Calle Patria: la casa que nos funda

En Calle Patria, Ivón Osorio Gallimore construye un universo íntimo donde la memoria, la infancia y la herencia afectiva dialogan con la historia silenciosa de un país. A través de estos cuentos, la autora reconstruye una casa —y todo lo que ella simboliza— como territorio de formación, refugio y resistencia. La bisabuela, la madre, la ausencia del padre, los libros y la imaginación se entrelazan para dar forma a una narradora que observa el mundo desde la fragilidad y la lucidez de la niñez.

En esta entrevista, Ivón reflexiona sobre el proceso de escritura, la sanación que implicó volver a esos recuerdos y la manera en que lo íntimo y lo político conviven inevitablemente en su narrativa. Calle Patria no solo es un libro de cuentos: es un ejercicio de memoria emocional y un homenaje a las mujeres que sostienen, incluso cuando todo parece tambalear.

La memoria y la infancia atraviesan todo el libro. ¿Cómo fue el proceso de reconstruir esos recuerdos desde la adultez? ¿Hubo momentos en los que la memoria y la imaginación se entrelazaron deliberadamente?

Fue un proceso melancólico, pero también profundamente satisfactorio. Hubo mucha sanación. Sobre todo, al estar lejos de mi familia y de las nuevas generaciones que han ido naciendo, me propuse que supieran que tuvimos una casa que nos marcó a todos: una abuela, una tía abuela y una bisabuela que fueron nuestro sostén.

Luego llegaron los medios para hacerlo posible: los talleres literarios. Primero, el de Hernán, donde tuve la valentía de sacar a la luz estas historias de manera críptica. Poco a poco, mi familia literaria de la TribuVera fue despejando los entresijos, y mi voz comenzó a ser más clara, mi punto de vista, más exacto.

A esto se sumó el 2020 y el Zoom: la incertidumbre me llevó a expandirme, a mantenerme ocupada todo el tiempo para no pensar en lo que sucedía con la pandemia. Seguía trabajando como técnica de farmacia, despachando medicamentos y vacunando a una comunidad asustada. Pero saber que, en las noches, tendría mi rostro en una pantalla para hablar de literatura me condujo también al taller de Ana y luego al de Iván Thays.

Después vino la mentoría con este último, y fue como revivir aún más: escarbar hasta los cimientos de la calle para que todo lo enterrado saliera a flote. A todos ellos les agradezco haber llegado en el momento justo de mi recorrido creativo. Y sí, este libro tiene mucho de lo que viví, de lo que me contaron y de lo que me hubiese gustado que ocurriera.

La figura de la bisabuela es un pilar afectivo y moral en la historia. ¿Representa a una persona específica o también simboliza una forma de resistencia y continuidad dentro del contexto social que retratas?

Sí, la bisabuela existió. Fue el horcón de la familia hasta que nos dejó físicamente, ya que su legado sigue entre quienes tuvimos el privilegio de estar bajo su tutela. Nos dio mucho afecto y nos enseñó principios por los que, en la actualidad, a veces me llaman inflexible. Pero hay cosas que no puedo cambiar: ayudar sin interés, seguir las tradiciones familiares y respetar las opiniones de los demás, aunque no tengan nada que ver con las mías.

Los mayores de la época en la que crecí tenían costumbres muy arraigadas a nuestra cultura. Gracias a eso, no he perdido la idiosincrasia que define a un cubano y, de manera más específica, a una cerrence, lugar en el que viví hasta mi adolescencia.

El padre aparece como una presencia intermitente pero determinante. ¿Qué papel juega su ausencia en la construcción de la identidad de la narradora?

Yo creo que la ausencia del papá lo determina todo: que la bisabuela se haga cargo de su nieta y bisnieta, que la madre también juegue el papel de padre, y que Cary, en su añoranza por vivir junto a sus progenitores, adquiera una personalidad que la lleve, por momentos, a apartarse y refugiarse en el balcón apuntalado de la vieja casa, para habitar un mundo de fantasía que la complete.

La obra muestra con sutileza la vida cotidiana en un sistema marcado por la escasez y el control ideológico. ¿Fue tu intención priorizar lo íntimo sobre lo político, o consideras que en tu narrativa ambos planos son inseparables?

Ambos planos son inseparables. Cada relato cuenta dos historias: la que escribe el autor y la que deja entre líneas. En este caso, al narrar desde los ojos de una niña, preferí mostrar lo íntimo, aquello que necesitaba dejar plasmado. Pero corresponde al lector interpretar lo que se oculta bajo la superficie del iceberg.

La lectura y los libros funcionan como refugio, rebeldía y formación del carácter. ¿Dirías que la literatura fue, para la protagonista (y para ti), una forma de supervivencia emocional?

El primer regalo que recuerdo es un libro ilustrado sobre la vida del músico alemán Juan Sebastián Bach. Mi mamá nunca imaginó lo que aquello iba a significar para mí. En Cuba, cuando me fui de la casa del Cerro —donde transcurren las historias de Calle Patria—, a cada lugar al que llegaba construía una biblioteca. Ahora, viviendo en Miami, no ha sido la excepción: siempre priorizo los libros. En ellos no solo encuentro escape y conocimiento, sino también el regreso a la semilla que me convirtió en lo que soy.

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