Business as usual

—A ver si nos entendemos. Ustedes me llamaron para que les trajera una propuesta porque necesitan levantar el rating. Si no tienen ganas de escucharme, señores, me levanto y me voy.

El directorio quedó sumido en un incómodo silencio. Uno de los once levantó la mano desde su silla y se dirigió al resto.

—Dejémoslo hablar. Que nos explique bien primero, después vemos.

El viejo en la cabecera asintió, displicente, y dijo:

—Sí, sí, está bien, pero… ¿Cáncer?

Yo sabía que ese iba a ser, obviamente, el principal punto de discordia. Sin embargo, el simple hecho de que no me hubieran echado a patadas significaba que ya los tenía en la palma de mi mano. Continué con la presentación.

—Señores. Todo el mundo conoce el cáncer. Todo el mundo tiene un primo, un tío, un vecino con cáncer. El cáncer, además, es universal: ataca a los ricos y a los pobres, a yanquis, a gallegos y peruanos. Junto con las comunicaciones, el cáncer es el gran protagonista del siglo XX.

Hice una pausa para dejar que las palabras resonaran. Siempre me había sentido un natural performer; tomé un trago de agua y llevé el apuntador láser a la tabla proyectada sobre la pizarra.

—¿Cuánto hace que esta emisora no tiene un éxito en el prime time? Diez años atrás Canal Tres era sinónimo de éxitos explosivos, TV non-stop, récords de rating…y ahora apenas pelean el tercer puesto. Eso tiene una explicación, señores: falta de visión. Se los voy a repetir y escúchenme bien, porque ahí está la clave: fal-ta-de-vi-sión.

Alguien levantó la mano, pero no hice caso.

—Ahora imagínense una tira diaria, a las nueve de la noche, acerca de la vida de un grupo de cancerosos. Entre ellos no se conocen hasta que… ¡coinciden en la misma clínica! Claro, cada familia tiene su drama, y a partir de ahí, vamos cruzándolos, como en cualquier novelón común. Podemos tener la familia disfuncional, los ricos malos y los pobres buenos, el canceroso millonario que se enamora de una cancerosita humilde. Odios entre familias enemistadas, venganzas y odios que se remontan generaciones atrás, lo que ustedes quieran.

Uno de los trajes interrumpió mi discurso orgásmico.

—Pero, discúlpeme, licenciado, ¿no es un tema un poco deprimente para ese horario? Ni siquiera va con el mote del canal: para toda la familia. Necesitamos algo con más punch, una comedia de enredos, concursos, usted ya conoce el perfil de lo que mira la gente…

—Y ahí es donde usted se equivoca, señor mío. ¿Quién le dijo que no puede tener su comedia de enredos dentro de esta temática? Se puede concebir toda una grilla de programación alrededor del cáncer. Recuerde que la temática es popular. ¿Usted cómo se cree que vive la gente con cáncer? ¿Cree que no hace otra cosa que pensar en eso, que nunca se divierte, nunca ríe, nunca sale? El truco es hacer del cáncer una estrella silenciosa: es la novedad, el atractivo, el gancho, pero después tratamos cada programa como si fuera un programa cualquiera, la cuestión, a ver… es, y grábense esta palabra, señores: de-sa-cra-li-zar. Desacralizar. ¿Tenemos personajes enfermos? Perfecto, se puede hacer con ellos lo que sea necesario, como harían con cualquier otra ficción. Hagan su comedia de enredos, agréguenle dos hermanos enamorados de la misma chica, y, ¡oh, mire!, la chica se fija en el que no tiene cáncer, y justamente, por compasión, el hermano sano la rechaza. ¡Mire qué enredo le armé en treinta segundos! Eso es sentido del drama, gente. ¿Quiere más? Añada la típica confrontación de clases: al canceroso rico le facilitan los tratamientos porque tiene dinero mientras que a los enfermos pobres los dejan de lado, pero claro, tiene que haber aunque sea algún miembro de la familia rica que sea moralmente intachable, y ese miembro decide repartir medicamentos entre los pobres, sacándolos de la reserva de su propia mansión. ¡Eso es conflicto! Pero más todavía: podemos tratar la discriminación en los colegios: el chico canceroso que sufre la exclusión y la burla de los compañeros, el otro cancerosito que está secretamente enamorado de la chica linda del curso, que por supuesto sale con uno de los hijitos de puta, pero de a poco se asquea del comportamiento de su novio y empieza a conectar con el otro, que es tierno y más humano. ¡Vamos, gente, son todos lugares comunes, lo que es decir, lugares probados!

El traje de la cabecera, el más viejo, interrumpió mientras yo tomaba aire.

—¿No se le ocurre pensar en las consecuencias? Van a acusar al canal de explotación de algo tan terrible como una enfermedad mortal.

Estaba en mi salsa.

—¡Y déjelos! ¿Qué más quiere? Que hablen, que acusen, es publicidad gratis. Vamos, usted tiene cuarenta años en el negocio, Ranieri, ¡no me va a decir que no sabe que ese tipo de publicidad no tiene precio!

—Sí, pero mi padre, cuando fundó el canal…

—Ranieri, su padre hizo un gran trabajo, nadie le va a quitar sus méritos, que los tuvo y están a la vista. Pero estos son otros tiempos. Más cínicos, más crueles, y nos adaptamos o nos morimos. ¿Con qué va a salir si no? ¿Más reality shows? Ya hicieron Gran Hermano, el de los músicos, el de cantantes, el de estrellas de la TV, el de parejas en la isla erótica… ¿qué más? Ahora… pensemos esto un minuto: un reality en el que participan enfermos de cáncer sin dinero para pagarse el tratamiento… El premio es, justamente, la posibilidad de vivir… Ahí, Ranieri, ahí tiene un hit. Vamos, no me va a decir que quiere levantar el rating a base de mostrar culos, porque eso ya está en todos los programas, y le digo más, ¿qué más novedoso que mostrar el culo delicioso, redondito y esponjoso de una cancerosa? El morbo de coquetear con la muerte. No puede perder, Ranieri. Canal Tres levanta el prime time y en menos de tres meses está liderando en el target ABC1.

El traje más viejo, Ranieri, finalmente hizo una seña con la cabeza. Quería decir que ya era suficiente. Necesitaban hablar ellos solos, así que abandoné la sala. Estaba afuera, chequeando mensajes en mi iPhone cuando Ranieri, que llevaba cuarenta años en el canal y quince en el directorio, se acercó con gesto arisco.

—Sepa que su propuesta me parece repugnante.

—Mientras sea un éxito, Ranieri, no es problema lo que a usted o a mí nos parezca.

—Usted debería tener un tumor, sí, señor.

Apagué el teléfono y miré al viejo con compasión.

—Ranieri, no se lo tome como algo personal.

—No entiendo. ¿De qué habla? —respondió el viejo, de repente inseguro.

—En los pasillos todo se sabe. Yo vine sólo dos días y ya me enteré de su… problemita, Ranieri. Hasta le puedo decir que mi idea original tenía menos contundencia. Usted fue, en cierta medida, mi inspiración.

—¿Usted lo sabe y aún así trajo esta propuesta a mi canal, se atrevió a presentarla en mi propia cara…?

—No es nada personal, Ranieri. Es business as usual, como dicen los yanquis.

El viejo todavía estaba incrédulo cuando me alejé, buscando la máquina de infusiones. Un té de menta. Cómo me gustaba el té de menta. Llegué al ascensor. Estaba seguro de que me iban a llamar esa tarde para decirme que la propuesta estaba aprobada.

¿Cuánto tiempo podía durar una programación basada en esa temática? Un año. Después la gente se acostumbraría e iba a cambiar de canal. Si aceptaban la propuesta, ya había que pensar algo nuevo para la temporada siguiente. ¿Qué más? ¿Cómo se podía superar al Cáncer? Se abrieron las puertas y salí del ascensor. Tiré el vaso de plástico vacío al tacho de basura, pero me jugó una mala pasada la puntería y este rodó unos metros, hasta detenerse junto a una silla de ruedas.

Este cuento pertenece al ebook INTIMIDAD PARA EL OJO INICIADO.

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Sinopsis: los protagonistas de estos relatos utilizan la ironía y la mentira para convertirse en portavoces de un mundo contemporáneo en crisis: lleno de jugarretas, mensajes de texto intervenidos, manuales de autoayuda y programación televisiva para las masas. Una de las principales virtudes de Juan Manuel Candal es el sentido del humor que mantiene vivo en todos sus escritos, y que en estas páginas se convierte en una forma de resaltar la necesidad continua de reírse de los dramas más mundanos.

Juan Manuel Candal

Juan Manuel Candal (Argentina, 1976) nació en Buenos Aires y se licenció como director y guionista de cine en 2001. Ha publicado los volúmenes de cuentos Yo robé tu nombre (2009) y Siempre tendremos Venezuela (2011), además de la novelas Mundo Porno (Interzona, 2012) y Boutade (Pánico el pánico, 2013), y el libro de ensayos Rosas para Stalin + el magnífico legado de Curtis LeMay (2013). Colabora en varios medios periodísticos como crítico y ha publicado cuentos en diversas antologías y revistas especializadas. Parte de su trabajo ha sido traducido al esloveno.