Bajo la luz del último trago: la ternura rota en “Take Me Home”, de Concrete Blonde

“Take Me Home”, de Concrete Blonde, es una caminata tambaleante entre bares con las sillas ya volteadas sobre las mesas, conversaciones a medio decir y una tristeza agazapada que no termina de convertirse en derrota. Johnette Napolitano, con esa voz que siempre parece estar al borde de quebrarse —pero nunca lo hace—, entrega aquí una de sus confesiones más crudas y, paradójicamente, más luminosas.

Desde el primer verso, la escena está clara: alguien llama a otro justo antes del último trago. No hay glamour, no hay épica. Hay urgencia. “Pick up the phone I know you’re there / It’s almost closing time”. Es el tipo de línea que no intenta ser poética, pero lo es profundamente porque captura un instante reconocible: ese momento en que la noche ya no es celebración sino refugio. Y Napolitano, que a lo largo de su obra ha coqueteado con el alcohol como símbolo y como escape, aquí lo pone en primer plano, sin metáforas elegantes.

Pero lo interesante de “Take Me Home” no es el exceso, sino la compañía. La canción no glorifica la autodestrucción; la rodea de afecto. El estribillo —“And if I see you getting crazy by the bottom of the bottle / Take me home, I’ll take you home”— funciona como un pacto silencioso entre dos personas que se conocen demasiado bien. No hay juicio, solo cuidado. Es un rescate mutuo en cámara lenta.

Esa dinámica, escuchada hoy, adquiere un peso distinto si se piensa en la relación que Napolitano mantuvo durante años con Marc Moreland —para quien abiertamente dijo Napolitano que era su greatest hit Joey—. Fue un vínculo intenso y también turbulento, atravesado por el alcohol, donde el acompañarse muchas veces significaba sostenerse en medio del desborde. La canción aparece en Group Therapy (2001), y resulta difícil no leerla —aunque sea de reojo— como un gesto íntimo en ese contexto. Moreland moriría apenas un año después, en 2002, por falla renal, luego de complicaciones e infecciones por un transplante de hígado. Sin necesidad de convertir la canción en una crónica biográfica, hay algo en ese “te llevo a casa” que suena a último intento, a una forma de cuidado que llega cuando ya todo está demasiado cerca del límite. Sobre todo en ese giro final —cuando la voz pide lo mismo a cambio— que revela que nadie está completamente a salvo.

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