
¿Qué poesía ha de encontrarse en la belleza?
Ayer descubrí que
una avispa tiene su casa en mi balcón;
la he visto hoy, en mi casa, en mi propio balcón,
su gran universo tejido con descaro en mi tierra.
Descubrí a la infame criatura en mis dominios,
en mi propio reino.
Aún se atreve a volar con sus alas de insecto,
se atreve a existir sin cárcel.
La impúdica avispa se ha adueñado de mi balcón;
la escucho zumbar y quedo presa en mis paredes.
Temo a la avispa.
Y aún me pregunto:
¿Qué poesía ha de encontrarse en la belleza?
No hay paisaje de versos rosas ni atardecer naranja,
no hay copa de árboles ni una bahía.
Hay un panal gris, un balcón clausurado,
y los techos, todos los techos,
techos iguales.
¿Qué poesía ha de encontrarse en la belleza?
Una avispa tiene su casa en mi balcón;
anido en su tierra como si fuese mía,
usurpé su hogar: la carretera gris,
los techos iguales.
He venido a morir en el balcón. La escucho zumbar;
huele a lingotes de oro —y aunque no tenga nada que ver—
recuerdo la sazón de mi abuela.
La avispa zumba sobre mi patria:
imperan la soledad y los pinos,
la carretera y los techos,
la avispa en mi balcón.
Y mi balcón en otro reino.


