente a postular a la vacante de profesor en el departamento de Spanish. El mensaje era de Iván, el secretario académico del departamento. El email decía que uno de sus exprofesores lo había recomendado. Al comité del departamento le gustaba el perfil del profesor Allende, especialmente porque estudiaba la dictadura chilena y se llamaba Salvador Allende, así que lo invitaban a un campus visit. En el email se adjuntaba un boleto de tren en PDF.

Dos días después, en el tren rumbo a Pepsodent, Salvador sacó su agenda del primer año de doctorado. Aprovechó el viaje de cuatro horas para seguir revisitando sus años como estudiante de Javier La Rabia. Pasó de largo varias entradas en que mencionaba a Anselmo y el porqué le parecía atractivo Se concentró en las entradas donde anotó algo sobre las clases de Javier La Rabia. Todavía le costaba creerlo: le estaban ofreciendo reemplazar a La Rabia, su profesor que se apellidaba así, según Lissi, porque al enojarse su cara se le enrojecía; los ojos parecían brasas al fuego, un fuego que aumentaba cada vez que les advertía a sus alumnos que, si realmente querían ser destacados académicos, «pues que tenéis que dar la pelea». En medio del viaje en tren, Salvador sintió un dolor en el estómago. Una punzada cerca del ombligo. Eran los nervios por el campus visit. Fue al baño, se bajó los pantalones, se sentó, y se dio cuenta de que, en la pared del tren, había una imagen de un caballo. Algo del Kentucky Derby. Por eso en su cabeza, mientras defecaba, apresurada e incómodamente, se le apareció un episodio específico.

El siguiente.

~

FRAMED WORLD era una tienda pequeña y llena de espejos, marcos y réplicas de cuadros famosos. Apenas Salvador y sus compañeras entraron, el profesor La Rabia los saludó y comenzó la clase, que esta vez no sería en la universidad. «Tomemos, por ejemplo, este», dijo La Rabia. Sus alumnos lo miraron en silencio. Su profesor se acercó a una de las paredes de la tienda. «Enmarcar con la teoría…», dijo La Rabia y pausó bruscamente. «Bueno, lo que hemos hecho en clase hasta ahora no es muy distinto de lo que sucede en esta tienda».

Con el dedo índice, Javier La Rabia indicó un cuadro con un marco dorado y barroco. Acto seguido lo tomó con extremo cuidado.

«Pues bien», dijo y se volvió hacia Salvador, Lissi y Valerina.

El cuadro era de Van Gogh, uno de los autorretratos de fondo verde claro y pálido. Lo siguiente fue como presenciar una cirugía. Solo le faltaban guantes blancos y un bisturí. La Rabia sacó el marco dorado. Luego, con cuidado dejó el retrato de Van Gogh sobre una pared blanca. Dio varios pasos hacia atrás para alinearse con sus alumnos y tener mejor perspectiva. Situó una de sus manos sobre el mentón, achicó los ojos y sosteniendo el marco dorado con la otra mano, dijo: «Sí que lo veis, ¿no? La imagen no tiene referencia ni límites; es igual que una obra literaria». Se acercó con precaución y puso el marco barroco sobre Van Gogh, quien miraba seriamente a Salvador y a sus compañeras.

«Y ahora, ahora sí que se puede enfocar la vista, ¿no os parece?»

 La imagen era una mala copia del autorretrato. Tenía los bordes azules, oscuros y algo nebulosos. La Rabia sacó el marco dorado, y ahí les habló a sus alumnos.

«Como veis, el acto de delimitar es necesario para entender una obra literaria. Bueno, en verdad para entender cualquier obra de arte o incluso la política, claro, ya que sin marco teórico no hay punto de vista y todo significado se pierde». Javier La Rabia soltó una de sus risitas malévolas. A continuación pidió que Salvador, Valerina y Lissi lo repitieran. Que se acercaran y enmarcaran y (des)enmarcaran el autorretrato de Van Gogh. Y que luego de eso explicaran por qué una obra de arte cambia cuando se la aprecia de tal o cual manera. El primero fue Salvador. Salvador enmarcó y (des)enmarcó a Van Gogh. Luego dijo que un marco teórico era necesario para entender, por ejemplo, los procesos culturales y sociales de países que pasan por transiciones democráticas, como era el caso de Chile durante los noventa hasta los dos mil. El profesor La Rabia, pese a no saber ni interesarle nada sobre Chile o América Latina, asintió. «Pues muy bien». Valerina fue la segunda. Habló de plantas y animales y de Neo-Peronismo versus Neo-Kirchnerismo. Dijo que solo gracias a un marco teórico bio-ético el ser humano puede entender que no somos tan distintos de los otros seres vivos del planeta. La Rabia nuevamente asintió, esta vez con entusiasmo porque Valerina manejaba al dedillo las distintas escuelas teóricas y filosóficas de la clase. Lissi hizo un comentario new age sobre el amor líquido y Zygmunt Bauman. Algo muy posmoderno «Por eso yo creo que no hay marco posible», finalizó la española. «Todos vivimos en una nebulosa de significados. Ese es el único marco teórico». Pausa. «La nada».

A La Rabia nunca le gustó la posmodernidad, así que no abrió la boca. Solo arrugó los labios y minutos más tarde dio por terminada la lección. Salvador, Valerina y Lissi estaban felices. Esta vez había sido una clase breve. Pero entonces La Rabia les preguntó: «¿Os parece una cerveza?», y sonrió, «porque conozco el sitio perfecto para una Guinness.» Salvador, Valerina y Lissi respondieron que sí porque el tono de su profesor hacía entender que no había otra opción.

Así, caminaron un par de cuadras hasta llegar a un bar cercano que le gustaba mucho a Javier La Rabia: The Irish Horse. Por dentro era oscuro, húmedo y lleno, en las murallas, de fotografías de caballos, jinetes y ediciones pasadas del Kentucky Derby. Los cuatro se sentaron en una mesa redonda de roble oscuro. Javier La Rabia compró la primera ronda para todos y, una vez brindaron, Valerina le preguntó por qué le gustaban tanto los caballos. Javier, feliz de responder a algo que le encantaba aclaró la voz y dijo que su área de especialización (caballos y literatura) venía desde los tiempos de la Guerra Civil.

«Todo comenzó», dijo con un tono soberbio y los ojos en un punto lejano, «cuando las tropas republicanas se retiraron de Barcelona, arrasando puentes y vías de comunicación para guarecer su retirada, y mi abuelo Estebanillo, quien estaba preso, consiguió escapar de un fusilamiento colectivo. Dice la leyenda familiar que corrió y corrió hasta que se perdió en un bosque. Mi abuelo Estebanillo pasó varias semanas indeciso, sin saber si salir o no del bosque; ya no daba más del hambre, hasta que un día, un soldado republicano a caballo, que días antes había emocionado a todos los presos bailando al son del pasodoble “Suspiros de España”, le encontró». La Rabia bebió largamente de su Guinness, con goce, antes de continuar el relato. «El soldado encañonó a mi abuelo, tenía el dedo en el gatillo, listo, a punto de presionar el fusil. Sin embargo, el caballo del soldado republicano se volvió loco y comenzó a dar vueltas y vueltas, haciendo que el soldado, por error, se disparase a sí mismo y muriera. Pues sí», continuó animado La Rabia, pese a que sus estudiantes no compartían el entusiasmo, «es el caballo quien le perdonó la vida a mi abuelo. Aquel purasangre café y blanco tuvo más humanidad que el soldado republicano. ¡Supo reconocer que la Guerra Civil era una estupidez! Y gracias a eso mi abuelo Estebanillo se escondió y eventualmente consiguió la ayuda de un grupo de campesinos que lo llevó hasta Portbou, donde, entre otras cosas, se encontró con Walter Benjamin en una casa de putas, y le convenció de que el suicidio era la única salida…».

 

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